El otro lado de la palabra:
Alfonso Vallejo y El
cero transparente.
Alfonso J. García Osuna
The
Imaginemos la figura de un perro solitario sobre un lienzo. Sustraigamos de
su alrededor todos los objetos que normalmente llenarían el espacio, de modo
que quede absolutamente sola. Apliquemos un color arenoso a la mayor parte
de la superficie del lienzo, aumentando de esta manera el volumen del vacío
que circunscribe al animal. Pintemos la parte inferior del lienzo, de modo
que el cuerpo del perro quede completamente cubierto, dejando sólo la cabeza
al descubierto. El experimento dará como resultado una imagen decididamente
evocativa y metafísica. Lo que nos será evidente desde un primer momento es
que el enfoque sobre la solitaria y truncada figura la dota de significado
y de valor simbólico; sin embargo, lo que no siempre se percibe con la debida
claridad es que lo que facilita el particular valor y el significado que cobra
la figura es precisamente el espacio vacío que la rodea y le da su capacidad
de significar. El campo vacío que parece absorber al famoso perro de Goya,
hundiéndolo hasta el cuello, nos remite iconográficamente a la vacuidad fundamental
e infinita del universo, a la muerte, es decir, a reflexiones filosóficas
acerca de la experiencia de ser, transitoria y enmarcada por la nada.
En su obra teatral El cero transparente (1977), el dramaturgo español Alfonso Vallejo
(Santander, 1943) tantea las posibilidades de establecer un espacio de representación
donde el vacío, a través de un artificio de sugestivas imágenes, adquiera la
fuerza de significar que corresponde
a la trascendencia doctrinaria de su estética contemporánea. Ya el título de la
obra se perfila como esbozo de ese tanteo: el cero es cifra sin valor
apreciable que, sin embargo, es representación magistral de la ausencia, del
vacío; cero, por demás, "transparente". Sin forzar demasiado el asunto, podría
inducirse que hasta la tinta de la grafía y el papel que la absorbe son quiméricos
en este particular cero, representación poco velada del vacío con que el autor
arropará a sus personajes. Ya las
directrices escenográficas apuntan a ello: "Escena vacía. Únicamente,
frente a frente, ligeramente inclinados hacia el público, dos asientos
corridos". Los personajes (luego nos enteraremos de que han salido de un
manicomio, situación que impide de golpe incorporarles en el texto con un
pasado personal asequible), se encontrarán en el vagón transparente de un tren
cuyo destino es la misteriosa "Kiu", región acerca de la cual nadie
puede contribuir datos fehacientes. Con nombres como Holmes, Simon, Carol y
Babinski, entablan conversaciones alucinantes que aportan poca o ninguna
información, que, es más, sirven para desconectarlos unos de otros, diluyendo
en el vacío el espacio social a su alrededor:
HOLMES- (Radiante de alegría) ¡Excelente
día!, ¿verdad?
(Silencio. Babinski le mira fijamente).
¿No me ha oído? ¿No le parece que hace un
día excelente? ¿Eh?
(Babinski le mira fijamente, empieza a
canturrear).
¿Está sordo? ¿No me ha oído? (1-2)
¿Es un día excelente? Lo significativo, desde
un punto de vista crítico, es que desde el primer intercambio de palabras
Vallejo libera a sus personajes de cualquier compromiso ontológico: como los
detalles del día, lo verdadero y lo falso no serán aquí entelequias que aluden
a lo que existe; son, más que nada, expresiones que han sido despojadas de
toda conexión con los fenómenos observables, representámenes cuyos vínculos
con los objetos de la experiencia directa han sido suprimidos. Aquí el signo,
por usar la consabida frase de Peirce, no "…es algo que de alguna manera
le representa algo a alguien" (II, 228). Contrarrestando el juicio de
Holmes, para su interlocutor Babinski el día es particularmente "repugnante",
y así lo expresará más adelante con espontánea vehemencia. En El cero transparente este día, así como
su conjunto de atributos, ha de permanecer tan inasequible como el célebre
"objeto fugaz" de Wittgenstein (Copi 184-186).
En clave nihilsta, todo es fugaz y provisorio
en la obra, y ningún personaje asume compromiso serio con la "realidad"
circundante. Cunde la "ontofobia", es decir, la desertificación
de todo. La verdad objetiva ha sido reemplazada por puntos de vista individuales.
Además de sus valores cualitativos, los
atributos temporales dentro de los cuales nos sería natural enmarcar el
discurrir de la acción dramática –el pasado (ayer); el futuro (mañana)- serán
del mismo modo inasequibles. De aquí en adelante, Vallejo seguirá desconectando
su obra de las ilusiones del paradigma realista, suprimiendo en la práctica la
suposición de que cierta "verdad" objetiva, de consenso y asumida por
los personajes debe servir para constatar la acción que se desarrolla en el
escenario. Semánticamente, es evidente que el sistema de signos manejado por
los personajes ha dejado de ser propuesta perceptual que sustituye a los
objetos del mundo. Los elementos accesorios a su vez vienen impregnados de esta
opción intelectual: los que serían puntos de referencia visuales y sonoros
pierden su valor de axioma. La configuración espacial que acompaña a la
temporal sufre al igual de la desintegración ontológica antes señalada:
HOLMES- ....¿Cuándo llegaremos a Kiu?
BABINSKI- Depende.
HOLMES- ¿De qué?
BABINSKI- De cuando lleguemos. [...] Es
más, no siempre se llega. (2-3)
El presente de los
personajes carece de historia así como de rumbo; no es ni breviario del pasado
ni su desenlace o elucidación; tampoco es telescopio con el cual vislumbrar
un futuro que explique la dirección de los acontecimientos. Es el presente
efímero de Schopenhauer, que se tambalea entre la nada que es el pasado y
la nada que es el futuro: "El pasado y el futuro (considerados aparte
de las consecuencias de su contenido) son tan vacíos como un sueño, y el presente
es solamente la efímera frontera que los separa" (1: 8). Todo ello apunta
a que estamos ante el quebrantamiento del supuesto tricotómico del análisis
antroposemiótico; es decir, Objeto – Representamen (signo) – Interpretante
rompen sus lazos orgánicos, resultando en un debate en el que los personajes
proponen diferentes versiones del Objeto (sea la naturaleza de Kiu, el tiempo,
la hora de llegada, etc.), usando representámenes o signos que tienen un valor
variable para los demás interlocutores. El tercer elemento de la tricotomía,
el Interpretante, ha quedado solo rodeado de un vacío social, propiciado,
claro está, por la anulación de la convención que permite el consenso en cuanto
al valor del signo. Es así que los signos lingüísticos de El cero transparente adquieren el valor de idea simple según lo entiende Josiah Royce (1: 492), es decir, los
signos, independientemente de los objetos que designan, acarrean consigo la
cognición de cómo nos proponemos actuar: "La idea le puede entonces decir
al objeto independiente: ¿y tú qué me importas a mí? Tú no dependes de mí, pero yo tampoco dependo
de ti. Ningún propósito mío quedaría vacío si tú desaparecieras [...] Mi realidad
es la realización de mi propósito, [...] de hecho, nunca me referí a ti, nunca
te concebí, y ni siquiera ahora te hablo. En fin, no eres nada". Los
signos aquí, despojados de la convención, aparecen como ideas independientes
concebidas por cada individuo, dependientes sólo de su singular propósito en cuanto al objeto que designan
y desvinculadas totalmente del resto de las conciencias que manejan el mismo
signo. Es así que Kiu, signo esencial, se alza como representamen libre, que
designa no un objeto en concreto, sino el propósito individual de cada personaje
que lo emplea. Babinski lo deja claro: "El trazado de la línea de Kiu,
no se ha hecho científicamente como usted suponía, señor... No, ¡Nada de eso!
El trazado de la línea de Kiu se ha hecho a mala leche... para joder..., ¿Lo
sabía?" (3).
Es por ello que las interpretaciones más
discordantes se centran en la paradójica Kiu, destino conflictivo del cual no
se pueden deducir datos concretos; realidad no verificable de características
contradictorias que ha sido despojada de los elementos necesarios que se les
asignan tradicionalmente a los signos, elementos a los que alude Hermógenes:
En
lo que a mí respecta, mi querido Sócrates, después de muchas discusiones con
nuestro amigo [Cratilo] y con muchos otros, no puedo creer que los nombres
tengan otra propiedad que la que deben a la convención y consentimiento [xunthêkê kai homologia] de los hombres.
[...] La naturaleza no ha dado nombre a ninguna cosa: todos los nombres tienen
su origen en la ley y el uso, y son obra de los que tienen el hábito de
emplearlos. (Platón 249-250)
En otras palabras,
Kiu carece del elemento semiótico ineludible que es la particularidad. Esta
particularidad, que debería ser reductible a un efecto más o menos común sobre
los viajeros que se disponen a trasladarse a ese lugar llamado Kiu, pesa por
su ausencia. Para un personaje Kiu significa paraíso tropical, para otro rústico
vergel, mientras que para Babinski, el conductor, Kiu es un inhóspito desierto
de hielo y vendavales brutales. Kiu, como objeto de cognición en un universo
donde el signo se ha emancipado de su función convencional, desaparece bajo
el peso de la lógica: nihil sunt nullae
propietates (no hay nada que carezca de propiedades, como reza la lógica
medieval). Esta imposibilidad de
Kiu comienza a manifestarse en una temprana intervención de Babinski, donde
proclama: "... ¡Nunca habrá visto un desierto semejante, tan vacío, de
tantos kilómetros, de tanta intensidad desértica!" Kiu, pues, viene a
conformar gran parte del vacío que opera en el lienzo dramático donde residen
los personajes.
Una vez disuelto el objeto al que apuntara
el signo "Kiu", Vallejo orienta su actividad desconstructiva hacia el
interior del tren. Los intercambios entre los personajes se prestan para acrecentar
el vacío que se genera alrededor de cada uno, acentuando la completa falta de
historicidad de cada individuo:
FOSTER- ...¿Qué le pasa a mi cara?
HOLMES- ¿Me permite decírselo?
FOSTER- Adelante...
HOLMES- Espero que no lo tome como una
impertinencia...
FOSTER- ¡Que no! ¡Hable!
HOLMES- ¿No hay espejos donde vive?
FOSTER- ¿Por qué lo pregunta?
HOLMES- No se lo digo con ánimo de
crítica... pero tiene usted un moco
pegado debajo del ojo izquierdo. (11)
La subsiguiente e insólita
proliferación de mocos y el cierre cremallera que no cesa de abrirse a su
aire van a gobernar las relaciones de Foster con Holmes, resaltando la mencionada
falta de historicidad y la análoga imposibilidad de llevar a cabo interacciones
sociales. Es que en el plano ontológico los personajes de Vallejo han nacido
el día en que aparecen en el escenario, tal y como lo manifiesta Foster: "Vengo
de donde vengo y voy donde voy. Como usted. Como todo el mundo. [...] Hoy
es mi primer día de auténtica felicidad... Hoy tengo la impresión de que el
mundo para mí empieza. Y empieza hacia delante, en este tren, hacia Kiu..."
(13). El mismo conductor Babinski ha
sido seleccionado para su empleo porque es una página en blanco: "Mis
superiores consideran que yo soy el hombre ideal para tratar con ustedes".
Babinski se encuentra "En la más absoluta de las soledades [...] con
la cabeza llena de ruidos, sin familia, sin amigos" (5).
Es decir, es un mundo recién estrenado donde no se ha llegado a consensuar
el valor de los signos; es un presente efímero que se esfuma entre un pasado
y un futuro vacíos. Comienza a perfilarse que lo que escenifica Vallejo es
su urgente preocupación por la soledad y el vacío que son el sustrato originante
y meollo del personaje, escenificación para la cual la historia personal,
al igual que los demás datos externos, no es más que un impedimento. Así,
el dramaturgo proscribe historias personales para acceder más fácilmente al
esencial vacío que rodea y permea a cada viajero, poniendo en práctica una
de las ideas centrales de Georg Lukács en cuanto al personaje y su historia
particular: "Se podría decir que la integridad de la personalidad se
ve amenazada por la totalidad de los datos externos. [...] la personalidad
puede [...] intentar escapar de estos datos individuales, rehuirlos, sustraerse
de todo contacto con ellos" (Bentley 436-437).
Con esto se profundiza en el vacío social, histórico y sicológico que
arropa a los personajes y, en consecuencia, el drama se despoja de la trama.
Como la disyunción ontológica vigente causa perspectivas e interpretaciones
discordantes en los personajes, sus experiencias no podrán tener conexión
sistémica ni referencial con el flujo artificial que llamamos "trama".
Como ejemplo de tal ausencia tenemos al personaje ciego, Simón, que busca
a alguien que "No es una criatura de carne y hueso, no. Parece real,
pero es sólo una apariencia". (25) Su búsqueda no tiene valor referencial
alguno, dado que se alza sobre un vacío intelectivo: "...la busco por
el canto de los pájaros. Es que... claro, ustedes no pueden saberlo pero yo
conozco... yo entiendo el canto de los pájaros. Los pájaros son mis más poderosos
y únicos aliados. [...] El lenguaje de los pájaros es inteligente y anunciador,
cargado de signos, difícil de comprender" (24).
En El
cero transparente el personaje, inquietud central de Vallejo, no se revela
ni se explica con datos externos: la historia personal como narrativa dramática
no explica el "yo" íntimo, "yo" que, al contrario, se
caracterizará aquí como átomo asediado y permeado por el vacío. Como para
hacer hincapié en el destierro de toda huella externa al personaje, el dato
externo que se ofrece es un destino indefinido emplazado en un futuro Schopenhaueriano,
proyección referencial contradictoria que termina siendo tan tentativa y sujeta
a la especulación como la existencia misma del individuo en su efímero presente.
En el ámbito estético del escenario, lo que ocupa a los personajes es la necesidad
de moverse hacia ese destino indefinido desde un punto cero, situación que
recuerda la definición de Susanne Langer: "[El drama] es algo que se
desplaza hacia un más allá" (Langer 307-308). Es lo que pretenden hacer estos viajeros en
tren transparente, partiendo desde un presente inmaculado y dramático que
no es más que la preparación para un salto hacia ese "más allá",
que aquí se designa con el vocablo "Kiu". Pero es un vocablo carente
de los requisitos a los que se refería Hermógenes, es decir, se da como una
estructura imaginaria y conceptual acerca de la cual los personajes no se
pueden poner de acuerdo.
Al entrar en el tren, en sí un símbolo del
presente efímero y del movimiento hacia ese más allá vacío y futuro, los personajes
se liberan de toda conceptualización naturalista. El viaje en tren invisible
es a la vez imagen y metáfora; es la negativa de los personajes a rendirse,
a dejar que su vida se dé como síntesis de una documentación social y científica;
es además el rechazo del dramaturgo a que su obra se preste como laboratorio
social. En El cero transparente
además se rechaza el postulado de que el drama es lugar donde los signos –sean
lingüísticos o no- explican al objeto fielmente. Y si el objeto a significar
es el ser humano, más inútil aún será el proyecto. De hecho, se podría extender
la metáfora hasta llegar a concebir el vagón transparente como la invalidación
del concepto naturalista que quiere presentar la naturaleza íntima del ser
humano como equipolente de los representámenes o signos exteriores con que
se significa.
En este presente totalizante, en esta
transparencia inmaculada Vallejo muestra la incapacidad del representamen
y de los sistemas que en él se basan: el signo no puede divulgar la realidad
a un nivel aceptable de certeza. Este drama particular se encarna en el destino
final del tren: Kiu es paraíso; Kiu es infierno; Kiu es cálido; Kiu es frío…
El dramaturgo representa al signo Kiu in
actu, lo reduce al efecto que tiene sobre los individuos, o como lo propone
Royce, a la expectativa individual del interpretante en el aquí y ahora de
su percepción. Al referirse a un signo abstracto como Kiu, Vallejo lo da como
objeto de análisis y nos presenta su construcción formal como empeño problemático.
Partiendo desde el concepto
Mallarméano de la experiencia del espacio poético como renovación
"cósmica" de la palabra, diríamos que El cero transparente se propone tal renovación como exploración de
la naturaleza del teatro y del tipo de conocimiento que propicia la experiencia
teatral. Tradicionalmente ha sido éste un espacio donde el representamen/signo
produce un texto analógico en el que la sustancia de lo representado es
principalmente verbal, donde la palabra ejerce su mítico poder de crear mundos.
Es un problema de representación que ya se planteó Sócrates: para representar
se debe reducir la velocidad y detener el flujo normal de la realidad física,
de suerte que lo que representa aquél que emplea signos y representámenes puede
decirse que se encuentra en estado de inamovilidad, un estado contrahecho, casi
fraudulento, cuya única validez, como ha dicho Hermógenes, es que se basa en el
consenso. Quizá Sócrates reconocería la propuesta de Vallejo como aceptable
manera de expresar la incapacidad del autor de captar la realidad.
Pues
bien, habiendo eliminado la historicidad de los pasajeros, y con ella todo
adorno externo que pudiese ocultar su verdadera naturaleza, lo que cobra
auténtico significado es el vacío que reside en la intimidad de cada individuo.
En vez de emplear el monólogo interior como herramienta para mostrar el vacío,
éste se va descubriendo a través de una dinámica de grupo, en una configuración
dramática donde cada personaje es testigo crítico de la vacuidad de los demás.
Vacuidad que se va codificando por medio de intervenciones como ésta:
CAROL- Es una
pena que no pueda entenderle. No comprendo lo que dice.
Pero me encantaría hablar con usted. Qué pena que seamos tan diferentes.
Qué pena no hablar la misma lengua... (28)
Llegados aquí, cabe preguntar cómo
es que se puede experimentar el vacío, el cero, lo transparente. Como respuesta
propondría como guía el sistema ontológico de Bergmann, que integra en nuestra
experiencia del mundo empírico no sólo objetos materiales o preceptuales.
Sostiene Bergmann que el ser consciente normalmente percibe de forma negativa,
es decir, percibe que algún objeto no
es grande, no es azul, no es nuevo,
o que no hay nada alrededor del perro de Goya. La negación es un elemento básico
en la percepción y la expresión del mundo empírico (Grossmann 109), y es así
que los viajeros a Kiu se perciben unos a otros, cada cual contribuyendo su
medida al vacío ontológico que permea a los demás.
Al comienzo de la obra, el público
percibe de inmediato que las palabras que emplea cada personaje carecen de
sentido para los demás. Como público,
nos es imposible percibir nada de manera positiva:
nos percatamos de que a los personajes les es imposible funcionar en grupo, les
es impracticable intercambiar información fehaciente, es más, no pueden tan
siquiera hablar de algo en que todos coincidan que es la verdad:
FOSTER- (A BABINSKI) Perdón, señor,
¿es éste el tren de KIU?
BABINSKI- (Mordisqueando el puro con
rabia) Ki.
FOSTER- ¿Qué?
BABINSKI-
(Mirándole de arriba abajo) Ka.
FOSTER- No le entiendo, perdone. ¿Es
usted japonés?
BABINSKI- Kiu.
FOSTER- Exactamente…, sí, el tren de Kiu. Eso le estoy preguntando…
(Explícito) ¿Kiu?
BABINSKI- Ko.
FOSTER- ¡Esto es para volverse loco! ¡Ka…, Ko…, Ki…! ¿Pero qué lengua es ésta?
(BABINSKI le enseña los dientes.) (6)
Como resultado de la inhabilitación
del sistema de signos que habría permitido el flujo de significado
convencional, Vallejo emplaza a sus personajes fuera del ámbito social donde
son aplicables los mecanismos de grupo. Desde ahora cada personaje debe dar
cara a la realidad de su propia experiencia, con su realidad y su verdad,
y a la soledad primordial de la existencia. Kiu como destino, como lugar, como
objeto físico de la realidad empírica, se ha evaporado. Y ha dejado atrás el
signo o representamen vacío, el “vestigium” o la huella –como San Agustín
caracteriza al signo (57)- huella que en esta obra visualizamos como la vía
férrea donde descansa el vagón. Por demás, la ausencia del objeto físico sirve
para sustraer el centro gravitacional del universo de significado. De este
modo, como brújulas a las que se les depriva del norte, los signos quedan
libres para apuntar caóticamente en muchas direcciones:
FOSTER- (Lívido) ¡No vuelva a tocarme…, bestia!... Le he
pedido una información y usted tiene la obligación de dármela… Yo soy un hombre
enfermo… yo…, yo tengo diabetes…
BABINSKI- ¡Y yo!
[…]
FOSTER- (Desde el pasillo, gesticulando.) ¡Rucio,
villano, pastelero! ¡Le pienso denunciar! ¡Usted me lo tiene que decir; es su
obligación!
BABINSKI- ¿Qué quiere saber?
FOSTER- Si éste es el tren de Kiu.
BABINSKI- Kiu
FOSTER- (Golpeando el cristal.) ¡Nada de Kiu! ¡O sí o no!
¡Una respuesta normal, de persona sensata! ¡Kiu,
Ka, Ki, Ko!... ¡O sí o no! (7)
Kiu, como objeto elusivo o ausente,
se presta a la controversia, de modo que carece de valor informativo en el
ámbito de la obra. Es más, en este sentido es irrelevante. Y aquí está el
dilema para el público de El cero
transparente: cómo interpretar un objeto al que todos los personajes se
dirigen, que es de importancia principal y que, sin embargo, no tiene valor ni
objetivo ni consensuado, que mientras más se nombra más se fragmenta. Tal
interpretación ha de articularse sobre los pasajeros a Kiu: los vestigios del
objeto significado -la palabra “Kiu” y el espacio vacío del vagón- sirven de
referencia para la vacante vida interior de los personajes, facilitándoles un
lenguaje objetivo con el cual darle expresión. Ahora bien, ¿Cómo funciona una
estructura verbal en la cual la palabra ha dejado de actuar como referencia
para los objetos del universo? La respuesta nos la facilita Jacques Derrida con
su trabajo De la gramatología (1967). Aquí el investigador francés explica que la
historia y el conocimiento ("istoria" y "episteme"), como
actividades verbales, han tenido como finalidad preferente la reconstrucción de
la presencia (14). Esto ha causado lo
que él ha llamado la "inflación del signo", dado que la verdad y la
presencia han sido forzadas a residir en el logos. Este logocentrismo explica la
híper-valoración de los signos, causada, se supone, por su presumida relación
de deixis con el objeto significado. Según lo antedicho, parece evidente que
Vallejo escribe con la intención de vulnerar la función deíctica absoluta del
signo en relación con el objeto significado; por ello es que Kiu se esfuma, se
incorpora en ese vacío ontológico que rodea a sus personajes. Es así que los
signos, libres ya de los objetos hacia los que se supone que apunten, se
convierten en una proyección del ambiente psíquico interior de los personajes;
éste no se somete al espacio físico, ni histórico ni exterior, y su fuerza
propulsora es el mismo vacío interior, que al proyectarse cobra un ímpetu que
le permite vulnerar la “realidad” que envuelve a los demás. Baste como ejemplo
la descripción que Babinski hace de Kiu y del espacio que se debe atravesar
para llegar allí:
BABINSKI- ¿Loco, verdad? Y esas horribles y espeluznantes
masas de hielo, ¿qué?
HOLMES- ¿De qué habla?
BABINSKI- Esas heladas gigantescas que cubren las
estaciones intermedias, ¿qué? El tren pasa… pita… ¡piii! ¡piii!..., un
pitido muy leve, temeroso…, acongojado… ¡Nada!... Se mira alrededor… ¡Nada!
Parece que la nieve ha devorado todo… Nada… ni un ser viviente, ni un hálito de
vida…, ni humo…, ni nada… ¡Nada de nada! ¡[…] muerte, silencio, túneles, una
noche interminable salpicada de fantasmas!... ¿Me oye? ¿Me oye bien? ¡Y
nosotros somos los fantasmas! Pasajeros disputándose el espacio, el agua, la
comida…, sedientos, hambrientos, eróticos…, despedazándose…, al borde de la
locura… (5)
En el ámbito del espectáculo teatral,
las palabras de Babinski proyectan la imagen visual con que construir el misterio
esencial: el concepto de la ausencia del objeto significado, del espacio vacío,
del paisaje vacío, de las mentes vacías. La conexión entre el espacio mental interior
y el espacio estético exterior hacía ya acto de presencia en un concepto formal
que tiene su origen en la teoría surrealista: el arquetipo de la psiquis vacía.
En El cero transparente la psiquis humana es una forma particular de
espacio cuya capacidad de crear significados debe trascender los referentes
materiales estáticos, significando en términos de su propia vacuidad. El valor dramático de los personajes deriva
de su condición ontológica: son espacio vacante, son quimera en un universo
vacío de significado.
Maurice Valency habla de la voluntad
de los simbolistas, a fines del XIX, de "trascender a una experiencia
más significativa de la que ofrece el mundo material" (422). También
observa que lo que separa al surrealismo del simbolismo es el "traslado
de la realidad desde el mundo exterior hasta el mundo interior" (425).
Conscientes de las tesis de Valency, advertimos que en el drama de Vallejo
el signo no es una figura formularia que depende del mundo exterior; es más
bien una entidad autosuficiente que produce una mente consciente. El referente
Kiu no es fiable como reflejo de la realidad porque los personajes se mueven
en dirección opuesta, dirigiendo su actividad psíquica hacia sí misma, que
es igual que decir hacia el vacío.
Ideado como alternativa a la inercia
del lenguaje convencional, que se organiza para crear un mundo tan organizado
y digestible como falso, el de Vallejo se concibe como búsqueda de los potenciales
comunicativos del espacio mental vacío. La gestión dramática de sus viajeros
es mostrar ese "descenso hacia nuestro propio interior" que André
Breton buscaba a través del sueño en el Primer Manifiesto Surrealista, que
en Vallejo es descenso no hasta la mente intelectualizada ni hasta el Id primordial
del que se habla en el psicoanálisis, sino hasta el abismo nulo de la psíquis
interior, hasta ese abismo al que accede el protagonista borgiano de "Todo
y nada", quien descubre que, a pesar de todas las apariencias externas,
no hay nada en sus adentros, nada detrás de su cara y sus palabras son sólo
un sueño que nadie sueña.
He usado el vocablo "abismo"
para conectar más precisamente con las teorías de Roger Caillois, quien explica
el descenso hacia un vacío interior al que llama universo auténtico, donde
se encuentra un lenguaje secreto característico del abismo personal: "En
las oscuras regiones prohibidas existe un segundo mundo (que es en efecto
el surreal) que, por su naturaleza, sólo puede captarse en la superficie como
manifestaciones, incompletas y ambiguas, que tienen el valor de señales"
(237-238).
"Abismo
personal" implica vacío interior. El lenguaje que Vallejo descubre en el
abismo personal de sus personajes no pertenece al mismo reino psíquico
superficial de los sistemas de signos convencionales, sino que se manifiesta
como una serie de señales misteriosas, al parecer suspendidas en un vacío. La
ceguera del pasajero Simón contribuye en gran medida a nuestra percepción de
que lo que se está dramatizando es una metáfora, una reflexión del abismo
interior y sus signos. Después de explicarle a su compañera de viaje, Carol,
que los pájaros le cuentan todo lo que importa acerca de la vida, y que su foto
(la de Carol) explosionó en el asilo donde se hospedaba, Carol le responde:
"Creo que es maravilloso hablar de esta forma, sin entenderse, suponiendo
por los labios lo que dice el otro" (32).
El
lenguaje apunta hacia esa superación de los niveles superficiales, físicos,
externos, como indica cabalmente la experiencia de Foster en el lavabo: "...
yo entré en el lavabo con el deseo de afeitarme, me miré en el espejo y noté
algo sorprendente: se me había desprendido la cara. Tuve ganas de gritar y
no pude. Me quise tocar los ojos y no los encontré. Hablé a mi alrededor pero
no me reconocieron" (17).
A
fin de cuentas, con sólo echar un vistazo al escenario del Vallejo, con su
tren inmaterial y transparente, se nos evidencia una premisa dramática en
la que el vacío se convierte en punto nodal del espacio, de un espacio que,
como hemos visto, emana del interior de los personajes. El espacio físico
de la representación dramática es especialmente imaginario, relacionándose
en forma y contenido con la conceptualización del espacio psíquico como vacío.
La idea de la vacuidad permea todo espacio que sea metafísicamente significativo,
incluyendo la psíquis personal. O, como diría Artaud "Cuando pensé que
estaba rechazando este mundo, en efecto lo que rechazaba era el Vacío. Yo
sé que este mundo no existe, y sé cómo
no existe. La fuente de mis sufrimientos hasta ahora ha sido mi rechazo del
Vacío. El vacío que estaba ya en mí" (149-150).
Éste es el verdadero viaje de los personajes
de Vallejo, para el cual el exilio del objeto significado ha sido de suma
importancia. Al dirigir el movimiento ontológico hacia adentro, el dramaturgo
ha intentado acceder al meollo de la psiquis sin el lastre que supone la stasis
falsificante que por necesidad acompaña a la representación logocéntrica.
Este viaje interior tiene muchos peligros, como Babinski le advierte a Holmes:
"para que se entere, imbécil, para que sepa dónde se va a meter"
(5). El mismo Foster comienza a padecer
los resultados del viaje, quizá de la misma forma en que lo haría Artaud,
al afirmar: "... soy un conjunto de mocos en descomposición" (11).
El viaje, en un tren al que no vemos
mover, es en efecto un viaje hacia el vacío que es la esencia de la existencia
humana. Cada personaje lleva en sí un gen del mensaje hipersujetivo de Artaud,
cada uno avanza hacia las profundidades de la mente autoconsciente cuyo centro
es el vacío. El cero transparente es,
en fin, obra hipersujetiva que nos hace reconsiderar las nociones
contemporáneas del teatro, de la sujetividad, de la conciencia y de la muerte.
Obras
Citadas
Agustín, San. De doctrina cristiana. Ed. y trad. inglesa
de R. P. H. Green.
Bentley, Eric, ed. The Theory of the Modern Stage.
Caillois, Roger.
Le
jeux et les hommes – La masque et la vertige.
Copi,
Derrida, Jacques. Of Grammatology.
Grossmann, Reinhardt. "Bergmann’s Ontology
and the Principle of Acquaintance". The
Ontological Turn. Ed. M.S. Graham y E.D. Klemke.
Husserl, Edmund. Ideas: General Introduction to Pure Phenomenology. Traducción inglesa de W.R. Boyce Gibson. Londres: George Allen &
Unwin Ltd., 1931.
---.
Logische Untersuchungen. Edición
crítica, (Husserliana 18, 19/I y II). La Haya: Nijhoff 1975, 1984.
Langer, Susanne K. Feeling and Form.
Peirce, Charles S. The Collected Papers of Charles Sanders Peirce. 8 vols.
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Estudio prel. Francisco Arroyo. México: Porrúa, 1981.
Royce, Josiah. The Basic Writings of Josiah Royce. Ed. J. McDermott. 2 vols.
Schopenhauer, Arthur. The World as Will and Idea. Trad. R. B. Haldane
y J. Kemp. 3 vols. Londres: Kegan Paul, Trench, Trübner y Cía, 1896.
Vallejo, Alfonso. El cero transparente. En Biblioteca Cervantes Virtual,
http://descargas.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/46815731215682940722202/007403.pdf?incr=1
(2 de junio de 2006).
[La traducción al
castellano de todos los textos citados es mía].