Espacio
homosocial en “Bienvenido, Bob”, “Presencia”, y Cuando entonces
de
Juan Carlos Onetti
Elena
M. Martínez
Baruch College (CUNY) [1]
La narrativa de Juan
Carlos Onetti, desde El pozo (1939)
hasta Cuando ya no importe (1993),
articula y reproduce un espacio homosocial por excelencia. Por homosocial se
entiende aquí el lugar privilegiado en que los personajes masculinos como
sujetos del discurso, llevan a cabo entre ellos transacciones de poder social,
económico, y narrativo; mientras que los sujetos femeninos aparecen como
objetos de cambio, intercambio o en palabras de Luce Irigaray, como
“mercancía”. Como han apuntado varios críticos onettianos, Mark Millington y
Judy Maloof: las subjetividades masculinas en Onetti aparecen en primer plano y
las femeninas están en función de aquéllas.
Homosocial es, como
explica Eve Kosofsky Sedgwick en Between
Men: English Literature and Male Homosocial Desire, un neologismo formado
por analogía con la palabra "homosexual”, y se usa en las ciencias
sociales para describir vínculos entre personas del mismo sexo aplicándose a
actividades como camaradería masculina; es diferente a homosexual y aún, a
veces, se caracteriza por una homofobia intensa (1-2). Ese deseo homosocial se
ve en los patrones de amistad, rivalidad y competencia; los cuales están
obviamente condicionados por las reglas de conducta de clase social y no se
pueden entender fuera de las coordenadas de ésta.
Como es sabido, el patriarcado está basado en
relaciones entre hombres que establecen una jerarquía de solidaridad e
interdependencia que les permite controlar a las mujeres. [2] Dentro de las estructuras de dominación
patriarcal, la heterosexualidad se impone y se rechaza la homosexualidad. Las
construcciones de la heterosexualidad y la homosexualidad son complejas y están
entrelazadas con género, raza, clase y la institución familiar.
Por su parte, Luce
Irigaray en This Sex Which is Not One
señala que los intercambios sociales y económicos en los que se basan las sociedades
patriarcales son exclusivamente homosociales, esto es, ocurren estrictamente
entre hombres (192). Ella discute la relación que existe entre patriarcado,
homosocialidad y heterosexualidad. La heterosexualidad está, según explica
Irigaray, arraigada en el sistema del patriarcado. Para ella, la
heterosexualidad no es otra cosa que la asignación de papeles económicos dentro
de una lógica en la que prevalecen los sujetos productores y los agentes del
intercambio, los cuales son siempre hombres; y por otro lado, están las
materias primas, los objetos de cambio, que son las mujeres. Todo sistema de
organización social y económico es necesariamente homosexual en el sentido que
la mujer existe sólo como mediadora en la transacción entre los hombres o entre
el hombre y un pacto consigo mismo (193). Así, homosocial se usa para designar
el intrincado sistema en que se dan y que a la vez sostiene, el sistema
patriarcal y su corolario, la misoginia.
En este trabajo me
propongo estudiar el espacio homosocial en varios textos de Juan Carlos Onetti:
“Bienvenido, Bob”, “Presencia” y Cuando
entonces, su penúltima novela.
Estos tres textos presentan distintos grados de asociación y de camaradería y
rivalidad entre los personajes masculinos. En “Bienvenido, Bob” se puede hablar
de una tensión homoerótica; en “Presencia” y la novela Cuando entonces la camaradería y rivalidad entre varones está
asociada con la creación de historias, y con el proceso de escritura. Aunque
homosocial es distinto a homosexual u homoerótico, como ha apuntado Eve
Kosofsky Sedgwick, en la primera parte de este trabajo sostengo que en el
cuento “Bienvenido, Bob”, la alianza homosocial está unida también a un deseo
homoerótico.
El relato cuenta la
relación de rivalidad que se dio entre el narrador sin nombre y Bob (antes
Roberto) en el pasado y la relación de ambos en el presente. El narrador había
sido novio de Inés, hermana de Bob, quien siendo más joven que aquél, se opuso
al noviazgo por considerarlo viejo y sin ideales. Así, se da una relación triangular
entre el narrador, Inés y Bob (ahora Roberto). Este cambio de nombre marca una
diferencia fundamental. Ya que así se pone énfasis en dos momentos en la vida
de Bob: el antes, el pasado, identificado con la juventud y que corresponde a
cuando se llamaba Bob; y el presente, la edad madura de Bob a quien ahora se le
llama Roberto. Si en la acepción general de la crítica, homosocial no alude a
relaciones de atracción sexual entre hombres sino a alianzas de poder
masculino, en este cuento, en particular, se puede leer como sinónimo de
homoerotismo pues la relación del narrador sin nombre y el personaje Bob tiene
matices homoeróticos.
A pesar de que el
universo onettiano se funda en la masculinidad, esto es, en el predominio de
las identidades masculinas y con éstas, las actitudes y conductas que las
configuran, Onetti parece inscribir una crítica a esta construcción histórica.
Sus personajes masculinos, como ha dicho la crítica hasta el cansancio, son
personajes marginales (el proxeneta, el médico que observa, el detective que
mantiene la duda), y los jóvenes de aspecto andrógino.
El joven Bob es una especie de esencia
andrógina superior al hombre maduro. Es esa figura andrógina la que encierra
los ideales más puros. Y es el énfasis en el parecido de Inés y Bob el que
acentúa el carácter andrógino de Bob.
Como en muchos textos
de Onetti, en “Bienvenido, Bob” la contraposición entre presente y pasado es
esencial para la narración y lo narrado. Onetti indaga una vez más en la
temática de la pérdida de la juventud y con ello, la pérdida de los sueños y
las esperanzas. Se presenta una pareja heterosexual (la de Inés y el narrador)
y la de dos hombres (Bob y el narrador sin nombre). Así, Inés, Bob y el
narrador vienen a conformar un triángulo de amor y de odio.
La intensidad que se da entre el narrador
masculino y el sujeto (masculino) del enunciado nos hace pensar en una
narración de deseo sublimado. El hecho de que la rivalidad que se da entre los
personajes masculinos (Bob y el narrador), sea el foco de la narración mientras
que el noviazgo de Inés y el narrador sea algo incidental, hace que se lea no
sólo como homosocial en el sentido general de la común alianza entre los
hombres en el patriarcado sino como una narrativa homoerótica debido a la carga
emotiva que conlleva.
En el pacto
homosocial, la afiliación de los personajes conlleva un acto especular y
narcisista en que se busca en el otro el reflejo o la proyección del ser. En
este caso la proyección es de parte del narrador hacia Bob. El título encierra
una fina ironía ya que la venganza del narrador es darle la bienvenida a
Roberto, al hombre maduro y sinónimo de decadencia; en vez de a Bob, emblema de
juventud y esperanza. Aquí, ese espacio homosocial dominado por los varones,
como en el resto de la producción de Onetti, se ve identificado sobretodo con
el espacio físico del bar. La elección de este espacio físico no es arbitraria
y es consistente con la ideología masculinista y las construcciones de género
sexual. El bar aparece como espacio de dominio masculino, de exhibición, de
competencia, rivalidad y/o camaradería. Sin embargo, aquí, el bar es algo más
ya que también es escena de un deseo especular intenso por parte del narrador
hacia Bob.
En la narrativa
onettiana el bar es espacio de exhibición por excelencia. Las acciones de ver y
mirar entre los sujetos masculinos ocupan un lugar privilegiado; las mujeres
son objetos, y sólo aparecen como mediadoras e intermediarias excluídas de las
acciones y presentadas tenuemente. Este situar a la mujer entremedio de dos
varones y como fuerza escondida es significativo. Aquí se da un caso de
voyeurismo diferente al tradicional. Si históricamente el voyerismo se
identifica con la mirada del sujeto masculino hacia el objeto femenino, aquí se
da entre personajes masculinos como manifestación intensa de recelo entre ambos
y del deseo del narrador por Bob. Las miradas entre ellos refuerzan la idea de
que existe un deseo homoerótico. En este circuito de miradas masculinas se pone
énfasis en la de Bob hacia el narrador en el pasado y del narrador hacia Bob en
el presente. Y es precisamente el bar el escenario de dicho deseo.
Curiosamente, Inés no
aparece en este espacio. Y la posición física que ocupa este personaje es
emblemática de su posición como intermediaria o mediadora entre los varones. En
varias ocasiones se le describe situada en una escalera, lo cual reafirma su
carácter de conciliadora entre su hermano y el enamorado de ella. En el bar,
lugar masculino por excelencia, los hombres compiten por establecer claros
límites a su ego. Es lugar de socialización de los hombres donde se prueban
frente al otro y se lucha por el poder y el control de las mujeres y de los
otros varones. En ese espacio privilegiado de la masculinidad, el cuerpo de Bob
es el centro de la focalización: ya sea el cuerpo del joven Bob, evocado en la
narración, o el del Bob maduro, sinónimo de decadencia. La descripción de Bob
se centra en la cara, el pelo y los ojos: "del pelo rubio colgando en la
sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silencioso sin un gesto
en la cara"(Obras Completas
1221). Bob es una figura enigmática a la que le basta hacer un gesto para
comunicarse con los otros. El poder del mirar y su carácter reflexivo lo
distinguen de la gente que lo rodea: "...siguiéndome con los ojos tanto
tiempo como me fuera posible soportar su
mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el
intenso desprecio y la burla, más suave" (1221). (El énfasis es añadido).
El narrador, retado y
desafiado por Bob, hace un esfuerzo por sostenerle la insistente mirada:
"A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una
mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañar, sin apartar la atención
de mi rostro, que debía sostenerse frío, un poco melancólico" (1222). Las
referencias a Bob se centran en su juventud, su belleza física y su éxito, las
cuales contrastan, según el narrador, con el presente de deterioro y decadencia
física y moral de Roberto. El joven Bob se distinguía por un sentido de
superioridad ante los otros y un gusto por lo diferente, lo innovador que aquí
se manifiesta en su afición por el jazz. Esa diferencia o singularidad la
marcaba el distanciamiento del grupo. Esa diferencia la enfatiza el narrador al
aludir a la mirada de Bob siempre a distancia: "...simplemente quieto y
aparte, abstraído, mirándonos durante
una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para
manejar el cigarrillo y limpiar de ceniza la solapa de sus trajes claros"
(1221). (El énfasis es añadido).
La superioridad
física y moral de Bob lo convierten en un objeto de deseo y un paradigma de
perfección. El carácter de paradigma de Bob lleva al narrador a querer
acercarse a él; y a proponerse que aquél lo vea como semejante en su singularidad:
"Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de
espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces
callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por
que me había juzgado, algo próximo a él" (1222).Esa intensidad psicológica
de Bob y el narrador refleja un elemento de deseo homoerótico: "Pero yo no
le daba importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija
estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de
limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de abajo de años
y sucesos para acercarme a él" (1224).
Contrario al énfasis
que pone el narrador en Bob, a Inés sólo la nombra; ni siquiera la describe. Si
Bob y el narrador se caracterizan por su discurso, ella no tiene discurso.
Llama la atención que Bob y el narrador hablen constantemente sobre las
muchachas que frecuentan el bar. Parece ser una estrategia inconciente para
escapar de un deseo homosexual que el narrador encubre pero que deja entrever
cuando alude al parecido físico de Bob y su hermana Inés: "En aquel tiempo
Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del
salón del Club, y acaso alguna noche lo
haya mirado como la miraba a ella" (1222). ( El énfasis es añadido).Y
más adelante se dice: "Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en
las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo dar la trampa de un gesto para darme a Inés por
Bob, fue aquélla, entonces, la última vez que vi a la muchacha"
(1225). (El énfasis es añadido).
Así, el énfasis que
el narrador pone en la semejanza del rostro de Inés y el de Bob apuntan a una
conexión de deseo erótico pero encubierta por la carga de agresión y rivalidad
entre los dos varones: "Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés
que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a
la agresión, participan del entusiasmo y el candor de la muchacha" (1226).
Esa intensidad que siente el narrador hacia Bob se textualiza en la repetición
de su nombre; lo cual acrecienta la comunión entre los varones:
Hablo con él, sonrío,
fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob,
en su pureza, su fe, en la ausencia de los pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que pensaba ennoblecer la vida de
los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza, para cinco
millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha entre jóvenes contra viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. (1227)
(El énfasis es añadido)
La tensión entre Bob y el narrador es mucho más
fuerte que el supuesto amor del narrador hacia Inés. El mismo narrador así lo
reitera. Ese intenso deseo del narrador hacia Bob se transforma en odio:
"Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su
definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se
arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos" (1227). El deterioro
de Bob lleva al narrador a sentir compasión por él y y agrega que cuando ve a
Bob insultándose “su corazón se llena de amor y se hace sensible como una
madre” (1228).
En este relato, la
mujer es una presencia opcional. Es más, la relación heterosexual en
"Bienvenido, Bob" es una estrategia del deseo homoerótico y
homosocial. Los vínculos afectivos entre los hombres (el narrador y Bob) se
reafirman en el cuento. Según Sedgwick, un rasgo de las convenciones de la
masculinidad es un empobrecimiento de lazos mutuos en favor de una relación
asimétrica de trascendencia cognitiva. El narrador para atraer la atención de
Bob (o para seducirlo) ejerce control sobre las muchachas que están en el bar.
Los otros personajes femeninos quienes, al igual que Inés, solo se mencionan,
son agentes que facilitan el que los hombres adquieran mayor visibilidad
(¿virilidad?) entre ellos.
Así, el papel de Inés
es de servir de mediadora entre el narrador y ones. Las muchachas son objetos:
al narrador solo le interesa llamar la atención de ellas para que éstas se rían
y Bob preste atención a la escena: "A veces me ayudaba con unas copas y
pensaba 'querido Bob, anda a contárselo a tu hermanita', mientras acariciaba
las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría
cínica sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera" (1222).
El espacio homosocial
es un lugar de camaradería y rivalidad entre los varones. Aquí se marca la
diferencia entre el joven y el viejo; el mundo de las esperanzas y el del
desengaño. En este espacio la sujeción y el control sobre la mujer es
requisito. Inés termina la relación con el narrador porque su hermano Bob se
opone al noviazgo. El hermano toma aquí el papel del padre. La identidad de
Inés queda ambigua lo cual subraya su carácter de moneda de cambio. La mujer es
sólo un vehículo y un conducto entre las relaciones de los varones. Ella, una
vez más, es lugar donde se pone a prueba la fuerza y el poder del varón.
En “Presencia” y Cuando entonces, como en “Bienvenido,
Bob”, los personajes femeninos son mediadores u objetos de intercambios entre
los personajes masculinos. Si en “Bienvenido, Bob”, Inés es presentada
discretamente en el texto, María José en “Presencia”, y Magda en Cuando entonces son sujetos de conversación,
investigación y especulación de los varones.
El relato “Presencia”
narra la invención y el juego del narrador Jorge Malabia, de rescatar
imaginariamente a María José --ausente y presa en Santa María--, a través de
una investigación detectivesca. Aquí, como en la novela Cuando entonces, el espacio homosocial está vinculado a elementos
de la novela policial siendo este género típicamente masculino.[3] En ambos
textos se cuenta una historia sobre la desaparición de una mujer y de una
búsqueda ilusoria que no intenta rescatarla sino inventarla a través de una
colaboración mutua y de pactos masculinos.
Elemento esencial del
espacio homosocial de ambos textos es el tráfico de los sujetos (objetos)
femeninos por parte de los sujetos masculinos. Los sujetos masculinos llevan a
cabo entre ellos, transacciones de poder, pactos verbales o de carácter
económico que son característicos del sistema patriarcal. Al respecto, aunque
en otro contexto más amplio, Gayle Rubin ha comentado que la heterosexualidad patriarcal
se ve sobretodo en "el tráfico de mujeres", es decir, en la
concepción de las mujeres como propiedad intercambiable y como mero conducto de
relaciones entre hombres.
Por su parte, Luce
Irigaray en "When the Goods Get Together" apunta que la homosexualidad
es la ley que regula el orden sociocultural. Mientras que la heterosexualidad
tiene que ver con la distribución de roles en ese economía. En este entramado
patriarcal, la sexualidad femenina se define a partir de la masculina --como es
el caso de la teoría de Freud-- y es central a la configuración del sistema de
géneros sexuales. Dentro de ese sistema, la mujer aprende a ausentarse y a
manipular su poder sexual desde detrás del escenario, es decir, aprende a usar
sus atributos para conseguir lo que desea. Así, el espacio homosocial está
lleno de significados culturales y en estos, el hombre es productor mientras
que la mujer está excluída de ese sistema.
En “Presencia” y Cuando entonces, el espacio homosocial
se da a nivel de la creación de la historia y la narración es el resultado de
transacciones masculinas. En estos textos los personajes masculinos crean sus
historias e intercambian, entre ellos, las historias creadas sobre los
personajes femeninos, siempre ausentes. Las mujeres aparecen como meros objetos
que reiteran el pacto y la alianza entre los hombres dentro de las coordenadas
homosociales. María José en el relato “Presencia” y Magda en la novela, son
lugares imaginarios que se caracterizan por el exceso y la exageración. En
estos, como es común en el universo de Onetti, los personajes masculinos
anteponen la transacción narrativa a la relación sexual. El placer de los
sujetos (masculinos) viene de la fabulación de historias entre ellos, sobre
ellas y del intercambio de estas historias entre sí. Lo que prevalece es la
camaradería o la rivalidad entre los hombres, elementos centrales del espacio
homosocial.
En “Presencia” y Cuando entonces, una vez más, la narrativa
surge y se da como una transacción masculina. La novela comienza con una
conversación entre hombres, quienes recuerdan o evocan a una figura femenina a
quien aman o desean. O también, el narrador masculino -en un claro gesto
especular-- observa, evoca o recrea a un personaje femenino.
En la producción de Onetti hay una relación
entre deseo masculino y narrativa como ya han apuntado varios críticos. Todos
los narradores onettianos son masculinos, mientras que los objetos de la
narración son sujetos (objetos) femeninos. El papel de las mujeres onettianas
es marcar una diferencia, y esa diferencia apoya la identidad (masculina) y el
poder masculino como ha señalado Mark Millington (358-359). Así, el valor
(valor paradójico, por supuesto, y que responde a construcciones patriarcales)
de las mujeres radica en la función que ellas cumplen para los hombres, ya sea
ésta en términos de la producción narrativa o la gratificación sexual de los
personajes masculinos. [5]
En Cuando entonces y "Presencia",
la ficción se origina en la apropiación (especular) imaginaria del sujeto
femenino (visto como objeto) y de la ausencia del mismo.[6] En
"Presencia" se inscribe el juego de ausencia/presencia del personaje
femenino. La narrativa es una transacción masculina que se da entre Malabia y
el detective; aquél le paga a éste (el detective) para que le invente una
historia (sobre María José), la cual el narrador terminará creyendo.
La narrativa tematiza
la búsqueda que el narrador lleva a cabo del personaje femenino. Ella se
presenta como un enigma, una ausencia que se hace presente por la fabricación
de los personajes masculinos (Jorge Malabia y el detective Tubor). Así, María
José es un objeto de la imaginación y producto de la camaradería masculina.
Aquí, como en tantos otros textos de Onetti, los personajes femeninos son un
lugar especular, son la otredad masculina.
Las transacciones
económicas son un elemento importante del espacio homosocial en “Presencia” y Cuando entonces. El narrador, quien
recibe dinero del cierre del periódico El
Liberal decide gastarse lo recibido en María José. Las distintas
transacciones económicas que llevan a cabo el narrador y el detective Tudor
subrayan el poder de los sujetos masculinos y la exclusión de las mujeres de la
esfera donde son tomadas las decisiones a la vez que enfatiza el carácter de
mercancía que ellas tienen en el espacio homosocial.[7] Como ha subrayado
Irigaray, las mujeres en el pacto homosocial, no pueden venderse ellas solas
sin la mediación del hombre.
En esa configuración de la otredad, en la
narrativa de Onetti, como ha sido característico en los discursos literarios,
artísticos y culturales, la negación de la sexualidad femenina es esencial. Es
contradictorio que a la mujer se le presente como objeto sexual y que a la vez
se le niegue la capacidad de actuar para satisfacer ese deseo, el cual es
prerrogativa del sujeto masculino. Esto es: el cuerpo femenino se objetiva y es
lugar de origen de la productividad narrativa (porque los personajes comienzan
a ficcionalizar sus mundos a partir de la relación con las mujeres) o del
placer sexual y visual para el hombre.
La novela repite
muchos lugares comunes de la representación de lo masculino y lo femenino de su
narrativa. La prostituta Magda es personaje central de esta novela de intrigas
y que reproduce los bajos fondos de sus obras anteriores. Por su parte, Magda,
como las prostitutas y las otras mujeres del bar, es vista como objeto de
consumo y depende de los hombres que operan como sus guardianes. La narración
requiere la negación de la mujer y en última instancia, su muerte. La mujer es
el objeto—ella es el otro. A través de la lectura se intenta ver al personaje
femenino y hacer suposiciones sobre el desenlace pero el final de la novela
desvía nuestras expectativas: Magda muere.
En el pacto
homosocial de la novela aparecen varios sujetos masculinos que presentan
distintos grados de masculinidad: el militar representa la hipermasculinidad
aunque socavada por la ambigüedad de su representación; la del coro de hombres
que funcionan como espectadores en el bar y el Lampiño y Cayetano. Muchas
interrogantes se crean sobre Magda y su amante el militar sin nombre quien
encarna al estereotipo del macho y la hipermasculinidad. Sin embargo, por medio
de la ambigüedad de su configuración, Onetti da una vuelta de tuerca a ese
aspecto de la construcción de la masculinidad y la socava. Ya Millington ha
analizado el carácter confuso de la identidad de este personaje.[8] En él se da
cierta confusión en cuanto al título militar que posee: en ciertos momentos se
le llama comandante y en otros, capitán. Al narrador cambiar los títulos
militares se especula con la cantidad de poder y autoridad del personaje. Se
diluyen y cuestionan las líneas divisorias de estos rangos y estratos de
autoridad respectivamente. Ese no es el único aspecto de confusión relativo a
este personaje sino que tampoco queda clara la condición racial del mismo. El
narrador apunta su hibridez racial diciendo que "no es negro ni
mestizo". Aún más, hay un contraste interesante: la cara del hombre es
oscura pero su cuerpo es "blanco como el de una señorita inglesa". El
que el cuerpo sea como el de una “señorita” apunta a una delicadeza y debilidad
que no se espera en alguien de su oficio. Esta estrategia de ambigüedad es
coincidente con la usada por Onetti en otras obras para socavar las certezas y
desestabilizar los significados narrativos.
La heterogeneidad de
los narradores varones enfatiza la solidaridad entre ellos y la narrativa como
pacto masculinista. La cadena de narradores está unida por los distintos
fragmentos. Lo que los une es el recuerdo del deseo. Los varios narradores,
todos ellos varones, usan la forma de primera persona singular. En el capítulo
I hay un narrador ajeno; en el segundo capítulo el narrador es Lamas (personaje
central de la novela); en el tercer capítulo es Pastor de la Peña. Y Lamas
vuelve a narrar el cuarto capítulo. A diferencia de “Presencia” donde el
narrador y el detective Tubor fabrican una historia conjunta sobre María José, en
Cuando entonces los personajes
masculinos inventan una historia sobre Magda y el militar. Magda es una fuerza
que atrae a los hombres y que tiene un poder subyugador sobre ellos: "Me
escapé de Magda. Traición canalla” (24). La novela culmina con la desaparición
y muerte de ella.
En esta novela los narradores elaboran
ficciones en torno a la vida y a la relación de Magda y el militar. Una vez
más, el bar es el lugar de encuentro de los personajes masculinos y de
confesiones que articulan las historias.
En
"Presencia" y en Cuando
entonces se da una afinidad y colaboración entre hombres para crear un
producto narrativo. El escuchar las historias les produce un placer similar al
sexual, como apunta Lamas en el capítulo dos: “Yo estaba alegre, deseoso pero
muy contenido, con la defensa de una gran curiosidad que me obligaba a escuchar
provocando, con movimientos afirmativos de la cabeza, más palabras, más
confesión, y disfrutando con todo lo que oía casi como un gozo sexual” (Cuando entonces 46).
En Cuando entonces, como en “Bienvenido,
Bob”, se puede hablar de un elemento homoerótico presentado no sólo en la
conformación del Lampiño, personaje ambiguo y algo andrógino y del homosexual
Cayetano sino también en el erotismo de las historias que se crean en torno al
comandante o capitán amante de Magda y de ella. El deseo en la novela tiene un
carácter mimético que contagia a los personajes masculinos. La muerte final de
Magda, como la pérdida de María José en “Presencia” es condición para mantener
la alianza homosocial. En los relatos y en la novela el sujeto femenino
desaparece, se muere o se desvanece al final, confirmando así la supremacía de
los vínculos masculinos.
Notas
[1]. Hago constar mi agradecimiento a la
institución de PSC-CUNY por otorgarme una beca para completar éste y otros
proyectos durante el año 2005-2006.
[2].
Heidi Hartmann, "The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism: Towards a
More Progressive Union", en Sargent,
Women and Revolution, ver p. 14.
[3]. El género policial ha sido tradicionalmente
trabajado por escritores varones. Algunas escritoras han hecho lecturas
paródicas del mismo. Un ejemplo de esto es el relato “Caso omiso” de Ana Lydia
Vega. Más recientemente la escritora cubana María Elena Cruz Varela en su
novela histórica La hija de Cuba usa elementos de la novela policial.
[4]. Esto también se ve en “La cara de la
desgracia” donde la conexión afectiva se da entre el narrador y Julián. La
relación del narrador y de la muchacha es meramente sexual.
[5]. Un ejemplo paradigmático se encuentra en La vida breve.
[6]. Uno de los ejemplos más claros de la
relación de narrativa y apropiación del cuerpo femenino en el corpus de Onetti
es la novela Para una tumba sin nombre
en donde los personajes masculinos inventan y subvierten distintas versiones
sobre Rita que aparece como un lugar vacío para la elaboración narrativa de las
subjetividades masculinas.
[7]. El narrador le paga 5,000 pesetas al
detective para que invente a María José. El detective le paga al del bar 1,000
pesetas; el detective le paga a su vez al guardián de turno 5 duros por usar la
máquina de escribir.
[8]. Ver “Ambivalence and Desire in Cuando
entonces”.
Obras citadas
Irigaray,
Luce. This Sex Which is Not One. Traducción de Catherine Porter y Carolyn Burke.
Maloof,
Judy. Over Her Dead Body: The
Construction of Male Subjectivity in Onetti.
Millington,
Mark. “Masculinity and the Fight for in Onetti’s `Jacob y el otro’.” Bulletin of Hispanic Studies. LXIX,
1992, Págs. 357-368.
________________.
“Ambivalence and Desire in Cuando
entonces.” Antípodas: Journal of
Hispanic Studies of the
Onetti, Juan Carlos. Obras Completas. Madrid: Ediciones Aguilar, 1979.
_______________. Cuentos Completos. Madrid: Alfaguara, 1994.
_______________ Cuando entonces. Madrid: Mondadori España, 1987.
Sedgwick,
Eve Kosofsky. Between Men: English
Literature and Male Homosocial Desire.
Rubin,
Gayle. “The Traffic of Women: Notes on the Political Economy of Sex” en Toward an Anthropology of Women,
edited by Rayne R. Reiter.
![]()