LANZ, Juan José, La poesía durante la Transición y la generación de la democracia, Madrid, Devenir Ensayo, 2007, 485 págs.
En los últimos tiempos, al compás que marcan las conmemoraciones, hemos asistido a una proliferación de estudios que, desde perspectivas diversas, evalúan múltiples aspectos de la vida y la cultura durante la Transición democrática española. Desde la distancia que dan los ya más de veinticinco años transcurridos, se han examinado, entre otros aspectos, la historia social, el cine, la fotografía, la música y, naturalmente, la literatura. Mención aparte merecerían las polémicas en torno a la Movida, fenómeno cuya existencia algunos ponen en entredicho pero cuya mitología ha sido reforzada, paradójicamente, por detractores e incrédulos. En medio de este panorama editorial ciertamente abundante en libros sobre la Transición, el de Juan José Lanz viene a cubrir un espacio no desatendido, pero sí necesitado de una crítica global, amplia de miras: el de la poesía de estos años.
Que La poesía durante la Transición y la generación de la democracia aparezca en la colección de Ensayo de la editorial Devenir confirma a esta como una de las más importantes casas dedicadas hoy a la literatura. Especialmente notable es su aportación al estudio de la poesía contemporánea, que contaba ya con trabajos insoslayables como 60 años de Adonais (de José Carlos Mainer, Francisco Díaz de Castro, José Teruel, Ángel L. Prieto de Paula, Juan Cano Ballesta y el propio Juan José Lanz), y al que ahora se suma el volumen que aquí reseñamos.
En la introducción, Lanz reclama para su ensayo los adjetivos “plural” y “unitario”; en justicia, le corresponden. En las cinco partes y los veintiséis capítulos que conforman La poesía durante la Transición y la generación de la democracia, se desgranan observaciones detalladas, producto de una fina observación, sin perder la perspectiva conjunta necesaria para evitar que la comprensión global del periodo se diluya en particularidades. Los capítulos del ensayo proceden de anteriores trabajos: algunos reproducen artículos ya publicados o que fueron leídos en jornadas y cursos, otros se presentan como refundiciones de varias aportaciones previas; en ciertos casos, se parte de publicaciones sobre los temas analizados, pero la redacción es nueva. Esto no perjudica en absoluto a la coherencia del conjunto; antes bien, prueba que el libro es fruto de una investigación de años, continua, sólida y sometida a controversia en los foros de debate académico.
Atendiendo al declarado propósito de pluralidad, no cabe sino valorar como un notabilísimo acierto el primer capítulo del libro, “Márgenes y centro en la cultura actual”. En él, tras una clara exposición conceptual sobre el centro y los márgenes, Lanz busca las raíces históricas de esta dialéctica, omnipresente en los discursos culturales actuales y en las reflexiones críticas sobre estos. Puede sorprender encontrar, en un libro titulado La poesía durante la Transición y la Generación de la Democracia, referencias a T.S. Eliot, Mallarmé, Verlaine, Byron, la Ilustración, etc. Sin embargo, estas referencias forman parte de un excelente ejercicio de alejamiento que nos ayuda a comprender cómo, lejos de encontrarse más allá de los confines de la Historia, nuestra cultura de ayer mismo y de hoy se incardina perfectamente en esta.
El estudio presenta el equilibrio necesario entre teorización y crítica literaria; entre contextualización –histórica, social y de pensamiento— y lecturas concretas. En los capítulos en los que predomina la discusión y fijación de nociones teóricas, el autor no solamente demuestra ser un extraordinario conocedor de la bibliografía sobre el pensamiento posmoderno y el período histórico estudiado, sino que hace gala, además, de una capacidad encomiable para exponer tan vasto acervo de una manera coherente, sencilla y atractiva (las citas de Sex Pistols, inesperada auctoritas, son un soplo de aire fresco, y resultan más aclaratorias en su retrato del espíritu de la época que otras, tal vez de mayor alcurnia pero, seguro, de menor precisión).
Una objeción, un pero, podría surgir desde la lectura del título: la conveniencia de continuar aplicando el esquema generacional que tantos disgustos ha dado. En el planteamiento de Lanz, no obstante, este esquema se convierte en un marco abierto desde el que considerar la confluencia, en el arco temporal 77-82, de diversas maneras de entender la poesía y de filiarse a tradiciones precedentes. La consideración de los autores, simultáneamente, en unas coordenadas sincrónicas y diacrónicas, transforma el patrón generacional en una herramienta capaz de dar cuenta de la realidad poética de un periodo atendiendo a los diversos grupos, con diversas formaciones y vivencias, que coinciden en él. Se atiende a las particularidades de cada grupo de edad (con sus lecturas de cabecera y sus preferencias, que no ahogan las singularidades y las afinidades con autores mayores o más jóvenes), y se comprueban también las notas generales de un segmento de tiempo: por ejemplo, que entre los modelos de la última poesía continúa figurando a la cabeza la generación de los 50 (especialmente Jaime Gil de Biedma), que la fascinación por la generación del 27 ha disminuido (al menos si a las influencias nos atenemos), y que antes de proclamar el entusiasmo por la tradición clásica es necesario definir qué se entiende por “tradición clásica”. El riesgo de categorización en falso, de generalización y pérdida de la individualidad, que asoma siempre que de generaciones se trata, queda aquí perfectamente solventado gracias a la mirada del autor. Esta, como un zoom, sabe pasar de la descripción a vista de pájaro a la aproximación detallada y nítida al grupo, al autor, al libro, al poema, incluso (excelente la lectura de “Noche de San Juan”, de Diego Jesús Jiménez, como cierre del capítulo 3).
Permite intuir esta virtud el índice del libro, organizado en cinco partes que van desde el examen del contexto cultural hasta el estudio concreto de “Algunos nombres” (en la quinta parte). Pero también dentro de cada capítulo lo general se apoya en el dato –y, a la inversa, este adquiere un sentido que trasciende lo anecdótico al verse integrado en un marco más amplio. Desde este punto de vista, el autor puede reconsiderar el canon de la época, superando anteriores visiones parciales y apreciando la coexistencia de la reflexión lingüística y la poética del silencio con las tendencias rehumanizadoras. Puede, también, extender su análisis a las antologías y estudios de la época, valorando el papel que han tenido en la configuración del espectro poético de nuestro pasado inmediato, en la mayor o menor visibilidad de ciertas tendencias o grupos de autores, etc. También presta Lanz atención a la labor editorial por recuperar voces anteriores que se han visto postergadas (Mauricio Bacarisse, Francisco Pino, Rafael Sánchez Mazas), y por dar a conocer a poetas extranjeros –esfuerzos ambos que ofrecen interés por sí mismos y por su repercusión sobre el canon que van asimilando los lectores y los creadores actuales. Resulta de todo ello un estudio verdaderamente plural, al que no falta el valor necesario para advertir de los peligros que desde ese ayer cercano acechan hoy a la palabra poética.
Si nuestra era es la del vacío y el simulacro, como han advertido Lipovetsky y Baudrillard, respectivamente, la poesía no puede salir indemne de esa situación. La modernidad, nos recuerda Lanz, coqueteó con el abismo; la posmodernidad ha pagado, por así decirlo, los platos que se rompieron en su fondo, y se encuentra desposeída ya incluso del vértigo. En ese limbo, la poesía corre el riesgo de convertir en retórica hasta la reflexión nihilista sobre el sinsentido del lenguaje. Un examen pormenorizado de esta situación se ofrece en el capítulo 7, que no en vano es uno de los más pesimistas, pero también de los más densos y ricos del libro. El problema, denunciado en el capítulo 13, es la confusión entre las voces y los ecos (pág. 273), confusión propiciada porque el disfraz de los ecos, de los imitadores, es justamente el de la autenticidad, según Lanz expone de modo convincente. En otros momentos (capítulo 9), la constatación de la diversidad de voces poéticas actuales deja un sabor más esperanzado: de la variedad y la abundancia cabe esperar un número suficiente de poetas que rompan la atonía general y rediman a la última producción poética española de la falta de audacia y el conformismo que padece. En este panorama, tal vez la más dura crítica sea la dirigida hacia la llamada “poesía de la experiencia”, en la que –a decir de Lanz— el coloquialismo, la narratividad más o menos casual, la incorporación de léxico urbano, el pretendido clasicismo y otras señas de identidad no han sido, en la mayor parte de los casos, más que máscaras superficiales que apenas encubrían la monotonía y la ausencia de innovación. No se trata, pese a todo, de un libro apocalíptico, pero sí de un libro que evita, y es de agradecer, el regocijo irresponsable ante una supuesta edad de oro que, en caso de resultar cierta, no sería ahora momento de celebrar. El estudio de Juan José Lanz añade a sus valores ya glosados de pluralidad, riqueza de lecturas y multiplicidad de enfoques, el de la honestidad: lejos de aventurar posteridades y de dogmatizar, pero franco al exponer sus valoraciones personales, resulta un testigo de mirada singularmente comprensiva y penetrante.
CARMEN MORÁN RODRÍGUEZ
(Universidad de Valladolid)