HECHO A MANO

por

Santiago Daydí-Tolson

The University of Texas at San Antonio

 

--Parece tan difícil. . .--.  Miraba las manos de la mujer moverse apenas al ir dándole forma a la arcilla que hasta un instante atrás no era más que un montón de barro en el plato del torno.

            --No es nada de difícil. Es sólo cuestión de práctica--. Y un vaso esbelto iba tomando forma entre las manos, confundidas con la materia misma que estaban trabajando.

            --¿Cuánto tiempo llevas en esto?

            --Van siendo ya más de treinta años. . .--. Quitó las manos de la greda a medias conformada. --Parece mentira--. El torno fue dejando de girar.

            --El tiempo no pasa en vano--, dijo la otra abarcando con la mirada la colección de piezas en lo alto de la estantería.

--Papá me enseñó--. El sonido del motor ya no se oía. --Un día vine a sentarme  aquí a mirarlo trabajar, como lo haces tú ahora. Debo haberlo interrumpido tantas veces con mis preguntas y mis ganas de tocar la arcilla con que él jugaba, que por fin dejó lo que estaba haciendo, se levantó y me llevó de la mano a esa batea de la greda sin amasar, la que está ahí, donde mismo estaba.

La otra levantó, como le indicaba, el trapo húmedo que la cubría. La masa informe de tierra empapada parecía palpitar bajo la luz oblicua de la tarde.

--Recuerdo tan bien cómo me tomó de las muñecas con sus manos sucias de barro. Sentí que bajo el delicioso frescor mojado de la arcilla se me imponía la fuerza exacta de su mano viva, cálida, convincente. Me hizo hundir las manos asombradas en la batea.

Había sido un momento maravilloso que revivía a diario en su taller, heredado hacía tanto de quien le había enseñado su arte con esa gentil y poderosa manera que tenía de modelarlo todo con mirada y mano.

--Desde entonces no he podido sino vivir toda embarrada, como niña jugando en el jardín.

La otra miraba el montón brilloso, como sudado.

--Parece que estuviera viva--, comentó con cierto desagrado. Se había acercado a la batea y tocó la arcilla apenas con la punta del índice extendido.

            --¿Quieres probar?

            Observó que la otra, sin darse cuenta de que lo hacía, movía los dedos de ambas manos como si algo inmundo los ensuciara. Las retiró, atándoselas detrás de la espalda.

            --¿De veras?--. No parecía estar segura de querer hacerlo. Vacilaba entre el deseo y el rechazo. Se cruzó de brazos, escudando de la mirada de la otra el sobresalto que le estremeció el pecho.

            La mujer de las manos cubiertas de greda se levantó del torno ya completamente detenido y abandonando en lo informe aquella arcilla que apenas comenzaba a ser objeto, se acercó a la otra, le tomó ambas muñecas –las manos las tenía hundidas bajo las axilas— y desató el abrazo. La blusa blanca se manchó de caolín.

            No se había esperado tal resistencia. Sus manos atenazaban una materia obscura que no sabían reconocer, una materia desconocida, reacia a toda manipulación, inerte en el rechazo: lo más ajeno a la greda dúctil a que estaba acostumbrada y muy distante de la piel y el músculo del cuerpo vivo, materia también que ella sabía suya. Se echó atrás, sorprendida de lo inesperado.

            La otra se quedó embobada mirando las dos manchas de tierra en la blusa.

            --Apenas se sequen se quitan muy fácil con un cepillo. 

No quiso hacer más cuestión del asunto, pero no podía recuperarse de esa nueva e insoportable sensación de impotencia que recibió del contacto brevísimo con esas muñecas reacias a la invitación de sus manos que por primera vez había sentido inútiles. Volvió al torno y al querer continuar con el vaso en que había estado trabajando se descubrió incapaz: las manos no le obedecían, se le negaban a cumplir con su labor acostumbrada. Al insistir en darle forma al barro fue surgiendo de lo amorfo un objeto que jamás habría imaginado posible y que ella no sabía cómo se le iba imponiendo, obligándola a aceptarlo.

            Mientras se ensimismaba en el proceso doloroso de crear lo que no podía dar por terminado, la otra se frotaba las muñecas tratando de quitarse las manchas de greda que las manos sucias de la ceramista le habían dejado como un brazalete opaco. Lo hacía con insistencia obstinada, como si el quitarse el residuo del contacto de la mano creadora fuera una necesidad imperiosa. De la blusa se preocuparía más tarde, pensó, concentrándose en pasar una y otra vez las manos contra la piel en un esfuerzo concentrado por eliminar todo residuo del material que en el torno se negaba ahora a cobrar la forma que la otra insistía en darle.

            Ninguna de las dos podía prestar atención a la otra pero estaban plenamente conscientes de su mutua presencia. Una, curvada ahora en la tensión del esfuerzo sobre la rueda en movimiento, sabía que la otra se afanaba con parecido ahínco en restregarse los brazos que ella había tocado con sus manos sucias. La sabía ahí, a un paso suyo, excesivamente alterada por lo sucedido. Trató de quitarle importancia al asunto.

            --Esto no me sale bien. Tendré que dejarlo.

            La otra, al oírla, dejó de limpiarse, y se miró las manos: apenas les quedaba un residuo terroso entre los dedos. Sus muñecas habían vuelto a ser las pálidas durezas que la arcilla no pudo alterar.

            --Me gusta como te quedó. ¿Me lo das?

            Ambas lo miraban: un vaso de atormentadas formas.

            --Si te gusta, te lo puedes llevar cuando lo haya cocido.

            Insegura de lo que hacía, lo cortó por la base, lo levantó y lo puso a secar junto a sus otros trabajos recientes. Le pareció tan diferente a todo lo que había hecho hasta entonces –un objeto deforme y desagradable-- que por un momento dudó.

--Podrías llevarte uno mejor.

Pero la otra no quería otro mejor porque el mejor para ella era precisamente ese objeto inconcluso en el que, sin saberlo ella misma, se expresaban sus manos inactivas, las que la otra no podría arrancar de su obstinado abrazo.