La isla revolucionaria: El
dilema de la identidad cubana en Fresa y
chocolate y La nada cotidiana.
María de la Cinta Ramblado
Minero
Universidad
de Limerick, Irlanda
Las
dos obras que ocupan las páginas de este estudio parecen ser completamente
dispares en su tratamiento de la identidad cubana a pesar de su relativa
contemporaneidad. La nada cotidiana de
Zoé Valdés aparece en 1995, y la película Fresa
y chocolate de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío es distribuida en
1993 por el ICAIC (Instituto Cubano de Industria y Artes Cinematográficos). La
novela de Valdés trata de una mujer, Patria/Yocandra, nacida con la Revolución
en 1959 y de su desarrollo individual en interacción con su entorno, marcado
por la Revolución y por el Periodo Especial.
La novela narra la historia de una hija de la Revolución (de la Nuez
58), ahogada por el peso del sueño revolucionario en su vida adulta. Fresa y chocolate es la adaptación
cinematográfica de la novela corta El
lobo, el bosque y el hombre nuevo (1990) de Senel Paz, que escribió el
guión de la película. La cinta trata del
encuentro entre Diego, homosexual humanista, y David, joven revolucionario y
sobre la relación dialéctica entre ambos personajes y lo que representan en la
década de los setenta, unos años profundamente marcados por la represión de la
homosexualidad y de las actividades contrarrevolucionarias.[i]
Lo que nos interesa de estas dos obras es cómo problematizan y exploran la
identidad cubana desde dos puntos de vista aparentemente distintos pero
marcados por el cuestionamiento de una serie de factores esenciales en la
construcción de dicha identidad, el cuestionamiento de la relación entre la
identidad cubana, o cubanidad, y la ideología que produce dicha identidad.
En
este sentido, es imprescindible recordar que la cubanía como tal aparece antes
de la Revolución de 1959 y está fundamentalmente destinada a explorar y
encontrar una identidad cubana que refleje su singularidad cultural, mezcla de
etnias y herencias culturales diversas. El momento clave en esta búsqueda
pre-revolucionaria es 1898, cuando Cuba consigue su independencia de España. La
búsqueda de una identidad cubana, de la cubanidad, está por supuesto
íntimamente unida al discurso nacionalista cubano de finales del siglo XVIII y
del siglo XIX. De hecho, el discurso
nacionalista cubano se desarrolla no solamente a nivel político sino también a
nivel artístico, concretamente literario, y de este modo se puede afirmar que
“la literatura cubana es una parte integral de los procesos sociopolíticos que
tienen lugar durante la fase formativa del movimiento nacionalista cubano”
(Llorens 7). En este aspecto, es también
útil usar el término “cubanidad” para referirnos a esta identidad cubana
pre-revolucionaria en contraposición a la “cubanía” usada en círculos
anglosajones para referirse también a la identidad nacional cubana, pero
fundamentalmente después de la Revolución.
En el primer caso, la cubanidad se expresa en términos de esencia o alma
para referirse a “algo formidable en Cuba que no muere y que España no debe
empeñarse en matar” (Sanguily 1926 en Llorens 7). Esta “esencia cubana” estaría caracterizada
por su multiculturalidad y su independencia de la identidad española. Esto puede verse claramente en la aceptación
de la Santería, y, de manera más singular y universalmente conocida, en el
trabajo de Alejo Carpentier antes de la Revolución y su exploración de lo real
maravilloso latinoamericano. Sin
embargo, entre la noción de cubanidad que se origina en el movimiento
nacionalista e independentista cubano y la cubanía de la Revolución, es
necesario hacer otra parada en la cubanidad tal y como la concibe José Lezama
Lima. Para Lezama Lima, la cubanidad es “el producto de una serie de
eventualidades históricas” (Llorens 9) y está caracterizada por la interacción
con el mundo exterior; por tanto, su concepto de la cubanidad se basa no
solamente en la realidad autóctona sino también en el intercambio cultural
ocasionado por el colonialismo español y todas sus consecuencias
(fundamentalmente, en este caso, la influencia de la lengua y la tradición
cultural española y la llegada de esclavos africanos) y por la relación de
cuasi-dependencia de Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX.
Con
el triunfo de la Revolución en 1959, la redefinición de la identidad cubana se
convierte en parte esencial del proyecto político y cultural. Esta redefinición se va a hacer en términos
de singularidad e insularidad cubana, y, como respuesta a la presión externa,
se rechazarán muchas influencias internacionales debido a su carácter
antirrevolucionario. Esto no quiere
decir que el proyecto nacionalista de la Revolución sea completamente nocivo
para la cultura cubana. Gracias a la
Revolución se crean una serie de instituciones que fomentan las artes cubanas y
que son en parte responsables de la calidad de la literatura y cine cubanos de
la segunda mitad del siglo XX. Me
refiero al ICAIC y también a la Casa de las Américas, ambos fundados en 1959, y
a la Unión de Artistas y Escritores Cubanos (UNEAC) fundada por Nicolás Guillén
en 1961. Gracias al ICAIC, se comenzó a
producir un cine cubano de alta calidad que se desarrolló con los tiempos y que
ha conseguido ganarse un espacio crítico dentro de la cultura
revolucionaria. El cine experimental, el
neorrealismo y el cine social son varias de las etapas por las que ha pasado el
cine cubano, en curiosa consonancia con la obra de uno de los directores que nos
ocupa, Gutiérrez Alea. La Casa de las
Américas se convirtió en los años 60 en el gran mecenas y propagador de la
literatura latinoamericana y el UNEAC ha concentrado sus esfuerzos desde su
fundación en el apoyo y desarrollo de la literatura y las otras artes. Entonces, podemos preguntarnos cuál es el
problema. El problema como tal comienza
a materializarse a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín y el colapso
del bloque del Este. Las consecuencias
de este cambio político son inmensas para Cuba, pues cesa el apoyo económico de
la antigua Unión Soviética, y el bloqueo estadounidense se hace más
severo. Este cambio ocasiona un colapso
de la economía cubana, y la escasez de artículos de primera necesidad convierte
la búsqueda de los mismos en una odisea cotidiana. Otro de los efectos que tiene el fin de la
Guerra Fría es la nueva modificación de la ideología del Partido con respecto a
la identidad cubana. En este momento se
puede decir que la identidad cubana se mantiene basada en la cubanidad, y la
nueva cubanía se aferra al sueño utópico de la Revolución, un sueño que para
muchos comienza a convertirse en una pesadilla.
Asimismo, la cubanidad defendida por el Estado parece cimentarse en la
construcción de una ideología por defecto, lo cual ya se había desarrollado
durante la luna de miel revolucionaria, pero que ahora se refuerza por la falta
de apoyo político y económico del comunismo de la Europa del Este, que había
proporcionado la base ideológica de la Revolución como contrapunto al
imperialismo y el capitalismo de Occidente (representado fundamentalmente por
Estados Unidos). De esta manera, el ser
cubano se define en términos de “no ser yanqui,” “de no ser capitalista,” pero,
y aquí comienza el conflicto mencionado al principio, para muchos cubanos es
difícil definirse como comunistas y revolucionarios. Y es precisamente este conflicto entre el ser
cubano y el ser revolucionario, entre la cubanidad y la ideología
revolucionaria cubana (o cubanía), el que, en mi opinión, constituye el núcleo
de La nada cotidiana de Zoé Valdés y Fresa y chocolate de Tomás Gutiérrez
Alea.
Aunque
la obra de Zoé Valdés ha sido clasificada por muchos investigadores como una
obra puramente crítica de Cuba y la Revolución, los diferentes entendimientos
de la cubanía o, como se considera en nuestro caso, la diferencia entre la
cubanidad y la cubanía son muy útiles para entender la naturaleza y el
significado de La nada cotidiana desde
una nueva perspectiva que es constante en otras obras contemporáneas a la suya,
tanto literarias como fílmicas, producidas dentro y fuera de la Isla.
Por
su parte, la película Fresa y chocolate
de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío (1993) nos ofrece una visión en la
que también hay un conflicto, pero esta vez dialogante, entre la cubanía como
proyecto político (o la cubanidad revolucionaria) y la cubanía como proyecto
cultural (o cubanidad a secas). Sin
embargo, si bien en La nada cotidiana
el proyecto utópico de Cuba se convierte en contra-utópico, en Fresa y chocolate, hay una defensa de
este proyecto y de sus futuras expectativas.[ii]
Para
comprender en su totalidad la relevancia de este conflicto en las dos obras
mencionadas es necesario analizar el contexto histórico en el que se
desarrollan ambas obras. En el caso de
Valdés, el periodo en el que se sitúa la historia del libro es el Periodo
Especial, la primera mitad de la década de los noventa. En Fresa
y chocolate, la acción se sitúa en los años setenta, aunque se puede
percibir cierta proyección temporal, grandemente justificada, pues muchas de
las preocupaciones que afectan a los personajes de la novela de Valdés en lo
que se refiere a la situación económica también se refleja en la película, la
cual se hace eco de esta manera de la situación de Cuba en el momento del
rodaje de la cinta.[iii] En este aspecto, hay una serie de alusiones
históricas, bien directas o indirectas, en ambas producciones que reflejan el
contexto cubano de los textos tanto en sí mismos como de manera
extratextual. En La nada cotidiana hay referencias constantes al Periodo Especial y
a la trayectoria de la Revolución desde su triunfo en 1959 hasta los noventa;
en Fresa y chocolate, la persecución
de la homosexualidad y las actividades contrarrevolucionarias es intrínseca a
la trama del film. Con todo esto, el
escenario de ambas historias nos ofrece las bases para la exploración del
conflicto entre la cubanidad y la cubanía tal y como lo perciben los diferentes
personajes.
Uno de los elementos que
tienen en común ambas obras es la aparición de una serie de características que
parecen considerarse dentro del texto como representativas de la cubanidad,
tanto pre- como post-revolucionaria.
Algunos de estos rasgos encuentran sus orígenes en la cubanía del siglo
XIX, pues están basados en la singularidad del carácter cubano tal y como fue
defendido por la élite intelectual y política decimonónica. Los temas fundamentales que encontramos tanto
en La nada cotidiana como en Fresa y chocolate y que apuntan al
conflicto con la ideología de la Revolución son: la santería, la herencia
étnica africana y la homosexualidad.
La
santería es una práctica muy extendida entre la población cubana –por ejemplo,
la misma Zoé Valdés parece ser practicante según evidencia una de las imágenes
en su página de Internet (http://www.geocities.com/zoevaldes/fotos.html). En esta imagen, Valdés aparece vestida de
iniciada, identificada además por los colores de sus orishas protectores (el
ámbar de Oshún y el azul de Yemayá).
Los
orígenes de la santería se remontan a la época colonial. Es además una práctica extendida por todo el
Caribe y otras zonas del continente americano y que tiende a asociarse a la
clase trabajadora debido a sus orígenes en la esclavitud. El nacimiento de la santería es claramente
resumido por Carlos Uxó en su artículo “La Santería cubana en Fresa y chocolate”:
Una vez en Cuba, [los
esclavos africanos] pasaban a ser propiedad de un señor que les prohibía
cualquier tipo de rito relacionado con las religiones por ellos practicadas
antes de ser apresados, forzándoles, por el contrario, a tomar parte en las
misas y los rezos prescritos por la religión católica. Esta situación obligó a los esclavos a
desarrollar una treta tan simple como efectiva: otorgar el nombre de un santo
católico a cada una de las divinidades de su religión, de modo que cuando el
señor o el capataz de la plantación donde trabajaban se acercaban para
cerciorarse del catolicismo de sus esclavos, se encontraban con una
congregación que rezaba a Santa Bárbara, San Juan o San Antonio, sin llegar a
darse cuenta de que, en realidad, los rezos se dirigían, respectivamente, a
Changó, Osún o Elegguá, las divinidades africanas asociadas a estos
santos. Lo que sí llamó la atención a
los esclavistas fue la cantidad de santos venerados por los esclavos, así como
el fervor que profesaban a algunos de ellos, normalmente muy por encima de la
atención que recibía el propio Jesucristo; de ahí nació la palabra “santería,”
con la que se hacía referencia despectivamente al culto excesivo hacia un
número muy elevado de santos. (248-9)
Con el tiempo, este
enmascaramiento se convirtió en algo cotidiano y vino a formar parte de la
práctica religiosa cubana (y caribeña), asociándose fundamentalmente con los
descendientes de esclavos, pero que después se extendió por los diferentes
grupos sociales. De esta manera se
admite que “ya no sólo la practican los viejos negros descendientes de
esclavos, sino que también lo hacen personas de otras razas y dentro de ellas
infinidad de jóvenes” (Pérez Medina 33).
Tanto
en La nada cotidiana como en Fresa y chocolate, los personajes hacen
clara práctica de la santería. En la
novela de Valdés, la protagonista, Patria/Yocandra y sus amigos la Gusana y el
Lince hacen varias referencias a la invocación de sus orishas (deidades protectoras). Un ejemplo claro aparece en la página 138:
“El Lince movió cielo y tierra apoyado por sus orishas, Elegguá y Obbatalá […]
Mis orishas también me orientaron, e hice lo que en casos como éstos hacen
ellas, la santísima Oshún y la
maternal Yemayá” (La nada 138). También hay en el texto una referencia a
Babalú Ayé que muestra el carácter yuxtaposicional de la santería: “¡ay, San
Lázaro bendito, mi Babalú Ayé!” (141). A
lo largo de la novela, aunque las referencias no son muy abundantes, se puede
ver que la santería es concebida como práctica religiosa independiente que es
parte del día a día de los personajes.
En Fresa y chocolate, Diego y Nancy son practicantes asiduos de la santería. Ambos personajes tienen altares dedicados a una deidad cristiana (y simultáneamente Yoruba), la Virgen de la Caridad del Cobre –Ochún/Oshún– en el caso de Diego, y Santa Bárbara (Shangó o Changó) en el caso de Nancy. Además, Diego hace referencias a los orishas y conversa a menudo con Ochún/Oshún, pidiéndole que le garantice una buena relación con David. En este caso, es también claro que la santería ocupa un lugar central en la vida de Diego y Nancy. Lo que es interesante en este sentido es que la santería no aparece como una práctica antirrevolucionaria en ninguna de las dos obras. De hecho, aparece como expresión de la identidad cubana y no parece recibir atención política. Esto puede ser debido a sus orígenes en la esclavitud y en la clase obrera, concibiéndose como “la religión de los oprimidos” (Uxó 257), a los rumores que existen de que Fidel Castro mismo es un iniciado y el elegido por los orishas,[iv] y a que la situación de la Isla durante el Periodo Especial bien valía un ebbó para mejorar.[v]
El
racismo expresado por varios personajes en las dos obras que nos ocupan nos
hace cuestionarnos por un lado los verdaderos objetivos de igualdad de la
Revolución y por otro, la representación que se hace de los personajes que
encarnan el conflicto entre la cubanidad a secas y la cubanidad revolucionaria.
En el caso de La nada cotidiana, el padre
de la protagonista, Patria/Yocandra es presentado como un revolucionario
convencido, racista y homófobo. En Fresa y chocolate, es Diego el que
aparece representado como un personaje aparentemente racista, lo cual puede
contribuir a su caracterización como personaje supuestamente
antirrevolucionario y burgués, la cual es enfatizada a lo largo de la película
hasta que se le da la oportunidad de explicar su conflicto interior con la
política del Partido.
En
ambos casos, la figura del “Negro” aparece de manera estereotipada, pero
claramente informada por la ironía de los narradores. En el caso de Valdés, el “Negro” aparece como
pretexto para denunciar el racismo del padre de Patria/Yocandra, que aun siendo
revolucionario, es racista. Cree en la
igualdad teórica pero no personal, pues no puede concebir la idea de que su
hija tenga relaciones con un afrocubano: “lo último que le podía pasar a él y a
su familia, el golpe mortal, era enterarse de que su hija templaba con un
negro” (La nada 42). En el caso de Fresa y chocolate, Diego ofrece una perspectiva muy interesante e
irónica en su primera conversación con David en la guarida. A la pregunta de David sobre su presunto
racismo, Diego responde:
Diego: ¿Racista yo, niño? Yo
sé muy bien lo que vale un negro. Pero
no son para tomar té; es una lástima.
Das un pestañazo y ¡zas!
Desapareció el negro y la porcelana de Cebres.
El hecho de que Diego prefiera
beber té a café, la bebida de los esclavos, en porcelana de alta calidad puede
percibirse a primera vista como una crítica de su propio comportamiento
burgués. Sin embargo, y en el contexto
de la película, esta conversación con David nos ofrece las bases para la
relación entre ambos, en la que Diego va a cuestionar la “verdad absoluta” de
la Revolución en la que David cree ciegamente.
La actitud de Diego, a mi modo de ver, no es una expresión directa de su
ideología burguesa sino que está dirigida a ampliar los horizontes y el
conocimiento de David mediante el cuestionamiento de la ideología del régimen,
la cual Diego sigue estrictamente como buen miembro de las Juventudes
Socialistas. Así, Diego, en su
conversación sobre el racismo, informará a David del origen multi-étnico de la
población cubana: “Tú y yo venimos de España.
Esos ojos gitanos no vinieron de Nigeria ni de Senegal. Los trajo tu
abuelo de Andalucía, mi amor.”
En
cuanto a la homofobia, hay una crítica explícita de la discriminación de los
homosexuales por parte de la Revolución en La
nada cotidiana, una vez más en la figura del padre de Patria/Yocandra, el
cual destruye las esculturas de un artista cubano exiliado en Miami cuando toma
posesión de la casa. Su violenta
destrucción de las esculturas de cuerpos masculinos desnudos es acompañada de
las palabras “¡Escultor ni escultor, tremendo mariconzón, bugarrón de mierda!”
(84).
En
Fresa y chocolate, la homofobia del
partido se contextualiza a través de la relación entre Diego y David. En este punto es necesario volver a la
caracterización que se hace de Diego como “la loca,” homosexual amanerado,
frívolo a primera vista, al que David rechaza en su primer encuentro debido a
su orientación. David representa la
postura de la Revolución con respecto a la homosexualidad, claramente basada en
la ideología marxista, para la cual la homosexualidad es una enfermedad que
debe y puede curarse. De hecho, durante
los años 70, la política del Partido frente a los homosexuales se caracterizó
por la intolerancia, la represión y el internamiento de éstos en campos de
trabajo para su rehabilitación (Strausfeld 13-4). Aunque en la película no se hace una revisión
tan extrema, sí se observa claramente la intolerancia machista de la Revolución
en el destino final de Diego, que será expulsado de la Isla. Sin embargo, el ejemplo más claro del
conflicto entre las ideologías que nos ocupan se encuentra en el fragmento en
el que Diego, ofuscado por el concepto de la homosexualidad que tiene David,
expresa su verdadera identidad cubana, una identidad basada en una manera de
entender la cubanidad que no se corresponde con la cubanía del partido, aquí
representada por su interlocutor:
Diego: ¿Quién te dijo a
ti que yo no soy revolucionario? Yo
también tuve ilusiones, David. A los
catorce años, me fui a alfabetizar, porque yo quise; me fui para las lomas a
recoger café, quise estudiar para maestro, y ¿qué pasó? Que esto es una cabeza pensante y ustedes al
que no dice que sí a todo en seguida lo miran mal y lo quieren apartar.
David: ¿Pero qué ideas
diferentes son las que tú tienes? Eso es
lo que yo quiero saber. ¿Montar esas
exposiciones con esas cosas horribles?
Diego: ¿Y
qué defiendes tú, chico?
David: Yo
defiendo este país.
Diego: Yo también. Que la gente sepa que es lo que tiene de
bueno. Yo no quiero que vengan los americanos
ni nadie a decirnos aquí lo que tenemos que hacer.
David: ¿Pero tú no te das
cuentas que con todas esas monerías que tú haces nadie te puede tomar en
serio? Tú te has leído todos esos
libros, ¿verdad? Pero nada más que
piensas en macho.
Diego: Yo pienso en macho
cuando hay que pensar en macho, como tú en mujeres. A mi, para dejarme pasar fingen que soy un
enfermo o un anormal, y no lo soy, ¡coño, no lo soy! Ríanse, yo también me río de ustedes. Formo parte de este país, aunque no les
guste, y tengo derecho a hacer cosas por el.
De aquí no me voy a ir aunque me den candela por el culo. Sin mi, coño,
les faltaría un pedazo. ¡Para que te
enteres, comemierda!
No obstante, la ruptura final no
tiene consecuencias definitivas, pues David volverá, ya que la autodefensa de
Diego le permite entender una perspectiva alternativa. Esta apertura de ideas, que representa la
clara evolución del personaje de David, se observa explícitamente en una de las
últimas escenas de la película. En esta
escena, David y Diego vuelven a la heladería Copelia, pero, de manera muy
representativa, el diálogo inicial del primer encuentro entre los dos
personajes, se invierte, y es David el que encuentra la fresa:
David: Es
lo único bueno que hacen en este país. ¡Uy, una fresa! Hoy es mi día de suerte.
¿Quién quiere?
Diego: Qué
bello eres, David. El único defecto que tienes es que no eres maricón.
David:
Nadie es perfecto.
A simple vista, podríamos
considerar que esta inversión de roles en el diálogo tiene simplemente una intención
cómica y emotiva, pero si al principio del largometraje es Diego el que
encuentra “la fresa,” el hecho de que David se apropie de sus palabras es un
claro exponente de su entendimiento y apreciación de lo que Diego representa. Asimismo al admitir su “imperfección” por no
ser homosexual, ofrece una clara muestra de su afecto por Diego como individuo
y de su respeto por la ideología representada por el mismo.
Con
todo, todos estos elementos mencionados aparecen en ambas obras para
representar ese conflicto existente entre la identidad cubana y la ideología
revolucionaria en la Isla, un conflicto que se resuelve, o no, de maneras
distintas en ambas obras. La resolución
final de este conflicto de identidad puede interpretarse a la luz de la relación
de exclusión entre la utopía y la nostalgia. El desarrollo de este argumento
que da fin a este trabajo está inspirado por las ideas expuestas por Rafaella
Baccolini en su conferencia titulada “Finding Utopia in Dystopia: Feminism,
Memory, and Hope,” dentro del ciclo Utopia
Method Vision del Ralahine Centre for
Utopian Studies de la Universidad de Limerick. La diferencia fundamental entre la utopía y
la nostalgia está basada en el objeto de su deseo. Si bien para la utopía el objeto de deseo es
un futuro mejor, el objeto de la nostalgia es un pasado mejor. Como Baccolini
establece, la diferencia radica en que el objeto de deseo de la nostalgia es el
“nunca más,” mientras que para la utopía es el “todavía no.”
Tanto
en La nada cotidiana como en Fresa y chocolate observamos un claro
conflicto entre la identidad cubana percibida por los personajes y la identidad
cubana impuesta o al menos distribuida por la ideología dominante. En el caso de la novela de Zoé Valdés vemos
este conflicto en la misma protagonista, que cambia su nombre de Patria a
Yocandra, una vez que identifica sus claras diferencias con su padre, símbolo
de la Revolución. A lo largo de la
novela, vemos que Yocandra, hija de la utopía, nacida con la Revolución en
1959, se siente desilusionada con ese proyecto único e ideal de la Cuba de
Castro. A medida que avanza la narración vemos cómo la Revolución se ha
convertido para la protagonista en una pesadilla, marcada por la desilusión y
la escasez del Periodo Especial. Pero en ésta, su primera novela, la crítica
realizada por la escritora no es completamente negativa en el sentido de culpar
a la Revolución de todos los males de Cuba. De hecho, para Yocandra, la
Revolución fue un intento de crear un futuro mejor, de “construir el paraíso”
(Valdés 15). Sin embargo, la utopía inicial, debido a la presión tanto exterior
como interior se a convertido en una contra-utopía, en un infierno. Sin embargo, Yocandra, y la misma Valdés,
siguen marcadas por “el síndrome del cubano, de la jodida nostalgia” (124), la
nostalgia por algo que ya no existe, por algo que desapareció o que quizás
nunca existió. La nostalgia por esta
realidad inexistente, por esta ficción personal aparece claramente descrita al
final de la novela: “Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos.
Y de tan grande se aplastó bajo su propio peso” (170). Esta nostalgia por el pasado, por esa “nada
que nos espera … Una nada enternecedora” (17) parece ser típica de la actitud
de los cubanos fuera de Cuba, como puede observarse en la conclusión al filme Cosas que dejé en La Habana (1997),
crónica de experiencias cubanas en Madrid, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón
y con guión, una vez más, de Senel Paz.
En esta escena, Nena, una de las protagonistas, interpreta a una cubana
en el exilio en una obra de teatro escrita y dirigida por un compatriota. Dicha obra presenta grandes similitudes con
la obra de Valdés, y en su última escena, la protagonista descubre la
irrealidad de su sueño:
-
Hubo una ciudad llamada La Habana, pero ya tú no
vives en La Habana porque La Habana no existe.
Tú estás sola en este salón, en medio de fantasmas y de gente
desconocida.
Nena: Pero seguro
que alguno de ustedes viene de La Habana.
[…]
-
Hubo una ciudad llamada La Habana. Una mañana al amanecer, La Habana desapareció
en el mar.
-
Nena: No, quien ha desaparecido he sido yo. La Habana sigue allí, con sus niños y sus
fantasmas. […] ¿La Habana no existe? ¿Yo
la inventé? […] Hubo una ciudad llamada La Habana. Será el infierno, pero es mío.
Esta invención, esta ficción personal es el
objeto de deseo de la nostalgia cubana y se traduce en una conclusión
contra-utópica al conflicto entre los diferentes modos de entender la
cubanidad. Para Yocandra, la protagonista de La nada cotidiana, no hay posible solución, solamente la
supervivencia: “Poseemos un país pobre y a la vez grande, que nos cansa y nos
gusta, que nos ama y nos odia. Un país obsesionado con obtener riquezas de la
miseria. Tenemos toda la complejidad del ser humano, y no lo admitimos; del ser
cubano, y lo evadimos” (La nada
125). En cambio, en Fresa y chocolate, aunque la conclusión parece ser también
contra-utópica, una reflexión sobre el desenlace final de la película nos hace
pensar en el carácter utópico de la conclusión al conflicto. La culminación de
la relación entre Diego y David, a pesar del destino final de Diego, se concibe
como una defensa del proyecto utópico de la Revolución (Pastor 47). El final de la película representa a nivel personal
la esperanza para el futuro de Cuba. El “todavía no” de la utopía de Baccolini
se manifiesta en la emotiva conclusión a la película, donde hay un
entendimiento mutuo entre los dos personajes, físicamente representado por el
abrazo tan anhelado por Diego.
En
definitiva, asistimos a dos maneras diferentes de entender la identidad cubana
y su futuro dentro y fuera de la Isla: a través de la nostalgia por algo
perdido en el caso de Valdés y el deseo por un futuro mejor que continúe el
sueño cubano en el caso de la película de Gutiérrez Alea y Tabío. Para Valdés, las fresas no existen; para
Gutiérrez Alea, Tabío y Paz, aún hay fresas por encontrar.
Notas
[vi] Es interesante en
este aspecto recordar que Ochún/Oshún es el orisha que se relaciona con Eros,
con el erotismo y la sexualidad, elementos muy importantes en la
caracterización de los personajes de Yocandra y Diego, ambos protegidos por
este orisha.
[i] P. Kemp considera
que las décadas de los sesenta y setenta fueron un periodo en el que hubo una
fuerte represión de la homosexualidad en Cuba (32).
[ii] La famosa frase de
Fidel Castro dirigida a los intelectuales: “Dentro de la Revolución todo;
contra la Revolución nada” justifica los diferentes destinos de estas dos
obras. Mientras Fresa y chocolate recibió una gran acogida por parte del público y
la crítica cubanos, recibiendo el premio a la mejor película en el Festival de
Cine de La Habana en 1993, La nada
cotidiana, aunque publicada por primera vez en La Habana, fue condenada y
prohibida debido a su tono anti/contra-revolucionario.
[iii]
Para Anitra Nelson, “the general conditions which are highlighted in this film
(the material scarcity, political suspicion, black market and religious
sentiments) also reflect the situation in the early 1990s when the film was
made necessarily on a shoe string budget” (2).
[iv] Véase Uxó 256.
[v] Para un exhaustivo
análisis del tema de la santería en la película Fresa y chocolate, véase el artículo de Carlos Uxó citado en el
texto.
Obras Citadas
Baccolini, Rafaella. “Finding
Utopia in Dystopia: Feminism, Memory, and Hope.” Utopia
Method Vision. Seminars of the
Ralahine Centre for Utopian Studies. University of Limerick, Ireland, 4 March 2004.
de la Nuez,
Iván. La Balsa Perpetua. Soledades y Conexiones de la Cultura Cubana,
1998.
Gutiérrez
Alea, Tomas y Juan Carlos Tabío. Fresa y chocolate. La Habana: ICAIC, 1993.
Gutiérrez
Aragón, Manuel. Cosas que deje en La Habana.
Madrid: Tornasol Films y Sogetel, 1997.
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