José
Ovejero
Escritor
Las ideas son veneno.
Cuanto más se razona,
menos se crea.
Raymond Chandler, Diarios.
Después de publicar Las
vidas ajenas he podido comprobar que se trata de una novela con dos tipos
de lectores: aquéllos interesados por la narración en sí, es decir, por el
retrato de una serie de personajes, su pasado y sus relaciones, más o menos
violentas, y aquéllos que leen la novela como una denuncia del sistema
postcolonial de explotación. Por supuesto, todo escritor está habituado a
encontrarse con interpretaciones dispares y en ocasiones sorprendentes de los
lectores; una vez que el libro sale a la calle comienza a adquirir significados
que el escritor no había intuido; un libro es muchos libros a un tiempo,[1] y cada lector lo reconstruye según su
experiencia, sus posibilidades y sus expectativas: a veces esa reconstrucción
es más bien una reducción, otras es una ampliación, al descubrir el lector en
el texto –en lo que Eco llama la intención del texto- mucho más que la
intención del autor.
¿Se propone, entonces, Las vidas ajenas analizar o denunciar la situación de los
inmigrantes africanos en Europa, el papel de las multinacionales en los
conflictos bélicos africanos y la guetización de las grandes ciudades en las
que conviven mundos diversos que no se rozan? ¿O he utilizado situaciones y
personajes reconocibles –marginados y poderosos, una madre soltera y una joven
casada con un viejo banquero, un chantaje y unos chantajistas chapuceros- para
crear una intriga, una tensión, la emoción de descubrir aventuras, peligros y
pasiones?
En general, cualquier interpretación
demasiado sencilla o reduccionista de mis libros me molesta, puesto que como
todos los escritores –somos gente vanidosa–, tiendo a considerar mis libros un
material sumamente complejo. Por ejemplo, cuando publiqué Un mal año para Miki, me resultaba particularmente irritante que
los lectores o los críticos se empeñaran en condenar a mi protagonista y en
extraer una moral unívoca a mi historia, precisamente cuando yo había hecho un
gran esfuerzo por no emitir juicio alguno. Incluso hubo una periodista que
llegó a titular la entrevista que me hizo con las banales palabras “Los pobres
no tienen posibilidad de elección”. Me apresuro a aclarar que en tal novela no
aparece un solo pobre; se desarrolla en un contexto de clase media-alta urbana
y narra un año en la vida de Miki, después de la muerte de su hijo y su mujer,
cuando Miki decide vivir una vida sin complicaciones y sin dolor, una vida que
pueda manejar como usaría el mando a distancia de su televisor para eliminar
las emociones demasiado fuertes y pasar el resto de sus días entretenido. La
entrevistadora, sin embargo, prefirió extraer de nuestra conversación un
exabrupto mío con el que intentaba evadirme de sus preguntas unidireccionales,
e impuso esas palabras como interpretación de un libro al que verdaderamente es
ajena cualquier preocupación social.
El juego al gato y al ratón al que nos
entregamos la entrevistadora y yo no es un caso aislado de periodista militante
y de escritor amoral, sino que refleja una situación que se repite una y otra
vez: muchos lectores insisten en que la literatura – y el literato- se ponga al
servicio de la ética, al parecer un principio superior a la estética. No les
basta “el placer del texto”; necesitan un contenido normativo, o al menos una
interpretación de la realidad, un mensaje. ¿Por qué decepciona al público que
un escritor se niegue a abanderar una causa? ¿Por qué recompensa con su aprecio
a escritores que, con mayor o menor oportunismo, se convierten en altavoces de
un grupo político o de un sector de la sociedad? ¿Y por qué esperan más de un
escritor que de un director de orquesta, un escultor o un cantante de ópera?
En
primer lugar, por una confusión señalada en numerosas ocasiones entre el
escritor y el intelectual o pensador. Como ambos utilizan el mismo instrumento,
la palabra escrita, se tiende a mezclar lo que rara vez debe mezclarse: la
narración con la opinión. Por mucho que algunos escritores insistan en que sólo
son contadores de historias, el prestigio de la letra impresa hace imposible
creer que alguien que publica con regularidad no sea capaz de tomar partido en
los grandes temas que preocupan a la sociedad. Por poner un ejemplo cercano: si
yo tengo el privilegio de exponer mis ideas por escrito en la prensa, no se
debe a que destaque por mi sólida formación intelectual, ni por mis saberes en
el campo económico, sociológico o político; sino porque soy escritor. Es evidente
el riesgo de terminar opinando sin suficiente conocimiento de causa, tan sólo
porque se dispone de la tribuna y por intereses económicos y profesionales
propios. También el de convertirnos en predicadores machacones, ya que para
moralizar no se precisan análisis muy profundos, sobre todo si se adulan los
prejuicios de los lectores: son muchos los escritores que critican el poder, la
globalización, el mercado, la guerra o las desigualdades sociales o de género,
seguros de encontrar un público receptivo a sus palabras, y muy pocos los que
se atreven a criticar las ideas de sus propios lectores. Con lo que
contribuimos a simplificar una realidad mucho más compleja que nuestras
categorías de andar por casa, ayudando a crear un mundo dividido en buenos y malos. Y eso es quizá disculpable al autor, pero nunca a la
literatura.
Estoy de acuerdo con Sten Nadolny,
quien dedicó un libro entero al tema,
en que no hay cosa más dañina para la creación literaria que las buenas
intenciones. Incluso la intención de divertir resulta sospechosa para Nadolny.
En efecto, yo creo que lo mejor que puede hacer un escritor hoy[2]
no es escribir para, sino porque. No para conseguir tal o cual efecto,
denunciar, entretener, informar; sino porque necesita escribir aunque ni él
mismo entienda las razones.
“Pues el arte ocurre, y ocurre en buena medida de manera
inconsciente. Uno hace, y no sabe exactamente lo que hace. En efecto, a veces
es el artista el último en entender lo que ha hecho” (Widmer 14). “Su fuerza es
la metáfora, la riqueza de la imagen, que a menudo contiene más que un
concepto, aunque no sea tan unívoca como éste” (Widmer 13). Pero si pretendemos un efecto concreto, la transmisión de un
mensaje específico, tenderemos irremediablemente a ser demasiado precisos, demasiado
limitativos, a imponer al lector un significado que no admite interpretaciones;
a exigirle, privándole de su libertad, que entienda el libro de una manera
predeterminada.
Sin embargo, al menos desde que Émile Zola escribió su famoso J’accuse! en defensa del capitán
Dreyfus, los lectores reclaman al escritor una toma de postura política o ética
en sus libros.
Una razón por la que los lectores tienden a convertir a los
escritores en "referentes éticos" es, por desgracia, porque no los
encuentran precisamente allí donde se supone que deberían encontrarlos: en la
política. En el último siglo se ha dado un radical deterioro de la imagen de
los políticos: presidentes, ministros y diputados se han convertido en modelos
negativos de los que la población tiende a desconfiar.
No quiero decir con todo esto que el escritor famoso y
comprometido –enseguida me vienen a la mente Saramago, Sontag, Grass, Roy…- se
haya convertido en el sustituto del líder de masas en el mundo occidental. Es,
más bien, el sacerdote de una religión laica que pide una sociedad más justa,
un mundo más humano; el escritor sacerdote, desde las tribunas de opinión o
tras un micrófono, ejecuta un rito que, como las ceremonias religiosas o el
canto de himnos en manifestaciones y congresos políticos, nos hace sentir parte
de un movimiento, de una esperanza común a miles de personas. No creo que se
pueda oponer nada a tal sentimiento que también, en definitiva, puede
procurarnos la literatura: el de estar menos solos. Lo dudoso es que los escritores,
por el mero hecho de escribir, estemos capacitados para realizar tal tarea
dignamente.
“Yo no soy un
literato; sólo soy un escritor”, afirmaba Faulkner con honestidad y también con
cierto fastidio; él no quería opinar ni sobre la crítica, ni sobre técnica
narrativa ni sobre moral; lo único que quería es que le dejasen escribir en
paz.
Una de las razones por las que a menudo
reaccionamos con rechazo cuando se nos exige una obra comprometida es la
necesidad de defender nuestra libertad creativa. Por citar a unos cuantos
autores que lo han hecho, empezando por el ya mencionado Faulkner: “...el
artista es responsable sólo ante su obra. (…) si es un buen artista, (…) Lo
echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la
felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle
a su madre, no vacilará en hacerlo...”
Coetzee viene a decir algo similar en Juventud: “Sabe que condenar a una mujer
por ser fea es moralmente despreciable. Pero, afortunadamente, los artistas no
necesitan ser gente admirable. Lo único que importa es que produzcan grandes
obras de arte” (30).
Oscar Wilde, en el prefacio a El Retrato
de Dorian Gray, con el cínico esteticismo que le caracteriza: "Ningún
artista tiene simpatías éticas. En un artista cualquier simpatía ética es un
manierismo imperdonable” (ix).
Ezra Pound, a pesar de su intensa, y
lamentable, implicación personal en la política de su tiempo, considera, según
la cita popularizada por Carver, que: “El esmero es la única convicción moral
del escritor.”
Y, por mencionar a un par de autores de lengua española: "El
escritor no está obligado con la política, sino con la imaginación y con el
lenguaje"; lo dijo Carlos Fuentes.
Goytisolo,
deslindando el compromiso personal del literario: "Una cosa es la creación
y otra la labor cívica". Y, en otra ocasión: “...creyendo hacer literatura
política, no hacíamos ni una cosa ni otra.”
Onetti: “Alguien
inventó el término y el destino del escritor comprometido. Soy inocente. El
único compromiso que acepto es la persistencia en tratar de escribir bien y
mejor y en contar con sinceridad cómo es la vida que me tocó conocer y cómo es
la gente condenada a convertirse en personajes de mis libros.”
Pérez Reverte:
"...cada vez que alguien habla del compromiso moral del escritor, siento
un estallido de pánico y el irrefrenable deseo de salir corriendo.”
Hay, sin embargo, quien niega que la
literatura pueda ser ajena a las preocupaciones éticas de su época. Así, para Sartre, toda literatura auténtica es literatura
comprometida: “El arte de la prosa es solidario con el único sistema en el que
la prosa mantiene su sentido: con la Democracia” (71-72) Orwell, escritor
político por excelencia, creía en la función política de la escritura y de
hecho una de sus razones para dedicarse a la literatura es el “Deseo de empujar
el mundo en cierta dirección, de cambiar la idea que tienen los demás sobre la
clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún
libro está completamente libre de sesgo político. Pensar que el arte no debe
tener nada que ver con la política ya es una actitud política” (Why 5). Pero al mismo tiempo es
consciente de los peligros que la ideología y la fidelidad a una causa albergan
para un escritor: “Encerrarse en una torre de marfil es imposible a la vez que
indeseable. Entregarse subjetivamente no sólo a la maquinaria de un partido,
también a la ideología de un grupo, equivale a destruirse como escritor” (Writers 413) Y recomienda: “Cuando un
escritor participa en política no debe hacerlo como tal, sino como ciudadano,
como ser humano” (Writers 412). Pero
¿cómo aplicar el consejo cuando el escritor participa en política a través de
sus libros?
Eduardo Mendoza también cree que un escritor no puede
escapar a la toma de partido moral o política: "Quizá el escritor no es un
predicador, pero debemos tenerlo claro: es un referente. Porque colabora en
construir el imaginario colectivo.” Y lo mismo opina Vargas Llosa: "Creo
que los escritores deberíamos pronunciarnos sobre las cosas de esta época
crispada y críptica.” Aunque ninguno de los dos dice que tengan que hacerlo a
través de la literatura.
Resulta muy interesante observar cómo el debate, un tanto
repetitivo, se centra en la voluntad personal del escritor de poner o no su
literatura al servicio de causas ajenas a ella. Lo interesante es, sobre todo,
que los escritores contemporáneos utilizan argumentos similares a los que se
utilizaban hace varias décadas, dando la impresión de que la posmodernidad no
ha existido, o si existió, de que su crítica al significado y al compromiso
político en el arte no ha dejado una huella muy profunda en los escritores ni
en las expectativas de los lectores. “...el
moralista... -escribe Jameson- … está tan inmerso en el espacio postmoderno y
tan empapado en, e infectado por sus nuevas categorías culturales, que resulta
inasequible el lujo pasado de moda de la critica ideológica, la denuncia moral
e indignada del otro… porque estamos realmente hartos de lo subjetivo (incluida
la percepción histórica y la memoria)... y queremos vivir una temporada en la
superficie” (Jameson 49 y 151).
Puede
que las cosas sean así en el mundo académico, pero desde luego no lo son en el
mercado literario. Incluso yo diría que, al menos en la
literatura española, hay un renacer del “mensaje”: bajo el lema de la “recuperación de la memoria histórica”, se
han escrito durante la ultima década numerosos libros sobre la guerra civil
española, la posguerra y la transición a la democracia, muchos de ellos con
intención claramente militante –no puede sorprendernos que tal boom haya tenido
lugar durante el gobierno del PP.[3]
Sin embargo, la crítica
postmoderna a las vanguardias ideológicas que marcaron la creación artística
durante los dos primeros tercios del siglo pasado sigue siendo válida para esta
literatura comprometida de hoy -en la que, por cierto, yo también he
incurrido-, que pretende transmitir una idea personal y original del mundo
En primer lugar porque hay que reconocer que hace tiempo
que los ataques al sistema se han convertido en parte del sistema, e incluso
son fomentados con becas, premios y subvenciones… concedidos precisamente por
las instituciones de los sistemas atacados. Y, por supuesto, que las invectivas
de los intelectuales de izquierda contra el mercado se perpetúan gracias al
mercado y con respetuosa obediencia hacia sus leyes, porque los libros están
tan sometidos al marketing como cualquier otro producto). En palabras de
Jameson: “...todos tenemos la vaga impresión de que no sólo formas contraculturales,
puntuales y muy localizadas, de guerra de guerrillas cultural, sino también
intervenciones políticas abiertas como las de The Clash, de alguna manera son desmontadas y reabsorbidas
secretamente por un sistema del que se puede considerar que ellas mismas forman
parte…” “...La producción estética
ha sido integrada en la producción de bienes de consumo” (Jameson 49). No sólo
eso: los escritores utilizan la ideología con frecuencia y no sin descaro como
forma de propaganda para sus propios libros: la identificación del lector con
el escritor y sus ideas es un argumento más para la compra del producto. Y
cuando la ideología que se propaga es de izquierdas o vagamente humanista, el
libro funciona por un lado como producto, por otro como fuente de absolución:
el lector se siente solidario con una idea, se sitúa del lado de los buenos sin
para ello tener que realizar acción alguna: “¿No comenzamos ya el día
desayunándonos el tercer mundo con nuestro colacao y nuestro café? ¿No
destruimos la biosfera con nuestros éxodos masivos vacacionales? ¿No preferimos
los productos baratos de las dictaduras? (…) Europa no puede tomarse en serio
sus propios valores sin desestabilizar su orden social, sus hábitos políticos y
su política internacional” (Ripalda 213 y 216). El libro comprometido nos
permite afirmar nuestros valores y nos exime de aplicarlos.
Pero el
desprestigio de la novela de contenidos no solo se debe a las incoherencias
entre ideología y praxis. El propio concepto de "contenido" ha sido sometido a una cruel
revisión en los últimos años. La observación que Borges hace en Utopía de un hombre que está cansado
cuando afirma que "la lengua es un sistema de citas" (55), tiene
consecuencias de largo alcance para quienes escribimos. Barthes las resumía en
“La muerte del autor”, cuya única posibilidad sería mezclar y confrontar textos
preexistentes, sin apoyarse nunca en un texto único: “La ausencia del autor
vuelve totalmente superfluo querer "descifrar" un texto” (41).[4] Además, la polisemia del texto y la libertad del lector ante él volvía
discutible cualquier intención militante del discurso literario: “El nacimiento
del lector se paga con la muerte del autor.”[5]
Y también la muy comprometida Susan
Sontag, en Contra la interpretación,
afirmaba: "La interpretación, basada en una teoría extremamente dudosa
según la cual una obra de arte está compuesta por unidades de contenido, viola
el arte. Lo convierte en un artículo de consumo, clasificable en un esquema
mental de categorías” (10). Así que, en palabras una vez más de Jameson: “Sólo
nos queda este juego arbitrario de significantes que llamamos postmodernismo,
el cual ya no produce obras monumentales como los modernos, sino que recombina
incesantemente los fragmentos de textos preexistentes (...) metalibros que canibalizan
otros libros” (96). El problema afecta entonces no sólo a los libros con
ideología política o que defienden unos principios éticos cualesquiera. También
parecen inviables aquellos que pretenden dar una visión determinada del hombre
o explicar una porción de realidad. La literatura sería incapaz de mostrar algo
real: no escribimos sobre el mundo sino sobre otras narraciones que a su vez se
alimentan de narraciones y así sucesivamente.
Entonces, ¿estamos condenados a aceptar que
la literatura es una especie de ingeniería informática que opera con elementos
conocidos para, a lo sumo, obtener resultados nuevos tan solo mediante la
disposición original de dichos elementos? ¿Que intentar dotar de contenido a la
literatura es un paso atrás, un regreso a aquella remota modernidad en la que
los escritores pretendían que sus libros transformasen la realidad, sabiendo
además, como sabemos hoy, que muchos pusieron sus obras al servicio de
dictaduras y de ideologías que hace tiempo se despojaron de su piel de oveja?
¿Debemos aceptar, en fin, que en el siglo XXI la literatura ha muerto para
ceder su puesto a la metaliteratura?
Estoy de acuerdo con Jameson cuando afirma su cansancio ante tanta
subjetividad, ante una literatura que se planta frente a la realidad como el
sheriff frente el pistolero –sin darse cuenta de que ambos son parte de la
misma película y obedecen órdenes del mismo director–; también lo estoy con los
autores que defienden una literatura no intencional, ambigua, que reconozca, como nos enseñaron los postestructuralistas, que
el significado de un texto es cambiante, y por tanto no merece la pena
esforzarse en congelarlo en una sola interpretación; defiendo una literatura,
en fin, que deje espacio al inconsciente y no se empeñe en robar al lector su
libertad –la que Cortázar intentaba preservar todavía un tiempo ofreciéndole un
"modelo para armar.”
Sin
embargo, debo decir que ese "vivir en la superficie" también parece
haber llegado a sus limites. Si Pynchon o Gibson abrieron posibilidades fascinantes
con sus historias llenas de referencias, conceptos, iconos, tramas sin
contenido, narraciones puras en mundos que no eran realidades sino nuevos
textos, el peso del vacío que nos proponen amenaza con arrastrar la literatura
hacia el fondo de un pozo con difícil salida. Además, la literatura no ha
sabido cumplir las promesas de democratización del arte que nos hacía la
postmodernidad para compensarnos por la pérdida de sentido.
La
pintura, la arquitectura, también el cine, mediante el uso de imágenes
reconocibles y aceptables para la mayoría –fotos de famosos, una columna
egipcia, viñetas de cómic, películas-,
se han adaptado a las exigencias de la sociedad de masas a la que
pertenecen, a su cultura de Reader’s
Digest, Discovery Channel,
fenómenos mediáticos y viajes organizados. Mientras que la literatura
postmoderna presenta propuestas con frecuencia más elitistas de lo que fueron
Camus, Sartre o Musil. A pesar de lo interesante de algunas novelas fundadoras
de la postmodernidad y de la inquietante fragilidad de los mundos del cyberpunk
y de sus personajes fragmentados, que se desenvuelven en textos convertidos en
realidades virtuales, la literatura postmoderna tiende a transformarse en lo
que yo llamaría nerd literature,
literatura para empollones, pastiches cuajados de referencias,
intertextualidades, citas, mensajes para iniciados, ramificaciones que se
muerden la cola, complejas estructuras espacio temporales, y acaba pareciéndose
a un quiz show en el que el lector
establece su complicidad con el escritor sobre el hecho de que comparten los
mismos referentes. Así que, si bien es verdad que estamos hartos de tanta
opinión y subjetividad, también empezamos a estarlo de quien sencillamente nos
devuelve una y otra vez a lo que ya sabíamos antes de empezar a leer,
sencillamente transformado en representación.
Pero
además "el hombre de la calle", el ciudadano de la cultura de masas
resulta que sí busca en el texto sentido, significado, no solo forma,
estructura o referencias. Y es posible que un cuadro o un edificio nos agraden
sin conocer sus referentes; los juegos de color, línea, volumen, pueden
resultar estéticos aunque no entendamos lo que nos dicen o si nos dicen algo.
Las imágenes no necesitan ser desentrañadas para ser consumidas; pero un libro exige
del lector un esfuerzo mayor de tiempo, concentración, descodificación; un
esfuerzo que pocos están dispuestos a realizar si no entienden el texto, es
decir, si no pueden extraer de él un significado.
Llegamos
ahora a la pregunta clave: ¿Hay algún camino entre la literatura que niega el
significado y la que abusa de él? ¿Es posible hoy, y regreso al titulo de esta
conferencia, la literatura comprometida: con una causa o con la interpretación
de la realidad, es decir, una literatura que no se agote en la representación?
Si, como afirmaba John Irving recientemente, "el escritor no elige sus
obsesiones", un escritor al que preocupan los problemas
sociales/políticos/morales de su época, ¿puede aún convertir sus obsesiones en
materia literaria?
Intentaré
responder refiriéndome a mi propia obra que, cada vez más conscientemente,
intenta escapar a la tenaza modernidad/ postmodernidad.
Si
repaso mi bibliografía, me doy cuenta de que tengo que hacer una distinción a
la hora de explicar por qué escribo: mis cuentos nacen de otras fuentes que mis
novelas o mi poesía. Mis cuentos son amorales, y parten de un planteamiento
dramático: suelen presentar personajes en una situación de tensión, con su
entorno o con otro personaje. Probablemente hay en estas historias reminiscencias
existencialistas: los personajes se construyen o destruyen a través de sus
actos y omisiones, de sus palabras y silencios, aunque las narraciones no están
tan centradas en la psicología individual como en las relaciones entre los
personajes; el individuo y su reflexión son a menudo sustituidos por el grupo
–o la pareja- y la interacción. Pero no son relatos explicativos: responden más
a una perplejidad que a un deseo de interpretación. En definitiva, narro
acontecimientos que me parecen significativos, sin por ello sentirme obligado a
averiguar lo que significan. Tarea que dejo con gusto al lector.
Mis novelas y mi poesía, con la salvedad de Un mal año para Miki, parecen funcionar de manera diferente.
Descubro en ellas un impulso ético que me incomoda. Y me incomoda por todas las
razones expuestas anteriormente. No repetiré ahora los escollos que acechan a
la novela de tesis, escollos en los que, por cierto, he tropezado alguna vez.
Por resumir, reprocharía a mis dos primeros libros un exceso de buena voluntad
–la peor de las buenas voluntades: la voluntad pedagógica– y un exceso de
significado: a veces me da la impresión de que pesa más el mensaje implícito
que la escritura en sí.
Pero entretanto creo haber encontrado una solución a las carencias
de la literatura de tesis, escapando al mismo tiempo al imperativo de “vivir en
la superficie”. A saber, abordando temas de carácter político, social o
“existencial”, pero sin resolverlos en una u otra dirección. No tomando partido
como autor, sino dejando que mis personajes lo hagan, e invitando a mis
lectores a un diálogo o una confrontación con ellos.
Por ejemplo, en Las
vidas ajenas el lector se encuentra con un escenario que en principio sería
ideal para la creación de una obra militante: contra la explotación del Tercer
Mundo, contra la marginación social, contra la corrupción empresarial. Se
situaría así en una ideología de izquierdas altermundialista, es decir, dentro
de una corriente de opinión dominante en el mundo intelectual europeo. Sin embargo,
para cualquier lector un poco atento, esta visión unívoca de la realidad se ve
matizada e incluso contradicha en más de una ocasión, de forma que la ideología
del autor y la del libro no siempre están claras, y se puede llegar a sospechar
que el autor utiliza las afirmaciones políticas de sus personajes como meras
citas, o que usa los conflictos de clase o raciales con fines puramente
narrativos; de hecho, ninguno de esos conflictos se resuelve de manera ejemplar
o metafórica en la novela. Se podría sospechar incluso que el autor no propone
el libro como una forma de ordenar la realidad, sino como una forma de
descomponer su orden aparente –también su orden ideológico. Basten unos
ejemplos que pueden generar esa sospecha: Kasongo, el inmigrante africano,
victima del racismo de la administración y también de los parroquianos del bar
que frecuenta, no es ni mucho menos alguien del que resulte fácil apiadarse:
mentiroso, con un pasado de esbirro mobutista, hipócrita, adulador, no acaba
siendo el personaje con el que los lectores podrían identificarse ni sobre el
que podrían proyectar su crítica a las injusticias del mundo. O tomemos el
ejemplo de Claude, uno de los dos traperos, que por su posición en la novela
debería despertar las simpatías del lector: sí, sin duda tiene rasgos
simpáticos, pero poco a poco vamos descubriendo también sus discursos xenófobos
y poco inteligentes, que maltrata a su mujer, la alcohólica Marlene... Nada más
lejos de esas obras cuajadas de buenas intenciones, tan, tan humanas, en las
que nos vienen a decir que los pobres son buena gente e incluso felices en su
pobreza –el caso más lacrimógeno que recuerdo es la novela de Ana Gavalda, Ensemble, cést tout. Aún más interesante
me parece el caso de Degand, el malo por antonomasia..., en cuya boca se
encuentran probablemente las reflexiones más inteligentes y cínicas del
libro..., reflexiones que no queda claro si son o no las del autor (lo que, por
otra parte, carece de importancia.)
Se podría pensar que estos claroscuros de los
personajes no son más que un recurso literario para alejarlos del estereotipo y
aproximarlos a los seres vivos, con sus contradicciones y debilidades. Pero,
más bien, se trata de una técnica de distanciamiento para frustrar las
tentaciones del lector de identificarse con ellos de manera positiva o de
rechazarlos sin más. Ya en Añoranza del
héroe, una novela más militante, el propio héroe, Neftalí, resulta a ratos
tan pusilánime y mezquino que no hubo acuerdo en la crítica sobre si había
retratado a un héroe o a un antihéroe. Una lectora me comentaba que se había
enamorado profundamente de Neftalí; un lector me decía que le parecía un pesado
insufrible, y como héroe un auténtico desastre. Tales discrepancias a la hora
de adjudicar significados a la obra me
llenan de satisfacción y me consuelan de mis excesos ideológicos.
Volviendo a Las vidas ajenas, la estructura narrativa elegida confirma la
intención de distanciamiento: novela fragmentada, en la que el narrador sigue a
cada uno de los cinco protagonistas durante un trecho, como si llevara una
cámara al hombro, luego lo abandona y pasa a interesarse por otro, como si no
concediera más valor a la opinión de uno que de otro, como si cada uno de ellos
tuviese el mismo derecho a decirnos cómo interpreta la realidad. Esta
multiplicidad de puntos de vista y la falta de un protagonista claro dificultan
aún más la identificación y reclaman para los aspectos formales tanta atención
del lector como los significados de los textos. Al descomponerse la novela en
numerosas narraciones contrapuestas, casi en cuentos cortos que a veces pueden
parecer –con razón- innecesarios para la trama central, se relativiza toda
posible ideología. No estamos aquí ante un distanciamiento o extrañamiento
brechtiano, cuya finalidad es desviar la atención del espectador de la acción
para centrarla en su significado; más bien, en Las vidas ajenas tendríamos el efecto contrario: cada acción
narrada adquiere tal peso, que a ratos el lector se olvida del conjunto y se
interesa tan sólo por el acontecimiento como tal, sin saber si tendrá o no un
significado para el resto de la obra.
Señalaré, para terminar, que todas estas
reflexiones no son previas a mi trabajo como narrador, sino resultado de un
proceso casi espontáneo y de una autocrítica inevitable en cualquier escritor.
Tampoco “abordar temas de carácter político o social” en mis novelas es una
decisión previa a la imaginación de la trama: sencillamente, como yo tampoco
elijo mis obsesiones, dichos temas se me aparecen sin objetivo alguno, entre otras
cosas, porque por mucho que reneguemos del significado, la literatura no surge
como decisión intelectual independiente de un contexto social y político, sino
que es parte de dicho contexto e interactúa con él de forma cambiante. A veces
el contexto ocupará un lugar destacado, a veces será secundario o incluso
insignificante.
Digo que los temas surgen sin objetivo, y lo
cierto es que cada vez más la conclusión de mis historias ha dejado de
interesarme: hoy las inicio sin saber qué voy a contar, partiendo, como cuando
escribo cuentos, de una situación de tensión, y después desarrollando los
personajes de manera casi independiente de la trama, por el mero gusto de ver
qué se puede hacer con un material dado. Si el ejemplo más radical de esta
manera de proceder se encuentra en Un mal
año para Miki, novela que comencé conociendo sólo la primera frase y sin
tener la menor idea de la trama o los personajes con la que la construiría, en Las vidas ajenas partía de una idea más
elaborada, pero sólo comencé a sentirme a gusto con ella cuando decidí escribir
escenas sin pensar en su relación con el hilo argumental; el trabajo de
“arquitectura”, de buscar esas relaciones y combinar las partes de manera
pertinente es un trabajo posterior. Así, liberados de la esclavitud de la
trama, los personajes quedan sólo sometidos a mi capacidad de asociación y
descripción; la estructura y el hilo argumental se ponen a su servicio, y no al
revés. El espacio para la ambigüedad, la falta de intencionalidad, las
historias inconclusas, el esbozo espontáneo, van adueñándose del proceso de
escritura, lo que, creo, amplía mis posibilidades narrativas. Y, sobre todo,
amplía las posibilidades del lector de establecer una relación individual con
los personajes y sus opiniones, con las propias expectativas y los propios
deseos –puesto que la frustración los pone de manifiesto-, sabiendo que en el
libro no se encuentra una interpretación prêt-à-porter
de la realidad, sino un conjunto de textos que le confrontan con las distintas
formas de interpretarla y de situarse ante ella…, pero ahí ya nos estamos
saliendo del ámbito del escritor, y entrando en el del lector, que es quizá un
buen lugar para poner punto final a este artículo.
Notas
[1] “La variedad de sentidos no se debe a una visión
relativista de las costumbres humanas; designa, no una tendencia de la sociedad
al error, sino una disposición de la obra a la apertura; la obra encierra
varios sentidos a un tiempo, estructuralmente, no por la imperfección de quien
la lee” (Barthes, Critique 50). Todas
las traducciones son mías.
[2] Insisto en el adverbio “hoy”; no sería correcto
intelectualmente aplicar las mismas exigencias a escritores de otras épocas.
[3] Recientemente participé en diversos coloquios durante la
Semana Negra de Gijón, y me resultó llamativo comprobar la unanimidad entre los
escritores en cuanto a la función social y política de la novela. Se habló de
resistencia –contra la política estadounidense–, por supuesto de recuperación de
la memoria histórica y de “contar la verdad de lo que sucedió” –curiosamente
mediante la ficción–, de sacar a la sociedad de la crisis cultural que
atraviesa –también curiosamente mediante un producto cultural inmerso en esa
misma crisis–. Casi nadie expresó dudas sobre los poderes taumatúrgicos de la literatura.
[4] Ver también su rechazo a la literatura comprometida en Le degré zéro de l’écriture y Le plaisir du texte.
[5] Sin embargo, da la impresión de que el autor está más vivo
y presente que nunca: consagrado efímeramente, explica e interpreta ad nauseam su obra en entrevistas,
coloquios, conferencias; su imagen en televisión nos recuerda constantemente su
presencia y oscurece la del libro; la publicidad, y la publicidad encubierta en
reseñas y entrevistas, nos informan incluso de detalles de su vida privada. Y
el texto, que supuestamente alberga múltiples significados, llega al lector
masticado y digerido por los medios de comunicación, que regurgitan al lector
una papilla inocua, aderezada con ideología subliminal.
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