Guillermo Cabrera Infante o el cuentista cubano: memoria,
identidad y oralidad en Así en la paz
como en la guerra
El escritor como la isla
La afirmación de que Cabrera Infante (1929
- 2005), o en otras palabras, su personalidad literaria, representa la isla
cubana en todo su aspecto ontológico no constituye una afirmación exacerbada.
La vasta producción literaria del autor parece indicar, directamente, una
relación íntima entre su escritura y su mundo cubano. El universo caribeño,
aquél que habita dentro y fuera de Cabrera Infante, se configura en el conjunto
de sus obras como una región insólita, cuya exquisitez no se ha dejado borrar
ni por la distancia del exilio ni por el paso del tiempo.
Juguetona, sincera, colorida, vívida en
sus descripciones de La Habana, experimental y a veces declaradamente
confesional, la escritura cabreriana lleva dentro de sí un sentido de propiedad
representativa de un universo muy particular, identificable a través de la
multiplicidad de referenciales y símbolos pertenecientes a un espacio peculiar.
El presente ensayo señala, a partir de la primera obra cuentística del autor Así en la paz como en la guerra, cómo la
memoria y la oralidad participan activamente en el proceso de la escritura, y
cómo estos artificios conforman el sentido de la identidad en la literatura del
escritor cubano.
El cuentista y el cuento entre la paz y la guerra
¿Qué hay de sui generis en la cuentística de Cabrera Infante que hace con que
reflexionemos sobre ella como un artefacto cultural imbuido de un sentido de
identidad caribeña? ¿Sería sólo la subjetividad histórica ya presente en sus
primeros cuentos un elemento estilístico que imprime un sentido de identidad a
la escritura?
Pensar en el cuento latinoamericano
contemporáneo es, antes que nada, volver a repensarlo, y no exclusivamente en
términos poscoloniales.[[i]]
Asimismo es necesario reconocer el impacto de sus orígenes lejanos y
tradiciones orales como una fuente germinal de su representatividad en un
carácter universal. El apólogo, la parábola, el ejemplo, la anécdota, y otras
formas narrativas antiquísimas son, en principio, lo que se viene llamar de “cuento”
hoy en día. Bastaría citar aquí a Gabriel García Márquez, Reinaldo Arenas, Juan
Rulfo, Euclides da Cunha, entre otros, para que se aprecie como la subjetividad
histórica particular de un determinado autor se infiltra y se diluye en la
escritura, posicionando al propio escritor y su obra en un locus ambiguo entre realidad y ficción. El propósito de este
estudio no nos permitirá desarrollar con mayores detalles la trayectoria del
cuento en su contexto territorial hispanoamericano. Sin embargo, es importante
señalar aquí su manifestación en un aspecto histórico e ideológico, que nos
llevará a comprender la materia constitutiva de los cuentos de Cabrera Infante,
y situar a este autor dentro de un contexto donde la ficción ha caminado muy
próxima a una realidad percibida comunalmente. El género cuentístico, en manos
del autor cubano, se configura como una categoría literaria imbuida de un
sentido profundo de historicidad, tradición y, principalmente, supervivencia.
Si sobrevivir a la memoria o a la propia historia
a través de la palabra es una acto instintivo, concluiríamos, entonces, que la
propia acción de contar una historia a alguien se comprende como uno de los
instintos más básicos del ser. En Mil y
una noches el personaje de Sherazade ya ejemplificaba metafóricamente que
la humanidad necesita del cuento como un gesto que asegura la propia
supervivencia individual. De la intensidad de su fábula, del poder de su labia
e imaginación, dependía su existencia: “Mañana habrá más”. le prometía la joven
al viejo sultán. Y Sherazade, la primera cuentista, sobrevivía por el
sortilegio de la palabra y la promesa de un cuento nuevo, más intenso e
indudablemente corto, pues, “mañana tendría que haber más” (Veríssimo 728).
Para Sherazade, inventarse cuentos
representaba un acto de persistencia y conservación. En Cabrera Infante el
cuento simboliza, de cierto modo, una necesidad vital. Quizás sea por esta
razón, para sobrevivir a la historia, para rememorarla intensamente, que el
autor exiliado estampe en sus textos un profundo sentido de historicidad y
vitalidad manifestado a través de un lenguaje sumamente orgánico. Como
Sherazade, Cabrera Infante escribe porque reconoce que la manutención de la
memoria es un acto inherente a la persistencia de la especie humana, o reconociendo,
también, que lo cubano que hay en él, un día, estará en extinción.
Aunque extremamente criticada la relación
que aquí se expone de la interdependencia entre historia y literatura, es
decir, el concepto de que la literatura se relaciona íntimamente con su momento
histórico y es, en cierto modo, un subproducto de la propia historia, la obra
de Cabrera Infante requiere la aceptación de esta interdependencia como una
acto condicional de la escritura.[[ii]]
Al referirse a la posición del escritor ante la historia, el autor comenta:
Somos actores de una historia increíble y
espectadores de otra historia aún menos verosímil. La gesta imposible de los
barbudos, el triunfo total de la revolución, el cambio violento que se opera en
nuestras vidas, nos impide ver cómo los factores de contención preparan sus
frenos [...] Es entonces que toda la realidad se acomoda como los hechos
clasificados en un libro de historia y lo que a uno le parece increíble –
inclusive los doloridos defensores de la peor ralea criminal que ha nacido en
esta isla – se ve como el flujo de los elementos de una historia. (Machover
231)
Para Cabrera Infante, la memoria y el
reconocimiento de la historia parecen representar la propia esencia de la
escritura. La autoconciencia de la historia cubana y de los agentes que sobre
ella actúan son elementos que le permiten al autor transitar libremente entre
los más variados géneros literarios sin perderse de sí mismo, sin perder la cualidad cognitiva de su escritura.
“La vida es el eje sobre el que escribe”, afirma Rosa María Pareda, “y todos
sus textos, como su biografía, se mueven precisamente en la rica contradicción
entre observación y pasión, entre la crónica y la escritura, entre el
movimiento y la quietud” (26). Añadiríamos aquí que la obra del autor también
camina hacia la idealización de un pasado que llega a suprimir la condición
“real” de la propia historia, ubicándola por lo tanto en la esfera de lo
referencial, de “la perspectiva del vencedor o del vencido” (Walcott 371). El
carácter intrahistórico de los textos de Cabrera Infante se demuestra como una
condición imperativa presente en cualquier lectura que se haga del conjunto de
sus obras, y el rol de la memoria en el proceso de reimaginación histórica en
el campo de la “ficción,” más allá de constituir un problema de hermenéutica
posmoderna, entra en choque con la propia intransigencia de la homogeneidad del
discurso histórico tradicional.
Es justamente la memoria y la relación del
sujeto autorial con su momento histórico la materia creativa de la primera
colección de cuentos de nuestro autor titulada Así en la paz como en la guerra. Gran parte de estos cuentos,
publicados en 1960 y escritos entre 1950 y 1958, demuestran esbozos del Cabrera
Infante de Tres tristes tigres y Vista del amanecer en el trópico.
Tanto en las viñetas que separan los
quince cuentos de Así en la paz como
en los cuentos en sí, la idea principal de este conjunto de narrativas no
persigue, exactamente, una exposición ficticia de la realidad histórica cubana.
Sin embargo, el lenguaje utilizado por Cabrera Infante en la estructura de sus
cuentos impone una cierta ambigüedad lúdica en la caracterización de los
eventos acaecidos en La Habana de los años 50, como la presencia norteamericana,
los movimientos revolucionarios, la situación socioeconómica precaria, entre
otros. La ambivalencia en cuanto a la transposición de hechos reales tratados
de forma subjetiva en las propuestas temáticas de los cuentos se refuerza por
la alternancia de episodios que describen una Cuba idílica y aquellos que
describen un país al borde de la revolución.
Gran parte de la sensación de
identificación por parte del lector con la realidad e historia cubana ocurre
debido a la fuerza estilística con que Cabrera Infante conjura las imágenes
dentro de la esfera de la acción narrativa. Al pintar verbalmente las imágenes
dentro de una contextualización histórica particular, y utilizando un lenguaje
cuya oralidad coloquial adquiere una importancia textual fundamental, el autor
establece la relación entre lo visual y el lenguaje como una puente de
identificación entre el cuento y su época.
Viaje cuyo destino final ya se sabe desde
el principio, el camino trillado por Cabrera Infante a La Habana de sus
recuerdos no establece, necesariamente, un trayecto memorable hacia las zonas
comunes de lo reconocible en la isla: sus calles antiguas, sus edificios
barrocos, sus personajes exóticos, o aún, el intoxicante ritmo del habla y de
las canciones cubanas, muchas veces transcritas textualmente. La relación del
autor con su tierra natal se revela más allá de la escritura como una
imaginable fotografía, como la retratación verbal-estática de lo pictórico.
Si las fotografías, por lo general, poseen
la capacidad única de revelar al mundo un presente eternizado, las palabras
tienen el poder de transformar este presente en algo más complejo que cualquier
imagen estática, o sea, la historia por detrás de la imagen. Es justamente a
través de este recurso, el fotograbar con la memoria y justificar el tiempo con
las palabras, lo que imprime a los cuentos de Cabrera Infante una calidad
panóptica, casi cinematográfica. El
éxito de la formación de la imagen provocada en la tela mental del lector a
partir de la descripción verbal reside en la propia conciencia, por parte del
autor, del poder de la memoria y su capacidad de superación de la realidad. En
varias entrevistas, Cabrera Infante afirma que La Habana real, aquélla que hoy
se presenta a él, no le ejerce ningún interés literario. Es La Habana presente
en su imaginación, aquella que presenció antes del exilio, lo que le nutre y le
confiere la materia prima para sus creaciones literarias:
La Habana es una obsesión. No La Habana
como un sitio determinado, porque ahora yo podría regresar, dadas ciertas
condiciones, pero a mí no me interesa para nada. Ya yo regresé en el año 65 y
vi la total destrucción de La Habana. Tú podrías decir: <<Bueno, es la
destrucción del recuerdo de La Habana.>> Muy bien, de acuerdo. Pero es
que es ese recuerdo lo que a mí me interesa. No La Habana física particular. (Machover 226, itálicas nuestras)
La Habana idílica a que se refiere Cabrera
Infante tiene su gestación visual precisamente en la manifestación de la
escritura a través del recuerdo. A su vez, el recuerdo, dentro y fuera del
plano de la palabra, suele presentarse de dos modos: o como una acción
incompleta, fragmentada por la imperfección de la memoria; o como algo más real
que la realidad, es decir, el recuerdo es complementado imaginativamente debido
a la propia imperfección del acto memorial. En el caso Cabrera Infante, la
expansión verbal que adquiere la escritura supera la imperfección de cualquier
referencial cubano que el autor pueda presentar en sus textos. El tono
hiperbólico dedicado a la reminiscencia alcanza un valor normativo dentro de la
estructura, lo que provoca no sólo la sensación de la formación de la imagen -
la “fotografía” de la narrativa - sino
que también hace que la propia narrativa se desarrolle a partir de un vínculo
sensorial establecido con el lector.
Como una cámara cinematográfica, que no
sólo registra la imagen sino que le confiere una carga emotiva específica, la
escritura de Cabrera Infante se extiende más allá del captar del momento dentro
del cuento. Semejante al cine, el movimiento de la imagen en los cuentos
cabrerianos parece poseer una importancia estilística que transciende la
retratación de lo estático. Para que la imagen textual adquiera un aspecto
transitorio, para que se conforme receptivamente como un ambiente en
movimiento, Cabrera Infante infunde en sus textos una tonalidad modal
camaleónica, de carácter experimental, que se adapta tanto a las necesidades de
la creación de la imagen como a las de la palabra:[[iii]]
El rumor del viento en las hojas de las
buganvillas y la fragancia de las fedoras me traía su recuerdo; me llegaba en
el viento, mezclado con el ruido desvaneciente de la ciudad allá abajo y aunque
yo sabía que no estaba en el aire, sentía su olor palpitando en las aletas de
la nariz y un sabor dulce y agrio y picante me venía a los labios mientras un
dolor agradable subía por las paredes de mis huesos nasales […] (“Las puertas
se abren a las tres” 29)
El proceso de la sinestesia como un
artificio creador de la imagen, como se observa en el fragmento citado más
arriba, infunde en la narrativa de Cabrera Infante una sentimentalidad
intimista, configurada a partir de una interferencia simbolista en la
escritura. Sentir la imagen (o la memoria) a través de la escritura se dispone
como un acto elemental que antecede al hilo de la narrativa de los cuentos de Así en la paz. La ambientación,
fundamental no sólo en la primera obra del escritor cubano sino en todo el
conjunto de sus trabajos, participa de la acción de modo esencial. La
importancia conferida a la caracterización del locus narrativo adquiere una constitución cinética al imponerse en
la escritura a través del recurso simbólico:
el
mar es un gallo negro de crestas blancas de espuelas de olas, enfuriado y
pasivo a la vez: es un cuervo de alas de agua y de la negrura de su plumaje
entresalen blancos plumones: es un caballo-loco, negro y salvaje, que atado sin
embargo cabalga con furia dentro de un hoyo, sus dispersas crines blancas al
viento, la boca babeando blanca espuma [...] (“Mar, mar enemigo” 99)
Además de utilizar el artificio simbólico
como un vínculo emotivo que une simpáticamente al lector con el referencial
dentro de la narrativa, Cabrera Infante parece también dedicar igual atención a
la intensidad y a la emotividad del lenguaje en su representación oral.
Aproximando a la audiencia de sus cuentos a su mundo cubano particular, la
presencia de la voz humana remite a algunas reflexiones significantes acerca de
la reconfiguración de lo tradicional, la identidad y la memoria en la escritura
del autor en exilio. Sobre esta organicidad del lenguaje presente de manera
contundente en sus obras, Cabrera Infante afirma: “lo que siempre me ha
interesado del lenguaje son las posibles comunicaciones y la enorme capacidad
generativa de las palabras. Estoy envuelto en un juego permanente con el
lenguaje, eso es lo que evita que muera de aburrimiento ante la máquina de
escribir” (El país http://www.elpais.es/articulo/cultura/CABRERA_INFANTE/_GUILLERMO/PREMIO_DE_LITERATURA_MIGUEL_DE_CERVANTES/Cabrera/Infante/reitera/fe/capacidad/regenerativa/palabras/elpepicul/19971210elpepicul_15/Tes/).
Si en escritores como Lezama Lima, o Roa
Bastos, la literatura en todo su aspecto ontológico aparenta servir de materia
constitutiva del cuento, o sea, el autor se nutre de la propia literatura y del
bagaje literario para la elaboración de sus htual, pero sin embargo subvertido
en su propósito literario.[[iv]]
El siguiente fragmento de Así en la paz
demuestra la subversión a que el autor somete el lenguaje al servicio de la
caracterización formativa del personaje en su locus ambiental:
Bueno, la cosa es que cuando uno tiene una
casa no puede dejarse pasar por la mota, porque ya se sabe que camaleón que no
muerde. Porque mire, por ejemplo, esa muchacha Josefina. Es de lo mejorcito.
Limpia, asiadita [sic], no arma bronca nunca y vive aquí, con lo que uno la
tiene siempre a mano, y nunca anda regatiando [sic] que si que le ha quedado
poco [...] (“Josefina, atiende a los señores” 70)
La experimentación con el coloquialismo
cubano y su materialización textual demuestran una suerte de valentía autorial
investigadora que revela a Cabrera Infante no sólo como un sujeto observador de
la realidad histórica, sino también como un intérprete de la misma. En este
sentido, el lenguaje posibilita no sólo la manifestación del texto como una
crónica costumbrista sino también como un cuento profundamente arraigado en su
contexto histórico.
“Balada de plomo y yerro” ejemplifica la
relación que establece la escritura y el lenguaje con ciertos aspectos
históricos de la sociedad de La Habana de los años 50. Escrito en el mismo año
del golpe de estado Batista (1951), “Balada” describe una emboscada frustrada
cuyas consecuencias trágicas se cobran la vida de un inocente. Mediante un
discurso dotado de realismo ácido, Cabrera Infante construye una narrativa en
la que el tono político de opresión y gangsterismo se dispone textualmente a
través del habla de los personajes. La violencia descrita por las acciones de
los interlocutores se refleja en sus propias palabras: “¡Me cago en Dios! Hemos
trabajado por gusto” (89), expresa uno de los ejecutores al final, al darse
cuenta de que ha asesinado a un inocente.
La experimentación con un lenguaje fidedigno
a la composición de los personajes prueba la atención dispensada al detalle en
la escritura cabreriana. En “Un rato de tenmeallá” se verifica el cuidado
estético por parte del autor al reflejar la condición existencial del personaje
a través de la transcripción textual de su lenguaje particular. El cuento
presenta un monólogo interior en que la protagonista, una niña de seis años,
reacciona a los problemas económicos de su familia. A través de un discurso de
carácter oral, discontinuo, correspondiente a un hablar infantil, Cabrera
Infante plasma a través de la óptica de la protagonista la precaria situación
económica cubana durante la década de los 50. El cuento está constituido por
dos párrafos sin signos de puntuación y sin pautas que indiquen un final de
continuidad. Las ideas se vinculan por la conjunción aditiva “y”, expresando
con nitidez una manera pueril de enunciar pensamientos y comúnmente conectar
las sentencias. En un primer instante, la escritura parece indicar una cierta
dosis de experimentación estilística de difícil comprensión. Sin embargo, al
acompañar la narrativa a través del discurso del personaje infantil, el lector
sintoniza su entendimiento del mensaje textual con el de la narradora. Esta
acción operativa, que enfatiza la oralidad para que el lector perciba a través
de la escritura un sentido de identidad particular en la construcción del
personaje en su locus ambiental,
constituye una propiedad constante de los cuentos de Así en la paz bien como en toda la literatura de Cabrera Infante:
y
cuando la tierra estuvo bien mojada puse todo en su lugar y me agache y comence
[sic] a remover el fango para que las torticas me salieran bien y no pasara lo
que ayer cuando no alcanzo [sic] para hacer un buen cocinado y se desmoronaban
en las manos y pense [sic] que queque hubiera hecho y hice [sic] unas cuantas y
las puse a secar bien al sol [...] (“Un rato de tenmallá” 17)
Entre la historia y la memoria
Las historias narradas en la primera obra
cuentística de Cabrera Infante demuestran, de forma contundente, una suerte de
espejismo social en que la literatura ficticia frecuentemente suele
aventurarse. Tal vez como periodista que ha sido, el autor mantuvo a lo largo
de su carrera un estilo literario que defiende la escritura sin elementos aparentes
de ficción. Sin embargo, la estilística retórica del escritor cubano no
constituye un lenguaje periodístico. En efecto, son las imágenes y la
ambientación, y no tanto el énfasis en los hechos, la fundación sobre la cual
el autor cubano apoya su escritura. La mediación entre presente y pasado se
traduce en Cabrera Infante como “la reescritura de una Historia a veces
conocida, a veces disimulada” (Machover 134).
Más que narrativas, los cuentos de Así en la paz son sentidos por el lector
como producciones embebidas de un sentido de identidad que sobrepone múltiples
visiones de una misma isla. Las barreras existentes entre las diversas
versiones de esta isla – la Cuba
memorial, la Cuba mitológica, la Cuba imaginada– son frágiles, a veces casi
inexistentes. A la deriva en una perenne reconstrucción memorial sobrevive la
escritura de Cabrera Infante. Transitando sobre un locus entre-mundos, vagando entre la historia, el idealismo y la
ficción, la obra de Cabrera Infante se forma y se transforma para que,
finalmente, la memoria, tal como el propio cuento, sobreviva al autor y a su
propia historia.
[[i]] Aunque se reconoce aquí el valor de la contribución de la
línea crítica poscolonial, este ensayo se propone a abordar el aspecto universal
y subjetivo de la escritura de Guillermo Cabrera Infante.
[[ii]] Véase, por ejemplo, Auerbach, Erich. Mimesis: The
Representation of Reality in Western Literature.
[[iii]] En Exorcismos de
esti(l)o Cabrera Infante demuestra, a través de una serie de experimentos
lingüísticos, el carácter filosófico, lúdico y entretenedor de su obra.
[[iv]] De acuerdo con Cabrera Infante, el lenguaje en su
carácter oral estuvo presente en nuestra sociedad antes que siquiera se
sospechara la literatura. Para el autor cubano, es imposible desasociar la
retratación de lo oral en la escritura porque “su reconfiguración textual
demuestra transparentemente el carácter eterno del propio lenguaje” (Pareda
103).
Obras citadas
Auerbach,
Erich. Mimesis: The Representation of
Reality in Western Literature. Trad.
Willard R. Trask. Princeton: Princeton University
Press, 2003.
Cabrera
Infante, Guillermo. Así en la paz como en la guerra.
Barcelona: Six Barral,
1979.
---. “Cabrera Infante reitera su fe en la
capacidad regenerative de las palabras.” El
país. 10 Diciembre 1997.
<http://www.elpais.es/articulo/cultura/CABRERA_INFANTE/_GUILLERMO
PREMIO_DE_LITERATURA_MIGUEL_DE_CERVANTES/Cabrera/Infante/reitera/e/aacidad/regenerativa/palabras/elpepicul/19971210elpepicul_15/Tes/>
---. Exorcismos de esti(l)o. Barcelona: Seix Barral, 1976.
García Mínguez, Eligio. Son así: reportaje a nueve escritores latinoamericanos.
Bogotá: Panamericana
Editorial, 2002.
Machover, Jacobo. La memoria frente al poder: Escritores cubanos del exilio.
Valencia:
Universitat de Valencia, 2001.
Pareda, Rosa María. Guillermo Cabrera Infante. Madrid: Edaf, 1979.
Veríssimo, Luis Fernando. Todas as comédias. LPM: São Paulo, 1999.