Memoria
y oralidad en La fuente de la edad, de Luís Mateo Díez
Vanesa Arozamena
University of Minnesota
La tradición oral de León, provincia natal de Luis Mateo Díez, tiene una
gran influencia en su obra; él mismo ha afirmado que la literatura llegó a él a
través del “medio más natural y antiguo:
el de la oralidad (22)”. Este autor creció escuchando las historias que eran
contadas en su pueblo por los vecinos, principalmente con el propósito de
entretener. Estas narraciones que ha tenido la oportunidad de escuchar desde su
infancia están presentes en sus novelas; éste es un rasgo común entre muchos
escritores del Norte de España, como por ejemplo Bernardo Atxaga y los
escritores del grupo leonés, que incluye escritores como Luis Mateo Díez y José
María Merino. A pesar del debate que existe sobre si es apropiado o no
encasillar a estos autores, cuya obra tiene ciertas características diferentes,
bajo esta denominación, éstos tienen algunas características comunes: “la
colaboración en proyectos, la supuesta referencialidad leonesa de algunos
textos, y todo ello dentro del creciente interés en los regionalismos […]
(García 73)”. Además, construyen en su obra “un espacio provincial _periférico_
que dota al texto de un cronotopos distintivo, frente a otros espacios más
centralistas (García 16).” Hay en su obra, entonces, más que una conciencia
nacional, una regional (García 23).
En la obra de
estos autores están presentes numerosas características de la oralidad: el uso
de un lenguaje que nos recuerda más a una conversación que a una novela; la
importancia de los diálogos; la presencia de historias breves que se
entremezclan con la acción principal, en su mayoría relacionadas con la vida de
los personajes y conocidas por todos ellos; el uso de técnicas utilizadas por
las culturas orales para recordar las historias (tales como la rima); una
concepción del lenguaje (y por extensión, del tiempo) no lineal, ya que no
anteponen la forma escrita del lenguaje a su forma hablada.
En las sociedades
en las que se valora el acto de contar historias, la palabra hablada tiene un
papel fundamental a la hora de preservar la memoria. Ong ha notado que las
culturas que privilegian la oralidad sobre la escritura usan narraciones orales
para almacenar, organizar y comunicar su conocimiento (140). Esto se hace
evidente en la obra de Díez, donde hay un gran número de historias, en su
mayoría contadas por personas pertenecientes a grupos marginales de la
sociedad, que cumplen la función de mantener las experiencias comunitarias.
Entonces, se puede decir que en la obra de Díez hay un intento de recuperar la
memoria a través de historias orales. Éstas, si bien empiezan a ser contadas
por alguien en particular, con el tiempo llegan a ser conocidas por todos los
habitantes de una determinada ciudad, pasando así a ser propiedad de todo el
mundo. En su obra, se ve esta característica de la tradición oral de preservar
la memoria a través de las historias transmitidas por medio de la palabra
hablada.
En la sociedad
occidental se ha considerado la lengua escrita y con ella, el libro, como el
patrón alto de la lengua, mientras que se ven las sociedades orales o en las
que la escritura juega un papel secundario como no civilizadas (Mignolo 35).
Entonces, la lengua escrita (alfabéticamente)
y almacenada en libros sería considerada como la herramienta más
apropiada para conservar el conocimiento y la memoria de los pueblos. Sin
embargo, Luis Mateo Díez utiliza su obra
escrita para demostrar que la oralidad es una manera válida de preservar la
memoria. Esto puede parecer contradictorio porque, como ha notado Walter
Benjamin, la novela y la historia oral se contradicen y la primera supone la muerte de la segunda (99). Sin
embargo, Díez va contra esta idea. Tanto en sus cuentos como en sus novelas
utiliza un lenguaje que nos recuerda más la lengua oral que la escrita. Además,
nos muestra la importancia de la leyenda, una de las maneras más antiguas de
almacenar y pasar el conocimiento y la memoria a las siguientes generaciones o,
como la describe Merino, “prehistoria de la novela moderna (265)”. Además de
éstas, hay otras manifestaciones de la
oralidad, tales como poemas pensados para ser recitados en voz alta, canciones
y romances, todas las cuales están presentes en la obra de Luis Mateo Díez.
Su novela La fuente de la edad (1986), que recibió
el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, es un ejemplo de
cómo se puede usar la palabra escrita para defender la validez de la oralidad
con el propósito de preservar la memoria. En este libro se nos cuenta la
historia de un grupo de cofrades que encuentran información sobre la existencia
de una fuente que se supone que tiene aguas virtuosas y deciden emprender un
viaje en su búsqueda. La existencia de tal fuente resulta ser un engaño perpetrado
por sus enemigos, del que los protagonistas se vengan: en una fiesta, echan en
la bebida de quienes les engañaron una mezcla inventada por don Florín, el
farmacéutico (quien pertenece al grupo de los protagonistas), que los hace
enfermarse.
Es importante,
antes que nada, notar el uso que Díez hace del lenguaje, ya que es consciente
del poder de la palabra (Castro Díez 50) y, por lo tanto, lo utiliza como
herramienta para expresar la importancia de la tradición oral. De hecho, el
lenguaje que utiliza, aunque en forma escrita, tiene muchas de las
características de la lengua hablada. Ong ha notado que en las culturas
principalmente orales en las que se utiliza el lenguaje en forma hablada para
organizar y transmitir el conocimiento y la memoria, se recurre a fórmulas que
contribuyen a crear un ritmo que ayude a recordar un determinado texto (35).
Una de estas fórmulas es la rima, la cual está presente en esta novela. Un
ejemplo claro de la importancia de este aspecto es el del Oráculo del Ejido, un
personaje que habla rimado e incluso reflexiona explícitamente sobre la
importancia de hablar de esta manera:
Mi nombre es Publio Andarraso, donde nací no hace al caso. Ni me duermo ni
me siento, de pie mi vida sustento. Soy oráculo y vigía, de esta ciudad que no
es mía. Paso la noche vagando, y oteo lo que va pasando. Nunca me muevo de día,
soy una estatua vacía. En cualquier esquina quieto, como guardando un secreto.
Mi verbo es fiel pareado, para hablar claro y rimado. Más cosas no preguntéis,
porque más que yo sabréis (99-100).
En muchas
ocasiones, se nos presenta un registro coloquial, lleno de modismos que son más propios de la lengua hablada que
de la escrita. Como afirma Calvi, el lenguaje de los protagonistas de esta
novela está “en el plano de la oralidad, a pesar de su deuda con la lengua
escrita (167)”. Por otra parte, a través de los personajes, se introducen
regionalismos utilizados por los habitantes de las zonas rurales del lugar
natal del autor. Normalmente hace esto para referirse a elementos del paisaje.
Los regionalismos no han estado presentes tradicionalmente en los textos
escritos, a excepción de ciertos escritores que muchas veces se sirven de este
tipo de lenguaje para mostrar su marginalidad.
Un día le encontré en un campar no lejos de la Brañina de Garueño, a donde llevaba
yo las ovejas. Estaba tumbado boca abajo junto a unas matas, a la retestera del
sol, y tan desnudo como su madre lo echó al mundo (Díez 131).
El diálogo, un
elemento fundamental de la oralidad, es importante en La fuente de la edad (Calvi 164); a través de él, también se nos
presenta un lenguaje que nos recuerda más el oral que el escrito y que sirve
además para darnos información sobre los personajes y los eventos (Calvi 164).
Es importante señalar que el lenguaje utilizado por los protagonistas de esta
novela puede ser definido como una jerga, es decir, “como subcódigo del
lenguaje común utilizado por grupos, más o menos marginados, con una finalidad
críptica (Calvi 165)”. Tradicionalmente, en los textos escritos (especialmente
en los que tienen como propósito conservar la historia oficial) no hay cabida
para un lenguaje que se relaciona con lo marginal, sino que solemos
encontrarnos con el registro alto de la lengua. Díez elige como protagonistas a
unos personajes marginales que se expresan en un lenguaje propio de un grupo
que se encuentra en la periferia, a través de los cuales se nos da a conocer la
historia de su ciudad y que, por lo tanto, pueden considerarse los responsables de la
preservación de la memoria. Esto nos muestra la intención del autor de dar voz
a los que han sido tradicionalmente silenciados. Normalmente, los que tienen
esta función de contar la historia son los ganadores, nunca los marginados. Herzberger
ha notado que los historiadores franquistas impusieron su perspectiva sobre la
historiografía universal y que éstos evocaron un pasado mítico en el cual no
había lugar para la diversidad (37). Es
decir, que en la historia que se hizo en España durante estos años sólo había
voz para un grupo homogéneo: el de los ganadores de la Guerra Civil, que
apoyaban el régimen franquista. Mientras tanto, la voz de los perdedores fue
silenciada. Díez, al elegir a estos personajes que fueron silenciados durante
la dictadura como protagonistas de su novela, va contra una manera de contar la
historia que sólo permite la voz de los que detentan el poder.
La trama de La fuente de la edad se sitúa en la
década de los cincuenta. En el contexto de la posguerra española, es
particularmente importante que sea un grupo marginal quien esté preservando la
memoria, ya que se podría decir que los protagonistas representan el grupo de
los que perdieron la Guerra Civil, es decir, los que no tuvieron la oportunidad
de escribir la historia. Si tenemos en cuenta la trama de la novela, sobre todo
la venganza final por parte de los protagonistas a quienes les engañaron sobre
la existencia de la fuente, podemos ver que Díez, desde la democracia, se está
“vengando” de quienes tuvieron el poder durante el franquismo. Los protagonistas,
que representarían el bando de los perdedores de la Guerra Civil, tienen la
oportunidad de ajustar cuentas con los que les engañaron, que representarían a
los ganadores. Si bien durante el régimen de Franco hubo intentos de escribir
una literatura subversiva, ésta fue censurada y, como nota Fuentes, ignorada en
las historias literarias y manuales de literatura escritos en España (28), por
lo que no es hasta después de la muerte de Franco cuando escritores como Luis
Mateo Díez pueden servirse de su obra con este fin. Desde este momento, y
especialmente en los últimos años, ha habido diferentes intentos de recuperar
la memoria de aquéllos que perdieron la Guerra Civil, desde la exhumación de
cadáveres enterrados en fosas comunes hasta novelas que intentan dar una voz a
estas personas. Esto es precisamente lo que hace Luis Mateo Díez en su novela:
está recuperando la memoria y dando una voz a quienes fueron silenciados.
Además, hay
comentarios explícitos sobre la guerra por boca de los personajes, que nos dan
una visión sobre los hechos que difiere en gran medida de la historia oficial.
Debemos recordar que la autoridad sobre la historia en la España de la
posguerra estuvo limitada a prácticas narrativas restrictivas reguladas por los
historiadores del Estado (Herzberger 2); éstos estaban al servicio de Franco,
por lo cual la voz de los protagonistas de la novela no pudo pasar al discurso
oficial. Al no estar presente la perspectiva de los que perdieron la guerra en
los manuales de historia, se ha intentado recuperar sus experiencias en otros
tipos de discursos, como la literatura. Además, a diferencia de la historia
oficial, que suele ser escrita, lo que nos dan a conocer los personajes de esta
novela, es a través de la lengua hablada, del diálogo. Conversando entre ellos,
hacen que la memoria de los perdedores de la Guerra Civil y de los que nunca
jugaron un papel activo en ella, llegue a ser conocida por todos los habitantes
de la ciudad:
Esta ciudad _siguió Tino_ padeció mucho durante la guerra, sobre todo en
los primeros meses de la sublevación. Para ser sinceros, más de uno cambiamos
aquí de chaqueta según se aclaraban los acontecimientos, porque a lo que
estábamos era a verlas venir, y de lo que se trataba era de salvar el pellejo
(Díez 50).
Una historia
relacionada con la Guerra Civil que se nos da a conocer por boca de estos
personajes, es la de Celenque, un mulo que estuvo cautivo por darle una coz al
comandante de la ciudad de los protagonistas de la novela. Esta historia,
además de ser contada por un grupo marginal, recupera la memoria de los
perdedores de la Guerra Civil, ya que este animal es un símbolo de los
republicanos:
el caso es que la coz de Celenque se convirtió para las tropas republicanas
del capitán Cornejo, que fueron las que tomaron el cuartel, en una hazaña, y
por ese derrotero continuarían las desgracias del mulo, porque mejor sería que
unos y otros le hubiesen olvidado (Díez 50).
La historia de
Celenque sirve también para que el autor nos transmita lo absurdo de las
acciones de los nacionales, que llegan incluso a castigar a un animal, al que
además torturan. Cuando deciden conmutarle la pena de muerte por la de cadena
perpetua, le cortan las orejas, lo cual podría ser visto como una muestra de la
censura que tenía lugar en este momento en España: el animal pierde su derecho
a escuchar; esto se puede relacionar con todas las obras producidas por
intelectuales que no pudieron ser leídas ni escuchadas, debido a la censura que
impuso el franquismo.
Por lo tanto, se
puede afirmar que esta historia es diferente a la historia oficial a tres
niveles diferentes: por una parte, se está preservando la memoria oralmente, no
de forma escrita. En la ciudad se habla sobre Celenque, conservando de esta
manera su memoria. La noticia de la muerte del mulo, por ejemplo, se da a
conocer en forma oral: “Y ahora, amigos, conviene que comuniquemos la muerte de
Celenque a todos los vecinos […] (55)”. Esto es importante, porque como la
historiografía estaba en manos de quienes ganaron la guerra, los personajes de
esta novela nunca tuvieron una voz en los libros y ésta es una manera de
hacerlos visibles. Por otra parte, es un grupo marginal quien tiene la voz y
normalmente estas personas tampoco pasan a formar parte de la historia.
Finalmente, la memoria recuperada es la de los que perdieron la Guerra Civil,
que son además representados por un animal. En este caso, el animal
simbolizaría alguien que no puede ni escuchar ni hablar y por lo tanto, no
forma parte de la historia.
A pesar de la importancia
de la lengua hablada para mantener viva la memoria de Celenque, ésta no sólo se
preserva de manera oral, sino que también hay textos escritos que desempeñan
esa función:
No sólo se hablaba _dijo Jacinto, que de nuevo con la mano en el estómago
volvía a pasear por el corral_ también se escribía. La Balada del cautivo, de Paco Bodes; el Lamento de Celenque, de Atanasio Ribera; la Pavana del mulo ciego, de Marujina Costales. Paco recuerdo que leyó
por primera vez su balada una noche, al lado mismo del Cuartel, guarecidos los
diez o doce que escuchábamos en el retrete de la taberna de Litines, ni a
cuarenta metros del cuerpo de guardia (Díez 52).
Sin embargo, esos
textos escritos se componen con la intención de leerlos en voz alta, para poder
así compartirlos con todos los habitantes de la ciudad y, de esa manera,
mantener la memoria de Celenque y por extensión, de las víctimas de la Guerra
Civil. Vemos así la influencia de las sociedades orales, en la que los textos
son escritos teniendo en mente un público que los va a escuchar. Los textos en
sí mismos son una reacción a la censura impuesta por los nacionales, como se
puede observar en el ejemplo anterior, porque estaban prohibidos; por lo tanto,
les dan la oportunidad a los habitantes de esta ciudad de rebelarse contra esta
censura. Además, al menos algunos, son
escritos por personas que forman parte de un grupo marginado por la sociedad,
como Paco Bodes. Podemos ver cómo los textos escritos pasan a formar parte de
la memoria colectiva de forma oral cuando el mulo muere y Paco Bodes recita en voz alta, delante de
todos los que se han reunido para compartir este momento, un poema sobre el
animal cautivo:
No
lo vierais en el prado
ni
en el trillar de la era.
Fue
su vida prisionera
en
un calabozo helado.
Nunca
pastó en el ejido
ni
dio vueltas a la noria.
El
cautiverio es la historia
de
su corazón herido (53-4).
De esta manera,
si bien el poema fue escrito en algún momento, ahora sirve para mantener de
forma oral la memoria de Celenque. En suma, el poema deja de ser propiedad de
su autor para pasar a pertenecer a todos los habitantes de la ciudad. Los
textos escritos que tienen un único propietario no son textos en los que
podamos confiar, o escritos que han desaparecido y hay que reconstruir. Un
ejemplo de estos últimosson los poemas de Paco Bodes, que su mujer rompió y él
intenta recordar, sin demasiado éxito. Al igual de lo que pasa con las
historias orales, estos poemas no se pueden reproducir exactamente de la misma
manera. Los textos escritos en los que no se puede confiar son los libros que
supuestamente contienen la información sobre la fuente que están buscando los
protagonistas, que al final resultan ser un engaño.
Esta idea de que
la literatura es propiedad de todos se repite a lo largo de la novela, por
ejemplo cuando Jacinto Sariegos afirma que “la labia no es patrimonio de los
bardos (267)”. De nuevo, se nos hace ver que la palabra pertenece a todos, no
sólo a los autores de obras literarias; por lo tanto, cualquier persona tiene
la capacidad de preservar la memoria; cualquier persona puede contar historias.
Un ejemplo de esto sería la leyenda, que cumple la función de dar una
explicación a lo que parece inexplicable, pasa de generación en generación y ha
estado presente en las civilizaciones más antiguas. En sociedades que
privilegian la escritura sobre la oralidad, se la considera, frente a la
Historia, como una manera menos válida de transmitir la memoria a las
siguientes generaciones. Díez, sin embargo, reconoce la validez de la leyenda:
“[…] cada cosa o tiene su historia o tiene su leyenda (141)”. El autor está
contrastando dos formas de mantener la memoria que se excluirían mutuamente: la
historia, que se vale de la lengua escrita, y la leyenda, que se basa en la palabra
hablada. Esto refuerza la idea que durante el régimen franquista no hubo lugar
para los testimonios de los perdedores en la historia oficial, y que entonces
estos tuvieron que buscar maneras alternativas de ser recordados.
Una persona,
también marginal, que narra sus experiencias es Catalina la Joderica, una
prostituta. Esta mujer forma parte del mismo grupo que los protagonistas de la
novela: es una persona que se encuentra en los márgenes de la sociedad y que
tampoco pasó a formar parte de la historia oficial. Sin embargo, en la novela
de Díez, ella hace que sus experiencias pasen a pertenecer a toda la comunidad.
Como su conocimiento no es del tipo que suele ser almacenado en libros para que
futuras generaciones puedan acceder a él, esta mujer se vale de la oralidad
para transmitir sus vivencias. De esta manera refleja la costumbre del lugar
natal de Díez de reunirse para contar historias como entretenimiento. La noche
en que los protagonistas están intentando apropiarse del baúl que se supone
debe contener los documentos sobre la fuente que quieren buscar, para
entretener y distraer a sus contrincantes, le piden a la dueña del prostíbulo
que haga que Catalina hable para el público. Ésta se dirige a su público
explicando para qué cuenta historias, obligándoles además a que la escuchen
mientras habla:
Atender, cabritos _dijo con una voz profunda, dura y rasgada, al tiempo que
golpeaba la mesa con la muleta_. Contaré algunas cosas para edificación de los presentes.
El que quiera las escucha, y el que no se calla. De todo puede sacarse provecho,
y algo aprenderéis para mejor gobernar ese torpe pollino que os cuelga entre
las patas (106).
Esta mujer,
doblemente marginada (tanto por ser mujer como por ser prostituta) tiene aquí
la función de preservar la memoria, que además en este caso tiene relación con
la vida sexual de los hombres que frecuentaban el prostíbulo, lo cual no suele
ser recordado públicamente. Catalina saca a la luz historias sobre cualquier
cliente y de esta manera critica la falsa moral de ciertos sectores de la
sociedad que eran privilegiados en ese momento: “[…] los clientes que más me
gustaban eran los de Acción Católica (107)”. Por boca de Catalina, se nos hace
saber que estas personas, pertenecientes a una asociación formada por fieles a
la Iglesia católica que buscan la evangelización, no cumplen lo que predican.
Al estar la Iglesia católica relacionada con el régimen franquista, esta
crítica se extiende a todos los seguidores de Franco.
Por otra parte,
las historias llenas de humor que este personaje saca a la luz no sólo tienen
la doble función de preservar la memoria y divertir, sino que también sirven
para enseñar a los hombres, cumpliendo así la función de la que habla Walter
Benjamin, de dar un consejo práctico, una moraleja o un proverbio (86):
Dos cosas, por lo menos, debíais aprender de este hecho, hatajo de
cabritos. La primera, y la más importante, que no hay peor obsesión que la del
pollino. La segunda, que cuando se tiene costumbre de disparar con tiempo y
espaciado, muchos tiros seguidos pueden volver el arma contra uno mismo (108).
No obstante,
debido a la naturaleza cómica y burlesca
de estos relatos, tal vez lo que está haciendo esta mujer sea parodiar las
narraciones que sirven para dar una lección moral al público, yendo
subrepticiamente contra el régimen autoritario de Franco y sus seguidores. Hay otros personajes marginales que
tienen la función de dar información de manera oral. Por ejemplo, en su
búsqueda de la fuente, los protagonistas obtienen información sobre el terreno
en el que están viajando de Rutilio, un pastor analfabeto cuyo conocimiento le
llegó a través de la lengua oral:
Buena suerte tuve de conocerlo [a don José María Lumajo] y tratarlo, y
aprender de él lo que no pude en la escuela porque jamás tuve ocasión de
pisarla. Ninguno de sus libros leí, pero mucho me acuerdo de cómo hablaba
(130).
Tanto al
principio como al final de la novela aparece Dorina, “una hermosa doncella a
quien los dioses privaron de la razón (Díez 25)”. Ésta, al igual que los
protagonistas, Rutilio y Catalina la Joderica, puede ser considerada una
persona que se encuentra en los márgenes de la sociedad. El hecho de que este
personaje aparezca en estos dos momentos de la novela nos da una impresión de
que el tiempo es circular, idea que es compartida por las sociedades orales.
Por el contrario, en las sociedades en que se privilegia la escritura, como ha
notado Ong (61), se trata el tiempo espacialmente. Esto podría ocurrir porque
la escritura da linealidad al lenguaje,
y ésta se puede extender a la idea del tiempo. Sin embargo, Díez, al utilizar
esta estructura en su novela, se inclina por dar cierta circularidad al tiempo,
lo cual es una muestra de la influencia que la sociedad principalmente oral en
la que creció tiene en él.
Dorina, que canta
por las calles de la ciudad, podría ser considerada otra representante de la
tradición literaria oral: “Ahí tienes, Paco _dijo Benuza_ un buen ejemplo de la
lírica originaria, la del juglar medieval, admonitorio y penitente (25)”. Vemos
que se presenta a una joven privada de su razón como ejemplo de alguien que
tiene la capacidad de componer poemas y canciones que luego serán compartidos
con los otros habitantes de la ciudad. Entonces, de nuevo se está privilegiando
la oralidad sobre la escritura, ya que las canciones de Dorina llegan a oídos
de los demás, a diferencia de los textos escritos que muchas veces aparecen en
el libro como escondidos en un baúl. Estas canciones tratan sobre temas
relacionados con la ciudad en la que transcurre la novela y con lo que está
pasando en el mundo; es esta joven quien tiene el poder de transmitir a los
demás lo que está sucediendo, de subvertir el orden y de ir contra las
autoridades religiosas y contra Franco. Precisamente por el hecho de estar
privada de la razón, esta joven tiene la posibilidad de ir contra los que
tienen el poder de una manera en la que ni siquiera Celenque pudo:
En
esta ciudad
la
suerte está echada
ni
Alcalde, ni Obispo
ni
cura ni ama.
Ninguno
que mande
salvarse
se salva,
ni
el Papa de Roma
ni
Franco en España.
Moros
y judíos
la
misma calaña,
gabachos
y rusos
tampoco
se salvan (25-6).
La novela termina
con la parte de la canción de Dorina en la que habla sobre cómo el mundo se va
a acabar. Esta joven es representada en las últimas frases de la novela como el
único ser con vida en una ciudad de muertos: “Y vieron cómo en su caída volaba
Dorina como un copo vivo sobre aquella ciudad muerta (298)”. El hecho de que
esta joven que se suicida sea descrita como la única forma de vida refuerza la
idea de la muerte, tanto real como simbólica, de los que perdieron la guerra.
Por una parte, están los que murieron en la guerra; por otra están aquéllos
cuya memoria fue borrada de los libros de historia, como los habitantes de esta
ciudad.
Como
conclusión se puede decir que Luis Mateo Díez pertenece aun grupo de autores
cuya obra, presenta un gran número de características de la lengua oral. Es
importante notar que estos autores provienen de regiones de España en las que
la oralidad tiene un papel fundamental a la hora de almacenar el conocimiento y
preservar la memoria colectiva. En el caso de La fuente de la edad, se puede ver claramente que Luis Mateo Díez
incorpora a la lengua escrita y hablada elementos que son más propios de lo
oral que de lo escrito, como un lenguaje coloquial entre los personajes, en el
cual también aparecen bastantes regionalismos. Además, la novela sirve como
marco para otras historias más cortas, que algunos personajes comparten con
otros. Aparte de esto, se ve que los protagonistas, pertenecientes a un grupo
marginal, privilegian la oralidad como el medio más adecuado para transmitir la
historia de los habitantes de su ciudad y así conservar la memoria. En este caso, la preservación de la memoria
es sumamente importante, puesto que el autor se está encargando de escribir
sobre la Guerra Civil: desde la democracia, se está intentando “vengar” (al
igual que los protagonistas de su libro se vengan del engaño de sus enemigos)
de los que ganaron la Guerra Civil, a la vez que les da una voz a los
perdedores. Esto es importante porque hasta hoy en día sigue habiendo intentos
de recuperar la memoria de éstos, que fueron silenciados durante el franquismo.
Tal vez fue Díez quien comenzó una tradición de escribir este tipo de novela
que da voz a este grupo de personas. Este intento de recuperar la memoria de
estas personas por medio de novelas es algo que se ha puesto de moda en estos
últimos años, momento en que un grupo de novelistas que no vivieron la Guerra
Civil están escribiendo sobre ella. Ejemplos de esto serían la novela de Javier
Cercas, Soldados de Salamina (2001) y
La voz dormida (2002), de Dulce
Chacón, que relata la historia de unas mujeres que estuvieron en la cárcel
durante el régimen franquista. El hecho de que la memoria de estas personas, en
La fuente de la edad, se mantenga en
y a través de la lengua hablada, implica un rechazo de Díez a la historia
oficial, que suele ser escrita desde la perspectiva de los vencedores.
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