El bibliómano
Esa semana había apuntado
con todo detalle las entradas de la última remesa de libros, un botín que ahora
repasaba mentalmente: una encuadernación en pergamino, con cejas; otra con
cubiertas originales salvadas en cartoné; dos encuadernaciones complementarias,
una en holandesa y otra en rústica, y dos volúmenes en rama; una pequeña
colección en media tela, con puntas; una encuadernación en tela sajona
estampada y varias encuadernaciones uniformes en pergamino; otra en pasta
española con ruedas doradas, cortes dorados y cierres metálicos… ¿o eran
cincelados? no se acordaba en ese preciso momento, desplazados por la evocación
de una preciosa encuadernación en piel marbreada, con lomera ornada, y también
por aquélla otra, la que más aportaría a su negocio, con restos de una
interesante encuadernación de la época en becerro vuelto sobre tabla y restos
de cierres. Así todo, la pieza que codiciaba no estaba entre éstas. Era una
encuadernación de corte romántico que lo miraba entre candorosa e incitante
desde la repisa de su mesa de trabajo. Había llegado a su librería de viejo en
un lote aparte, conseguido a precio irrisorio, entre otras piezas poco
memorables. Procedía de un particular que en ocasiones le suministraba libros.
No solían ser joyas bibliográficas ni prometían pingües beneficios, pero, en
ocasiones, le transportaban directamente al mundo de quienes habían tenido el
libro entre manos, por lo que casi siempre encerraban la promesa de algún insospechado
placer.
Había postergado durante
toda la semana su lascivia, espoleándola con el dulce castigo de la demora. El
sábado echó la media persiana y dispuso la operación, marcada por la
reglamentada exactitud de un ceremonial. El libro había reposado, como la buena
cocina, y su exquisito paladar lo sabía. Como el niño que guarda el mejor
bombón para el final y que se esconde para comérselo a hurtadillas porque no
quiere compartirlo con nadie, había separado este ejemplar del resto.
Desconectó el teléfono y encendió una lamparilla con un foco más pequeño cuya
luz daba a los libros una tonalidad rosácea, como de carne. Sin diferir más su
excitada pasión bibliófila, supo que había llegado el momento de satisfacerla
examinando a gusto el entrevisto tesoro.
Inició el ludimiento manual, que no obstante
también tenía su dosis intelectual, con un gesto corriente. Tomó el libro con
las dos manos, meciéndolo en el aire como para medir su peso, y lo depositó con
sumo cuidado en el centro de una mesa libre de estorbos. Los hierros gofrados
en seco en ambos planos auspiciaban ocultas maravillas que la pieza le deparaba
para deleite exclusivo. Pasó las yemas de los dedos sobre los hierros como
quien busca el cierre en unos finísimos sostenes de encaje bajo los que palpitan
pechos insinuantes. Pero se contuvo. Antes recorrió morosamente la lomera
ornada descubriendo la insólita perfección de una espalda suave, bien torneada,
estirada y flexible. Tiempo atrás había tenido en sus manos una encuadernación
moderna, en media piel valenciana, de la misma obra. La vendió, y bien, por
cierto, sin el dolor de desprenderse de algo querido. Pero esta encuadernación
era distinta; lo supo instintivamente en el momento en que la vio por primera
vez. Y ahora que la tenía en sus manos palpaba con deleite la piel, ligeramente
fatigada, que exhalaba un olor especial, antiguo y balsámico.
El examen preliminar de su ritual produjo
importante información. El aroma de talco perfumado le decía que el libro había
ocupado un lugar favorito en el tocador de una mujer, de eso no le cabía la
menor duda. Un tocador decimonónico en una recámara amplia y de espesos
cortinajes. A continuación imaginó sin dificultad —después de todo era un
profesional del libro— otros ejemplares que habrían compartido el mismo
espacio, que hubieran estado al alcance de las mismas manos. Basándose en los
gustos del público lector femenino de la época, delimitó las posibilidades de
la contigüidad a un devocionario o dos, algún libro de historia, un manual de
conducta, una novela histórica, un par de novelas sentimentales, la hagiografía
de una santa y una miscelánea. Le pareció fundamental saber cuáles pudieron ser
los libros vecinos, pues éstos, de alguna manera, marcaban la pauta de cómo se
leería el que ahora acariciaba amorosamente. La encuadernación del libro, un
capullo que guardaba su secreto perfume, se le ofrecía a él solo. Él
correspondería abriendo y cerrando sus pétalos con sensibilidad, ojeando —¿o debiera decir «hojeando»?—sus páginas, absorbiendo su
aroma de mustio tocador. Entendió que este tesoro de la intimidad había sido
muy querido. Manos albaciales lo habían tratado con mimo, amándolo tal vez, por
qué no, ocultándolo de la mirada escrutadora de algún padre o marido celoso. Y
ahora era suyo.
Repasó los hierros con ese ojo táctil que eran las
yemas de sus dedos y deslizó éstos con pericia hasta hacer saltar el cierre. Lo
hizo con discreción, como quien descorcha una botella de champaña sin
aparatosidad. Una vez superado el dispositivo del cierre, sus expertas manos
canalizarían todas sus impresiones y le conducirían con intrepidez al secreto
del libro. Las guardas, pálidas y con el motivo clásico del abanico, ostentaban
un superlibros con escudo carmelitano: fondo blanco en la parte superior y
marrón la inferior, en el centro de color marrón —Monte Carmelo— la estrella
plateada que representa a la Virgen María; en el fondo blanco, dos estrellas
doradas que representan a los profetas Elías y Elíseo. De la corona que se
encuentra en la parte superior del escudo, rematada por doce estrellas que
significan las gracias que María concedió a la orden, sale un brazo que sujeta
una espada cuya punta termina en una llama de fuego. Con ella dio Elías muerte
a los falsos profetas de Baal en el Torrente de Gison. A la vuelta de la espada
hay una inscripción que dice ZELO ZELATUS SUM PRO DOMINO DEO
EXERCITUUM, “ardo en celo por
el Señor Dios de los Ejércitos.” No le costó trabajo adivinar que el devoto
superlibros había sido puesto allí por las mismas manos de ángel que habían
fatigado la patina de la piel a fuerza de sufrimiento y de fervor religioso.
Con esta señal ya no cabía duda de cuál sería su
rol en la dinámica de la lectura. La espada con la punta en llamas le decía que
Elías ardía en Dios, abrasándose y consumiéndose de celo por Él. El superlibros
estaba ahí como recordatorio de que su actitud no podía ser otra sino la del
profeta. Él era un Elías que haría al libro rendir su
verdadero significado. Como Elías, que perseguía la verdadera imagen de Dios,
su presencia viva, él buscaría la verdad escondida en las páginas, su genuino
sentido. Si el profeta se puso ante Dios y se dejó mirar por Él, pidiendo a
Dios su luz para ver desde su lugar, él descubriría dentro de sí la distancia
que nos permite mirar y ver con sentido, más allá del barniz de las tapas. La
antigua dueña del libro le otorgaría a cambio un gran favor o privilegio; una
de las doce estrellas del halo de la corona de la
Virgen. Tal como el profeta se consumía por honrar a Nuestro Señor Dios Padre,
el bibliómano se abrasaba de celo por su señora, a la que ahora se dirigía
según la tradición orante carmelitana. No olvidaba que más esencial que el
fuego de la espada era la humildad y la gratitud. Sí, estaba agradecido, sin
saber exactamente a quién debía el honor de tener en sus manos este libro. Cada
libro le colocaba ante un Dios, un ser siempre superior al él y del cual no era
dueño. Por eso no se permitiría vanagloriarse de sus conocimientos. Se sintió
débil y saboreó su debilidad hasta sentir el fracaso antes de emprender el
camino. Él también tomaría partido, con arranque de profeta, crecería en
sensibilidad, con humildad de profeta, y ardería en celo por la verdad. Su
lectura sería una lectura sincera, humilde y comprometida, atenta a los signos
y señales que le presentaba el libro como si se tratase de los mandatos de
Dios. Tenía que abandonarse, ponerse al descubierto ante un ser superior. El
libro le regalaría su verdad cuando menos seguro estuviese de sí mismo.
Hojeó el libro tomando un mazo de hojas que abrió
en abanico. Acercó la nariz como queriendo arrancarle algún profundo secreto a
la mujer que lo poseyó. Vio, en una décima de segundo, la sorpresa, el haba en
el roscón de Reyes. Buscando ahora con morosa intención, descubrió en las
espesuras de las hojas el ramillete de florecillas silvestres que había
entrevisto, embalsamadas y exhumadas en el penúltimo capítulo. Eran de un
violeta negruzco, como de alas de mosca. Con el cuidado de un entomólogo separó
la flor plana con unas pinzas. Nada más surgió de entre sus apretadas y
virginales páginas, así que pasó a examinar las hojas. La dirección de la veta
del papel estaba perfectamente ideada, en función de las articulaciones entre
las tapas y el lomo. Tomó las tapas del libro e hizo la prueba del lomo,
doblándolo suavemente, pero sin remilgos, hasta hacer tocar las puntas unas con
otras. Como era de predecir, la confección no exhaló chasquido ni suspiro
alguno. El plegado y el cosido eran perfectos. La tela de encuadernación no
había perdido resistencia y la tarlatana conservaba intactas sus finas gasas.
Milagrosamente, entrambas habían sustraído al libro de la calamidad de los
tiempos. Al volver las tapas a su posición original, la cinta marcapáginas
saltó como un péndulo. La atrapó al vuelo y sobó el finísimo trenzado: hilos
malva, celeste y verde juntaban sus aguas en una sola corriente, con visos
diferenciados cuando contemplaba la cinta muy de cerca. Era delgada y sedosa,
de finas constelaciones. Le pareció que jugaba con un rizo del pelo de la mujer.
Por fin leyó. Leyó la
página indicada por la flor, omitiendo la que coincidiera con el envés de la
misma. Leyó reconcentradamente sobre un fondo de susurros y gemidos que
increpaban su exaltada imaginación. Después cerró el libro. No necesitaba leer
más. Su corazón rebosaba. Había entendido el libro en su totalidad. Lo depuso
con amor y no sin cierta fatiga. Se haría un café y dejaría la anotación de la
ficha del catálogo para después. Tras los datos bibliográficos escribiría: enc. de corte
romántico, con hierros gofrados en seco en ambos planos y superlibros con
escudo carmelitano, piel de la época, ligeramente fatigada, cierres cincelados;
edición no venal. La operación siempre era lenta y trabajosa, pero ya había
concluido. Estaba agotado. Y satisfecho. Había leído con inteligencia y
sensibilidad, contextualizando, respondiendo a las expectativas que creaba el
propio libro; un complejo artefacto hecho de textos y paratextos; de signos,
guiños, marcas y alusiones que había que interpretar con humildad y valentía de
profeta. Después de volcar en el bello libro todos sus conocimientos y sus
cinco sentidos, constató que ningún sentido se le había escapado a su
temperamento de lector. El libro, agradecido, le había deparado, en perfecto y
amantísimo diálogo, un intenso placer otorgándole el acceso a su recóndito
secreto, el secreto de la lectura. Antes de apagar la lamparilla se percató de
una mota de polvo que se había depositado en la portada, cerca del cierre.
Sopló. Para sorpresa suya, la mota no se desprendió. Entonces se dio cuenta de
que era un lunar. Acercó el libro a los labios y estampó en el lunar un
ardiente beso.
Ana Rueda (University of Kentucky)