POIESIS

 

Antonio Arreguín Bermúdez

 

I

 

El amor y la guerra, Alyssa,

van siempre de la mano.

 

Porque tú no me quieres

fui a darme de alta en el ejército.

 

(A pesar de ser mestizo)

Fui rechazado

por tu país

por la maldita suerte

de haber nacido con pies planos.

 

Ay, Alyssa, no entiendo entonces

por qué cuando te veo

no piso con pies firmes

sobre la tierra.

 

II

 

Tantos pendejos te han amado, Alyssa,

como guerras ha hecho tu país

en los postreros siglos.

 

III

 

Alyssa, ayer que caminamos por el mall

te afrentaste de mí ante tus amigos

por el color de mi mestiza piel.

 

Ay, Alyssa, si te contara

que me avergüenzo de tu patria.

 

Acércate a mis labios y te diré un secreto en el oído:

en estos momentos de guerra y mentira

me afrento de ser hijo adoptado de tu patria.

 

IV

 

Carolino Churape, amigo mío,

me recuerdas a Ícaro.

 

Un día te escapaste de tu pueblo,

Tiripetío,

te fuiste de mojado al país de Alyssa

te casaste con la Rubia y obtuviste documentos.

 

Por cinco años

el país de Alyssa te negó la residencia

pues la maldita Rubia

es una estafadora de mojados.

 

Amigo Carolino,

durante el tiempo de la guerra

el gobierno te enlistó en la fuerza aérea,

montado en tu aviónmosca

(sin quererlo tú)

bombardeaste no sé cuántas ciudades de arena.

 

Ay, amigo Carolino, en el momento inesperado

tus alas de acero se fundieron con la guerra,

caíste en el desierto en mil pedazos.

 

Y ya el país de Alyssa

amigo Carolino,

como premio a tu póstumo valor,

te hizo ciudadano.

 

V

 

Para qué voy a la guerra, Alyssa,

si ya te tengo a ti.

 

Incluso las palabras crueles

que tu boca me ha dicho

las pienso hacer poesía

que nunca se acabará

porque hay pendejos como yo

que aman sin razón.

 

VI

Huyes de mi nombre, Alyssa,

pero este perro que te ama

a su luna siempre le aullará.

 

Qué quieres que haga, Alyssa,

a dónde quieres que me largue

si ya no tengo nada; 

se me jodió la vida.

 

Depórtame como lo has hecho antes,

(si quieres)

sólo te pido

me devuelvas

mi silencio de amor.

 

VII

 

Virginio Sánchez, compañero,

me da rabia y tristeza

oír lo que me cuentas de la guerra.

 

Aún guardo el periódico

donde apareces en primera plana

(como todo un héroe)

cargando en tus brazos

 a un rival soldado malherido.

 

Rabio en cólera al saber que el sargento

(después de que el corresponsal tomó la foto)

te ordenó arrojar al moribundo en la arena,

disparaste a quemarropa,

dejándolo hecho bola entre tus botas

como a un perro desangrando.

 

Eso no lo dice el periódico, Alyssa,

pero eso es lo que hace tu país

y esto, esto es lo que escribe un subordinado

arrodillado a tus pies.

 

VIII

 

Eso está bien, Alyssa,

envía medicinas a la guerra.

 

Intentas revivir

los muertos destazados en la arena.

 

Arroja el fuego la metralla

de tus palabras frías

a este idiota que te ama, Alyssa.

 

IX

 

No sé por qué razón, Alyssa,

intento olvidarte.

 

Flor del desierto, Alyssa,

me haces recordar la lluvia.

 

La sangre lluvia

la sangre muerte

florece entre la arena.

 

¡Ay, Alyssa!,

¡cuánto hay que morir

en este mar de arena

para verte!

 

X

 

Adiós, Alyssa,

Me voy por donde vine.

 

Si quieres saber si llueve

(en el desierto)

háblale a tu perro,

y ve si entra mojado

a tu cuarto el idiota. 

 

XI

 

Sales a la calle, Alyssa,

a presumir el arete en tu ombligo.

 

Aro ciberal de tu belleza,

centro del universo.

 

XII

 

En tus aguas áridas, Río Salado,

busco tu sonrisa de pájaro.

 

Son tus labios, Alyssa,

que se retienen

en la boca de las piedras.

 

Piedra lluvia

lluvia piedra salada

me golpeas en el alma.

 

XIII

 

Raíz de agua, Alyssa,

arroyo de pájaros,

parvada de árboles,

rama de peces.

 

Tú y tu destino,

pulso de reloj descompuesto.

 

Eres raíz de olvido, Alyssa,

pero ven,

vamos a buscar

el petrificado hilo

del mar.

 

Olvidemos juntos

que intentamos

olvidar.

 

XIV

 

Gentío de perros, Alyssa,

en dos patas corren por las calles.

 

Una jauría humana, en el living,

traga perros calientes por la tarde.

 

XV

 

El tren, Alyssa,

oruga de metal.

 

Brocal de las frutas duras,

carcoma de viento de lámina,

mariposa que vuelas

sobre un cielo de latón.

 

XVI

 

Yo soy el Mojado, Alyssa,

en el país de Jauja.

 

Me cruzó la frontera

el día que llegaste al mundo.

 

Dormí debajo de puentes

a orillas de una ciudad

donde creciste tú.

 

Cargué tambos de basura

con pañales sucios.

 

Lustré botas y zapatos de soldados.

 

Limpié jardines en tu barrio.

 

Lavé carros.

 

Corté la fruta que te llevaste a tu boca.

 

Yo soy el Mojado, Alyssa,

en medio de Jauja.

 

Yo soy el silencio…

 

Has dejado de oír poesía, Alyssa,

es por eso que ahora

la poesía te oye a ti.

 

XVII

 

Me declaras la guerra, Alyssa.

Desde mi cuarto te escribo una frase,

Yo soy el Mojado que muere entre la arena.

 

Arroja tu bandera blanca a medio desierto

para abrazarme a tus pies como lluvia de polvo.

 

Ando descalzo errante por un desierto.

 

Vivo de pan y agua,

la guerra trae lujuria.

 

Hoy comes más hamburguesas que antes, Alyssa.

Estrenas ropa cada ocho días.

 

Tomas refrescos de cola a cada hora.

 

Ya tu voz no es tan clara, Alyssa,

como el día que deseaste

beber agua de un desierto.

 

XVIII

 

Vidalino Pérez, hermano,

tú eres un Pérez

la Rubia no te quiere.

 

Ella es parte de un sueño truncado en el desierto.

 

Vidalino Pérez, mi hermano,

como loco en la guerra

acribilla su imagen entre la arena.

 

El cristal y la piedra, Vidalino,

se estrellan en el desierto herido.

 

Los Tomahawks explotan

en el vientre del desierto.

 

Vidalino Pérez, no te rajes,

el que se raja pierde.

 

Navegas por un desierto, amigo Pérez,

entre el polvo de sus recuerdos

que destrozan la noche en un pedazo de día.

 

Vidalino Pérez, tú eres un Pérez,

tu Rubia es Jauja.

 

Pero no te quiere.

 

XIX

 

Me preguntas, Alyssa,

que cuándo me voy de tu patria.

 

Quisiera yo también,

saber la respuesta.

 

Preguntémosle al sol y a la luna.

 

Digamos entonces, Alyssa,

que nunca vine del todo a Jauja.

 

El río de mi sangre, Alyssa,

se sigue vertiendo por el ardiente cauce

de la piedra del sacrificios.

 

XX

 

Entre todas las cosas, Alyssa,

lo que más te gusta

es nadar.

 

¿Por qué tanto desprecio entonces

a este Espalda Mojada

que se desola de amor en tu desierto?

 

XXI

 

Mano Mestiza

 

Bracero

 

Espalda Mojada

 

Alambrado

 

Ignoras, Alyssa,

que tengo nombre,

también un cuarto donde escribo.

 

XXII

 

El desierto, Alyssa,

sonido del sol,

incomprensible violín

entre la arena.

 

Oruga de la carne del Mojado

mariposa de arena

arroyo de muertos

reloj descompuesto

raíz de arena

árbol de piedra.

 

El desierto, Alyssa,

corona de lágrimas,

solemne música del sol clavada

en la espalda del Mojado.

 

XXIII

 

Así de simple es, Alyssa,

me hubieses dicho

esto desde antes.

 

No sabía que mis hormonas de macho

fuesen acoso sexual de tus caderas

que mueves como loca

cuando andas desnuda sobre la arena.

 

Espejismo del desierto, Alyssa.

 

XXIV

 

Un niño se ahoga en el desierto, Alyssa.

 

A garrote limpio, con furia,

(como cuando piensas en mí)

entre unos matorrales

destripas un recipiente de agua.

 

Es la hora del sacrificio en el desierto, Alyssa.

 

Ven

niño

ven

bebe mi sangre

que se derrama sobre la arena.

 

XXV

 

Me han contado, Alyssa,

que enseñas poesía.

 

Si por casualidad

un día te tropezaras

con uno de mis versos,

cuéntales a tus alumnos

(si quieres)

que en un tiempo sólo tú sabías

a quién le escribía mis versos.

 

Pero si me preguntasen a mí, Alyssa,

diría lo ya dicho por un poeta,

antes sabía a quién le escribía

mis versos,

pero ahora

sólo Dios lo sabe.

 

XXVI

 

Entraste a mi cuarto anoche, Alyssa,

encapuchada como bandido.

 

Sé que fuiste tú

por el mensaje en la pared.

 

Destrozaste el grifo, Alyssa.

 

Mis papeles

mi cama

las cartas de amor que

te escribo a diario,

todo está empapado.

 

Tú ya lo sabes, Alyssa,

(una vez te lo dije en el desierto)

en las catástrofes de la noche

se hincha y canta el corazón.

 

Acto de los dioses, Alyssa.

 

XXVII

 

Anduve errante por un desierto, Alyssa,

hasta encontrar tus marcas de arena en tus ojos.

 

Me dejaste contar, con mis yemas,

los lunares de tu cuerpo de sol.

 

Te reíste de mí

porque empecé a palpar

donde un día el otro

dejó de contar.

 

XXVIII

 

Telmo Díaz, mi buen Telmo,

te encuentro triste y ojerón.

 

No dejes que se te achique la vida, mi amigo Telmo.

 

En el país de Alyssa,

hay otro aire y otro sentir de las cosas,

pero no dejes que la Rubia

te cambie tu vida.

 

Telmo, mi buen amigo Telmo,

es más hermoso ver a un potro entero

galopar entre nopaleras y magueyales

a ver a un buey arar miserias

bajo el yugo de la Rubia.

 

Habla y sueña en tu lengua materna, amigo Telmo.

 

No permitas, mi buen Telmo,

que el país de Alyssa te arranque

(con sus pinzas de acero)

partes nobles de tu cuerpo.

 

Hay que seguir enteros hasta la muerte, mi buen Telmo.

 

XXIX

 

Vamos a ver, Alyssa,

¿Cómo es qué nos cruzó el destino?

 

Con tus ojos verdes, Alyssa,

fue difícil no verme

escondido entre la arena.

 

Oí pasos y ladridos que venía hacia mí,

me incorporé e intenté volar.

 

Desde niño, sueño que vuelo, Alyssa.

 

Mi vuelo se vio truncado,

al oír la voz de alto

que salió de tus labios grandes.

 

Tu perro se me echó encima, Alyssa,

y los dos hechos un nudo de arena

nos reventamos de furia

con los desgarres de piel

que nos hacían las espinas de sahuaros.

 

Me acusas de violar la frontera, Alyssa,

por haber matado en tu desierto

a tu perro policía que tanto amabas.

 

Todavía vuelo entre desiertos, Alyssa.

 

En mis sueños te abrazo y tú con tu indiferencia

huyes a mis alas de arena.

 

Huyes a mis sueños de Mojado, Alyssa.

 

XXX

 

Es cosa curiosa de anotar lo que me cuentas

del país de Alyssa,

amigo Anselmo. 

 

¿Qué ganamos en el exilio?

No lo sé, Anselmo.

 

Es un autoexilio lo de nosotros en Jauja,

tienes razón, Anselmo.

 

Seguimos viviendo el tiempo de la Raya,

es cierto, Anselmo.

 

Nacimos con el sello de la deuda externa,

de acuerdo, Anselmo.

 

Al cruzarnos la frontera,

el Coyote nos vendió a otras fieras,

es cierto, Anselmo.

 

El Mayordomo nos apunta, en su libreta, todo con rayas:

sesenta horas de trabajo,

ciento veinte cervezas,

una semana de raite,

un mes por el alquiler de la casucha,

agua, electricidad, víveres,

unas podadoras nuevas,

un paquete de cigarros,

todo es cierto, Anselmo.

 

No sabe escribir el desgraciado,

es cierto, Anselmo.

 

También el semen, que se llevan

las prostitutas entre las piernas,

lo anota para el día de la Raya,

así es, mi amigo Anselmo. 

 

Siempre salimos cortos el día de la Raya

y rayados hasta la madre,

muy cierto, Anselmo.

 

¿Qué ganamos en Jauja, entonces?

 

Cosa curiosa tu pregunta, amigo Anselmo.

 

XXXI

 

Yo soy la arena en tu desierto, Alyssa.

Soy tu perro que tanto amabas.

 

Soy la rabia en secreto

de un hombre perro que te ama.

 

Soy la sangre del Mojado, Alyssa,

que se derrama ante tus botas de soldado.

 

XXXII

 

Hasta nunca, Alyssa,

me voy de tu patria.

 

A nadie le debo nada.

 

Me voy, Alyssa,

no te debo nada

no me llevo nada,

nomás tu recuerdo.

 

XXXIII

 

¿Qué buscas en mi patria, Alyssa?

Tu imagen está impregnada

por todas partes del país.

 

Mi patria, Alyssa,

te recibe con brazos abiertos

y hay gente que se arrodilla a tus pies.

 

Costumbre del pueblo, Alyssa,

desde tiempos inmemorables.

 

Camina desnuda por las playas, Alyssa,

báñate de arena sobre mi tumba.

 

Come todo lo que quieras, Alyssa,

prueba las tortillas hechas de maíz azul.

Bebe todo lo que desees,

toma pulque. 

 

Úntate en tu cuerpo blanco, Alyssa,

barro de todos los colores

que hay en mi patria.

 

Visita todas las ciudades:

las de piedra,

las de cantera,

las de tierra,

las de vidrio,

las de cartón.

 

Entra a todas las iglesias, Alyssa,

a ver sus santos y sus vírgenes

ya que no sabes rezar en cristiano.

 

Velo todo en mi país, Alyssa.

Óyelo todo,

huélelo todo,

tócalo todo,

pruébalo todo.

 

Un día te quedaste asombrada, Alyssa,

ante el primer mendigo

que te encontraste por la calle.

 

Viste su miseria por fuera, Alyssa,

y le extendiste una moneda.

 

Se negó a aceptar tu limosna, Alyssa.

Estallaste en rabia, Niña Fresa.

 

Hasta en el más humilde rincón de mi patria,

se nace con orgullo en el alma, Alyssa. 

 

No dejes de meterte desnuda, Alyssa,

al mar de Playa Azul.

 

Allí navegan, Alyssa,

los restos de un poeta

que por las noches en su cuarto

te escribió tantos versos sobre la arena.