Writing beyond the ending:
La
autoridad político-cultural y la cuestion del honor a través del sistema
sexo/género en Valor, agravio y mujer
y Fuenteovejuna.
Rubén Rodríguez-Jiménez
Texas A&M
University-Kingsville
Las obras Fuenteovejuna (1619) de Lope de Vega y Valor agravio y mujer (1628) de Ana Caro exageran los aspectos
sentimentales y patéticos haciendo que manifiesten ciertas cualidades morales
de sus respectivas épocas en cuanto al código del sistema sexo/género
utilizando el precepto del honor definido al estilo calderoniano. Sobre el honor Calderoniano, Ana Suárez
Miramón afirma en “Los tópicos se acaban leyendo” que éste no es exclusivamente de Calderón de la Barca sino más bien es
recurrente en el teatro de la época donde se evidenciaban unas normas sociales
determinadas a través de lo melodramático para así impresionar al espectador y
ejercer una catarsis al estilo de la tragedia antigua. Asimismo, Carlos Blanco
Aguinaga (et. al.) en Historia social de
la literatura española comenta que Calderón ordena, estiliza e intensifica
una visión dramática del mundo y una técnica teatral recibida de Lope, llegando
incluso a ser refundidor genial de obras lopescas como ocurre con El alcalde de Zalamea (404). En El alcalde de Zalamea (1640) Calderón
plantea la misma temática que en Fuenteovejuna. En aquella obra se presenta a un capitán que
rapta y fuerza a la hija de un labrador rico que acaba ser nombrado alcalde del
pueblo. Éste hace detener al capitán y,
como se niega a reparar su ofensa con el matrimonio, lo hace adjudicar. Un general ocupa el pueblo de Zalamea con sus
soldados y mantiene una dura controversia con el alcalde, no porque considere
que el capitán no merecía el castigo, sino porque correspondía a él–el poder
militar–aplicarlo. Finalmente el propio
rey aprueba la acción del alcalde. Por consiguiente, en este ensayo el honor
calderoniano se razona como una norma o práctica admitida tácitamente que
responde a precedentes o a costumbres de una época determinada, en este caso el
Siglo de Oro español.
En Fuenteovejuna se expone el infortunio al estilo calderoniano a
través de las injusticias del Comendador Fernán Gómez de Guzmán lo que,
consecuentemente, origina un pronunciamiento social ante la degeneración de la
autoridad política la cual necesita restaurarse. De la misma forma, el melodrama en Valor, agravio y mujer gira en torno a
la venganza de la protagonista (Leonor) ante el agravio cometido por don Juan
lo que incita a aquélla a desagraviarse retando a su agresor y restaurando la
autoridad cultural. Ahora bien, estos
desagravios y la restauración de la autoridad político-cultural se manifiestan
en las obras de maneras diferentes y específicamente a través de respectivos
finales. En Fuenteovejuna Laurencia cambia su género a través del dialecto
perspicaz y el manierismo dinámico y eficaz con que ella se enfrenta a su
agresor (el Comendador) y a la pasividad del protagonista de la obra: el
pueblo. En Valor, agravio y mujer Leonor utiliza el travestismo–esto es, ella
se transforma virtualmente de un ser femenino a uno masculino–como instrumento
primordial de desagravio. En Fuenteovejuna el desagravio se cumple
por medio de la muerte del agresor, sin embargo, el reparo del honor en Valor, agravio y mujer se lleva a cabo a
través del matrimonio, aunque la amenaza de la muerte es un elemento
importante. Estos finales de las obras
incitan a todo lector o lectora a examinar las respectivas tramas y desenlaces
de las obras para ver qué realmente es lo que advierten las mismas y sus
autores implícitos sobre la autoridad político-cultural de sus respectivas
épocas.
Es de notar que en ambas obras
los desenlaces continúan el discurso canónico sobre el sistema sexo/género
donde se reduce el concepto de honor al elemento de la castidad o virtud
femenina y restaura la autoridad política y cultural que se reta a principios
de las obras. Mientras Valor agravio y
mujer finaliza con Leonor restaurando su honor a través del matrimonio, las
últimas palabras de Laurencia en Fuenteovejuna son de adulaciones a los
Reyes (símbolos de la máxima autoridad política) ya que su honor ha sido
restaurado por el protagonista colectivo y las acciones del protagonista han
sido ratificada por los Reyes. En este
sentido ambas obras ponen a la autoridad política y cultural patriarcales de
sus respectivas épocas en el centro del texto creando así un ente omnisciente y
prepotente que domina no tan sólo a los personajes de las obras sino que
también domina a los autores y lectores implícitos de las mismas. En este sentido, los finales de las obras
ratifican la omnipresencia y prepotencia de la autoridad político-cultural en
sus desenlaces. El propósito final de
las acciones de Leonor y Laurencia es recuperar su honor y que se den por
verdaderos y ciertos a través de la autoridad político-cultural de las
obras. En este sentido ambas obras
sugieren que la mujer es un ser capaz de con grandeza pero es inferior al
hombre.
Marina S. Brownlee y Hans Ulrich
Gumbrecht observan en Cultural Authority
in Golden Age Spain que durante el Siglo de Oro existía una división
tripartita de la autoridad cultural y política donde la primera fase equipara
la autoridad política con la autoridad cultural, presentando así una
continuidad en cuanto a los mitos y la historiografía de la época. La segunda división presenta la autoridad
cultural de una manera “negativa” examinando las contradicciones en la
problemática de la autoridad cultural y política: especialmente “[. . .]
relevant here is the concept of baroque as both self-reflexive and distorting”
(intro. X) en la que se cuestionan las categorías de clase, género y raza. Y la
tercera división, conforme a los editores, presenta una problemática (en cuanto
a la construcción del individuo ideal o puro) donde se (re)presenta al ser cívico
y al siervo en una misma persona. Así
pues, a través de la primera división mencionada por Brownlee y Gumbrecht, en Fuenteovejuna se mezcla y se explora la
autoridad política-cultural a través de las conducta activa de Laurencia y del
abuso de poder del Comendador. En Valor, agravio y mujer se presenta, se
examina y se complica la autoridad cultural, específicamente la cuestión del
género, a través del travestismo. Sin
embargo, las obras pasan de examinar y cuestionar a (re)presentar y legitimizar
la continuidad de los mitos y la historiografía a través de sus finales. Así pues, basándose en lo que afirma a
continuación Rachel Blau DuPlesis en Writing
beyond the Ending, el examen de la autoridad político-cultural en Fuenteovejuna y el examen de la prepotencia
masculina a través del travestismo en Valor,
agravio y mujer reafirman la norma del sistema sexo/género ya que Leonor
reestablece su honor a través del matrimonio y Laurencia recupera su honor a
través del protagonista colectivo y la aprobación del Rey ante las acciones del
pueblo.
En Writing beyond the Ending DuPlessis afirma que:
[...] a whole
‘social script’ is an interlocking group of cognitive and emotional structures.
[...] Any literary convention–plots, narrative sequences, characters in bit
parts–as an instrument that claims to depict experiences, also interprets
it. No convention is neutral, purely
mimetic, or purely aesthetic. [...] Narrative outcome is one place where
transindividual assumptions and values are most clearly visible, and where the
word ‘convention’ is found resonating between its literary and its social
meaning. [...] Any resolution can have traces of the conflicting materials that
have been processed within it. It is where
subtexts and repressed discourses can throw up one last flare of meaning; it is
where the author may side-step and displace attention from the materials that a
work has made available. (2;
4)
Es decir, DuPlessis establece que las
convenciones artísticas de un determinado texto literario no son puramente
neutrales o miméticas sino que más bien revelan un sub-texto socio-político y cultural en su
resolución. En este sentido, los
desenlaces de Valor, agravio y mujer y Fuenteovejuna–i.e.,
el matrimonio y las adulaciones de Laurencia a los Reyes
respectivamente–reflejan un libreto social determinado donde los autores
implícitos contemplan la noción de la mujer como un individuo noble y capaz de
grandeza pero aún inferior al hombre ya que ambas obras subordinan lo femenino
ante lo masculino. Matthew D. Stroud
afirma que hacia 1693 y “[a]ún en el siglo XVII, las opiniones variaban entre
la mujer como inferior pero capaz de grandeza como mujer, la mujer igual en
todo al hombre, y para ciertos extremistas, la mujer superior al hombre” (608). En las obras aquí analizadas, no tan sólo se
subordina lo femenino ante lo masculino a través del travestismo, el matrimonio
y las adulaciones al Rey, sino que también se ratifica a través de la pérdida
de voz de los personajes femeninos al re(establecer) el sistema sexo/género que
a comienzos de la obra intentan quebrantar.
Los pasos dados por Leonor y
Laurencia para recuperar su honor exhiben una energía activa y propulsora que
las mueve a recurrir a las reglas del sistema patriarcal que las rige para así
defender su honor. No obstante, aunque
las obras de Ana Caro y de Lope de Vega colindan en cuanto a los temas de honor
y venganza, (re)presentando así a la mujer como un ser dinámico, las obras
distan en lo que consta al sistema sexo/género de la mujer ante la sujeción del
orden social. Laurencia y Leonor son mujeres enérgicas pero su energía se
utiliza para (re)establecer la autoridad político-cultural. En Valor,
agravio y mujer Leonor se transforma en hombre virtual–o sea, a imagen de
hombre–dando prioridad a premisas masculinas mientras que en Fuenteovejuna Laurencia, sin ocultar su
sexo, se rige bajo las reglas y los discursos masculinos para mantener su
honor. A través de la transformación a
hombre virtual, Leonor mantiene las reglas del sistema sexo/género de la época
ya que su sexo virtual concuerda con su género (lo que le da plena libertad de
actuar como desea) y aunque Laurencia, mantiene su estado físico de mujer, ella
transmuta su léxico de femenino a masculino para reestablecer así el canon
cultural con el propósito final de recuperar su honor.
En Valor, agravio y mujer Leonor desea tomar satisfacción del agravio
cometido por don Juan quien le promete matrimonio para luego abandonarla. A consecuencia de su abandono, Leonor decide cambiar
de mujer a imagen de hombre, pasando de Leonor a Leonardo: “Yo, ¿soy quien soy?
/ engáñaste si imaginas, / Ribete que soy mujer; / mi agravio mudó mi ser”
(507-10). A través de este cambio Leonor
intenta recuperar su honor sintiéndose en igualdad de
condiciones para enfrentarse a don Juan.
A través del travestismo Leonor se convierte en símbolo de la autoridad
cultural e inmediatamente (re)afirma su cambio actuando como lo dicta la
autoridad cultural: ella manifiesta que recuperará su honor matando a su
ofensor: “mataré” (518). Al contrario de
Laurencia en Fuenteovejuna, Leonor no
tiene quien la desagravie por lo tanto ella utiliza el travestismo y el léxico
masculino que le sirven como método de desagravio, ella borra su signo femenino
y se rige bajo las nociones de la autoridad cultural a través de una
transformación virtual completamente masculina.
La protagonista dinámica y activamente ocupa el espacio público
(masculino) que la pone en plena libertad de ejercer acciones impropias de su
género inicial. Laura Gorfkle
afirma en “Re-stating femininity in Ana Caro’s Valor, Agravio y Mujer” que “By viewing Leonor as male and female,
active and passive, subject and object, the spectator is obliged to examine the
hierarchy of gender roles as a system of power relations itself culturally
inscribed as theatricality, and therefore, subject to reversal” (30). De igual modo, sobre el
travestismo en la obra, Lola Luna afirma que “...el disfraz podría
interpretarse como rebelión velada contra las pragmáticas sobre la moda
femenina, las cuales forman parte de una política de control del cuerpo de las
mujeres” (26-7). En otras palabras, Luna y Gorfkle sugieren que travestismo
sirve como instrumento para examinar los signos jerárquicos del sistema
sexo/género. Ahora bien, al acertado
juicio de Gorfkle y Luna también podría añadirse que este travestismo afirma la
primacía de la autoridad político-cultural ya que la autora implícita hace un
borrón de la imagen femenina y le da prioridad a la masculina a través del
disfraz, de la máscara, que lleva Leonor; manteniendo así la continuidad en
cuanto a la historiografía de la obra.
Es decir, Leonor pasa de objeto a sujeto a través de su propia
masculinización física y léxica.
Asimismo, pese al poder y valor de Leonor–e.g., se transforma en hombre,
emprende un viaje con su criado Ribete en busca de don Juan, casi tiene un
duelo con éste último y, dentro de su plan de venganza, burla a todos los
personajes de la obra a excepción de Ribete–la resolución del conflicto dramático
restablece la superioridad masculina sobre la femenina a través de la
restauración de la propuesta conyugal de don Juan. En este sentido se demuestra lo que Stroud
sugiere sobre la carencia de un pensamiento feminista en el personaje y, por
ende, en la obra ya que Leonor no está “luchando por una causa política que
tiene importancia para todas las mujeres de la sociedad” (Stroud 610). Por
medio de esta resolución canónica, es decir, el casorio, la obra ejemplifica
las ambivalencias y complicaciones características del período barroco abriendo
un sub-texto que reafirma el discurso y la autoridad patriarcal de la
época. Aún más, aunque los actos
confeccionados por Leonor durante la obra denotan activismo, el léxico
utilizado al final de la obra reafirma el triunfo de la ideología masculina
declarando que “Aquí, senado discreto, / Valor,
agravio y mujer / acaban. Pídeos su dueño, por mujer y por humilde, / que
perdonéis sus defectos” (2753-7). Bien
que en la mayor parte del teatro de la época los escritores terminan sus obras
pidiendo disculpas por las erratas que puedan encontrarse en ésta, sin embargo,
la cita anterior concluye pidiendo disculpas primero “por [ser] mujer” y luego
“por [ser] humilde” (ibid).1
Aquí se vuelve a hacer referencia a Brownlee y Gumbrecht y al tema de la
autoridad cultural: especialmente a la primera división donde el origen del
mito y la legitimación de la historiografía son cruciales en cuanto a la
continuación de la autoridad cultural (xi).
La conclusión y disculpa de la autora implícita, demuestran la necesidad
de legitimar la historia de Leonor a través de la restauración del sistema
sexo/género, manteniendo intacta la autoridad cultural. Así pues, Valor,
agravio y mujer refleja la noción de la época donde la mujer es capaz de
majestad, poder, voluntad y valentía como mujer pero sigue siendo inferior al
hombre. En este sentido, la obra mantiene el acostumbrado código del sistema
sexo/género. No obstante, en Fuenteovejuna
Laurencia (divergiendo de Leonor) utiliza el lenguaje masculino y manierista,
es decir, cambia su género2 sin ocultar su sexo, recuperando su
honor3 a través del protagonista colectivo.
A principios de la obra
Laurencia rechaza la autoridad política y cultural formando un juicio cabal
sobre los hombres en general mientras critica la noción del amor platónico
explicando que este último es sólo intensidad o deseo egoísta de gozar de lo
bello. Sobre el género masculino en
general, Laurencia afirma: “[. . .] cuantas raposerías / con su amor y sus
porfías / tienen estos bellacones / porque todo su cuidado / después de darnos
disgustos / es anochecer con gusto / y amanecer con enfado” (v. 243-48). Su reproche a la autoridad política y
cultural se hacen patente en la obra cuando Laurencia se integra en el debate
filosófico entre Mengo, Frondoso y Barrildo concordando finalmente con Mengo y
recalcando que (1) efectivamente el amor es “un deseo de hermosura” (v. 410) y
(2) que el amor platónico se rige bajo las reglas del amor propio, lo que lleva
a Laurencia a afirmar que lo que ella más ama es: “mi propio honor” (v.
435). Aquombre sin tacha alguna y esta
virtud la dicta la autoridad cultural. Aquí
Laurencia parte de premisas establecidas por la autoridad cultural–i.e., el
discurso del amor platónico–y da a entender que el hombre valora a la mujer
como objeto de belleza y, por ende, denuncia la egolatría masculina que
subestima a la mujer en general como objeto de primor que mantiene la honra
masculina. Ante esta denuncia de
Laurencia, Pascuala (en este momento en específico representante de la
autoridad cultural) la acusa de no saber querer.4 Cuando ocurre su
agravio, esto es, cuando el Comendador rapta a Laurencia, las acciones de ella
inician unos actos que repercutan en el protagonista de la obra (el pueblo) y
lo obligan a reestablecer el discurso de la autoridad política a través de la
muerte del Comendador. Aquí es de
recordar que, en el microcosmos de la obra, la autoridad político-cultural
máxima son los Reyes y no el Comendador.
En este sentido, el autor implícito de Fuenteovejuna sólo utiliza la voz femenina para mantener el orden
establecido y hacer ver que cualquier oposición a la autoridad
político-cultural está castigada so pena de muerte. Por eso, se acusa a
Laurencia de no saber querer cuando ella reta el discurso sobre el amor
platónico y al final de la obra ella es quien alaba a los Reyes. Así pues, el asentimiento del Rey reestablece
la buena reputación que sigue a la virtud y las acciones heroicas del pueblo y
no necesariamente las acciones de Laurencia ya que ella, hacia el final de la
obra, es parte del protagonista colectivo.
Así pues, el asentimiento del Rey no aplaude a Laurencia sino que
aplaude a Fuenteovejuna, silenciando e ignorando así las acciones de las
mujeres en la obra.
Contrario al activismo en
Leonor, el cual es singular y se rige bajo el código establecido de
sexo/género, el dinamismo de Laurencia procura incluir a todo el pueblo y en
ese sentido se justifica el que se quebrante no tan sólo el canon de la mujer
pasiva sino que sea(n) ella(s) quien(es) restaure(n) el orden y la autoridad
política y cultural en el microcosmos de la obra. Ahora bien, para llevar a cabo tal propósito
se crea en la obra un travestismo léxico y de actitud donde el razonamiento y
exposición de Laurencia sobre lo sucedido y sobre la inacción del pueblo pasan
de femenino a masculino. Una vez más
aparece la figura masculina cuando Laurencia se refiere a las mujeres como soldados:
“Caminad, que el cielo os oye. / ¡Ah..., mujeres de la villa! / ¡Acudid, porque
se cobre / vuestro honor! / ¡Acudid todas!” (1815-18), y continúa más adelante
afirmando: “Parad en este puesto de esperanças, / soldados atrevidos, no
mujeres” (1815-18; 1888). En la cita
anterior el autor implícito parece que paralela el signo femenino con el
masculino incitando a aquél a que ocupe el espacio público y tome acción ante
el agravio cometido por el Comendador sin borrar su sexo. Ahora bien, pese a ello, aquí se presenta una
transformación en Laurencia y las mujeres donde las mujeres de la villa
obtienen la autoridad cultural y política al transformarse en soldados. En este sentido, al igual que en Valor agracio y mujer, una vez más surge el disfraz, una
transformación donde lo activo y la autoridad es igual a lo masculino. Así pues, las afirmaciones de Laurencia
sucumben ante la autoridad cultural ya que la disposición de ella y la sección
femenina del pueblo batallan no por un cambio en la autoridad cultural sino más
bien luchan para que ésta se mantenga y les defienda según los preceptos del
honor. Al análisis mencionado
anteriormente, puede aplicársele la observación que Mercedes Maroto Camino hace
de Valor, agravio y mujer. Maroto-Camino observa sobre la obra de Ana
Caro que:
In ana Caro’s
play [. . .] representation decontruct[s] gender ideology by making evident to
the spectator and reader the manner in which ideology marginalizes or entraps
women in contradictions in which all choices they make are equally harmful to
them. Thus, the spectator comes to
observe that Leonor is trapped in a field of representation that renders her an
“absence” within the dominant culture.
She must, in order to speak at all, put on a mask (masculinity, falsity,
seduction) while unmasking the ideological system that marginalizes her. (30)
El acertado comentario de Maroto-Camino sobre
Leonor también puede atribuírsele a Laurencia ya que el espectador advierte que
ella se vale de todos los hombres de su aldea para desagraviarse a causa de las
limitaciones que le impone el sistema en sí.
Ella utiliza los dictámenes impuestos por la autoridad cultural y
política de la época con un fin personal y no social. Laurencia expone su caso en público ya que
ella está en todo su derecho de que se cumpla su desagravio porque estas son
las reglas del mismo patriarcado. Así
pues, ella entra al consejo de hombres con todo el derecho que le provee la
autoridad cultural y política de la época:
Dexadme entrar, que bien puedo,
en consejo de los hombres;
que bien puede una mujer,
si no a dar voto, a dar voces.
(1712-6)
En este sentido la representación de
Laurencia y las mujeres en Fuenteovejuna se
hace invisible ya que es el protagonista colectivo quien es el que mata al
Comendador y no las mujeres mismas.
Pese a que ambas protagonistas
actúan dinámicamente desde un principio, ellas terminan resolviendo sus
agravios subyugándose ante sus opresores.
Leonor se casa con don Juan a quien dijo que mataría y Laurencia se
incorpora al protagonista colectivo.
Todo lo mencionado anteriormente no significa que Leonor y Laurencia no
hayan actuado con valentía y voluntad, pero no se deben confundir los términos voluntad y
autoridad. Mientras el término voluntad
sugiere la facultad de decir y ordenar la propia conducta, el término autoridad
sugiere un poder que gobierna o ejerce el mandato, de hecho o derecho. Es decir la autoridad es el prestigio y
crédito que se reconoce en una persona extrínsecamente mientras que la voluntad
es una facultad propia que sólo se reconoce intrínsecamente. En este sentido las acciones de Laurencia no
son reconocidas sino son las acciones del pueblo: por eso la afamada frase por
la cual aún hoy día se reconoce la obra: “Fuenteovejuna, todos a una.” De igual modo, es de notar que el léxico
utilizado en Valor, agravio y mujer
denota un rotundo determinismo por la protagonista ante lo que le
acontece. Su ánimo se aprecia desde el
comienzo de la obra donde Leonor afirma que “En este traje podré / cobrar mi
perdido honor” (v. 464-5), y luego, en uno de sus soliloquios Leonor jura ante
los cielos que de una manera u otra se vengará:
¡Venganza, venganza,
cielos! [. . .]
Y, ¡juro por los azules
velos del cielo y por cuantas
en ellos se miran luces,
que he de morir o vencer, [. .
.]!
Mi honor en la altiva cumbre
de los cielos he de ver,
o hacer que se disculpen
en mis locuras mis yerros,
o que ellas mismas apuren
con excesos cuánto pueden,
con errores cuánto lucen
valor agravio y mujer,
si en un sujeto se incluyen. (864-87)
Estas
citas son de interés aquí ya que denotan la actitud heroica a la que puede
llegar una mujer, ahora bien, siempre y cuando sus actitudes estén determinadas
bajo el código masculino: por ello es que Leonor tuvo que cambiar su género de
femenino a masculino. De manera similar
a Leonor, en Fuenteovejuna Laurencia
también actúa con voluntad. Es Laurencia
quien incita al consejo de hombres y a las mujeres del pueblo a responder por
su agravio, tomando así el protagonista colectivo el rol de defensores del
honor de Laurencia—y por ende la honra de los hombres y el honor de las otras
mujeres del pueblo. En este sentido,
aquí se advierte la ontología del autor implícito que le da importancia a la
voz masculina ante la femenina. Esta
inferioridad de lo femenino ante lo masculino se afirma en lo que dice Pascuala
a principios de la obra. Jacinta le
comenta a Pascula y a Laurencia que el Comendador la desea, a lo que Pascuala
responde: “Jacinta, yo no soy hombre / que te pueda defender” (1199-1200). Aquí es de recordar lo que afirma Stroud
sobre Leonor cuando sugiere que en la obra no se percibe una lucha por una
causa política con importancia para todas las mujeres de la sociedad
(610). Este comentario se puede aplicar
a las mujeres de Fuenteovejuna ya
que, aunque se perciba una preocupación por parte de todas las mujeres, es
Laurencia quien incita al pueblo a que se le desagravie y por razones más bien
personales. Asimismo, también se afirma
en la obra que es el hombre quien tiene que proteger a las mujeres y que ellas
no pueden ejercer su voluntad sin la autoridad masculina. Aún más, el silencio de Laurencia ante el
comentario de Pascuala, otorga poder a la autoridad cultural. Así pues, el autor implícito de Fuenteovejuna la establece la
importancia de la autoridad cultural reduciendo el concepto del honor frente al
de la honra.
Cierto es que Laurencia utiliza
el discurso y espacio masculinos a través de la obra. Cierto es también que Laurencia afirma su
sexo poniendo en tela de juicio la autoridad cultural al cuestionar la idea del
amor platónico y al exigir entrada en el consejo de hombres afirmando que una
mujer sí puede entrar en tal cuerpo colectivo afirmando que: “Vengo tal, que mi
diferencia os pone en contingencia quién soy” (v. 1720). Sus acciones sugieren un examen de los
hombres del pueblo—quienes se han mantenido hasta el momento sin obrar por
miedo al Comendador—y un examen de la autoridad cultural a través de su
escepticismo ante lo masculino que pone en tela de juicio la vitalidad masculina. Sin embargo, las intenciones de Laurencia no
son para destruir la autoridad político-cultural sino más bien intenta arreglar
dicho sistema para recuperar su honor.
La sospecha y oposición de Laurencia en sí parten de la premisa de que
las acciones de la sección masculina del pueblo no son masculinas propiamente
sino que más bien son débiles, endebles.
Este fallo de la sección masculina lo ratifica Laurencia cuando usa la
segunda persona del plural–el os–haciéndo
responsables del delito del Comendador ante la falta de acción de parte del
pueblo. Con su actitud y su léxico,
Laurencia observa una ruptura en la autoridad político-cultural la cual debe
restaurarse. La diferencia entre Leonor
y Laurencia es que mientras Leonor se rige bajo los parámetros del sistema
sexo/género a través de su travestismo y discurso, Laurencia no niega su signo
femenino. Así pues, Laurencia
forma un ejército de mujeres sin abnegar su estado literal de mujer y lleva a
cabo su venganza utilizando al protagonista colectivo de la obra. Laurencia
incita al pueblo a matar al Comendador quien la denigra a ella y a su padre al
preguntarle a éste último: “¿Vosotros tenéis honor?” (989). Aquí el autor implícito (re)presenta cómo
puede degenerarse la autoridad político-cultura y, si ello sucede, es el deber
de todo ciudadano el restaurar dicho orden.
Interesantemente, después de que el protagonista colectivo desagravia a
Laurencia, la obra termina con Laurencia reincorporándose a su correspondiente
género, es decir, actuando como una mujer propia de su clase y estado. Laurencia, quien a principios de la obra fue
símbolo de disidencia, pasa a reintegrarse al protagonista colectivo de la
obra, pierde su voz y es Frondoso quien justifica ante el Rey los actos
cometidos por el pueblo. En este
sentido, el final de la obra (re)afirma los finales canónicos cuando Frondoso
afirma que las acciones del pueblo sólo fueron a causa de que se estaba
defendiendo el honor de Laurencia quien ya estaba casada con él:
Tanto, que aquesta zagala
que el cielo me ha concedido,
en que tan dichoso he sido
que nadie en dicha me iguala,
cuando conmigo casó,
aquella noche primera,
mejor que si suya fuera,
a su casa la llevó;
y a no saberse guardar
ella, que en virtud florece,
ya manifiesto parece
lo que pudiera pasar” (2405-15).
Aquí Laurencia pierde su voz y ocupa el
espacio de esposa que estaba en necesidad de ser desagraviada y rescatada por
su esposo. En este sentido Fuenteovejuna, al igual que Valor, agravio y mujer, no va más allá
del final canónico pese a que Laurencia no borra su signo femenino para
ejecutar sus acciones.
Fuenteovejuna y Valor, agravio y mujer
examinan la autoridad política y cultural de sus respectivas épocas. Ahora bien, Valor, agravio y mujer desafía dicha autoridad bajo unos parámetros
y premisas completamente masculinos y el sub-texto de la obra sugiere que una
gran mujer sigue siendo inferior al hombre.
Por otra parte, en Fuenteovejuna
se reta la autoridad político-cultural bajo unos parámetros donde no se omite
completamente a la mujer sino más bien es la figura femenina–específicamente,
Laurencia y las mujeres del pueblo–quien mueve la acción hacia la restauración
de la autoridad política y cultural y con ello el honor y honra del pueblo. Sin embargo, ninguna de las obras escriben
más allá del final estableciendo un sub-texto que revela un discurso reprimido
el cual le describe al lector que lo que más se aprecia durante este siglo es
el pudor femenino porque afecta la honra masculina la cual está establecida por
la autoridad política y cultural. En las
obras mencionadas, no se ve un cambio ideológico del sistema sexo/género en los
finales ya que, aunque en Fuenteovejuna
se incluye la voz femenina en un principio, se silencia al final y es Frondoso
quien responde por las acciones del pueblo.
Incluso, si la mujer irrumpe en el espacio público, esto debe ser para
reparar el status quo. Asimismo, en Valor, agravio y mujer se devalúa la figura femenina a través del
signo masculino, y que para que la mujer pueda actuar sin ningún tipo de
represión social en el ámbito público necesita transformarse en hombre. Así
pues, estas obras terminan con finales canónicos los que establecen un orden
jerárquico patriarcal.
Notas
1. En
este sentido véase Diez Comedias del
Siglo de Oro editado por José Martel y Hymen Alpern donde en una de las
diez obras se piden disculpas al lector por las erratas a encontrarse en
ésta. Calderón de la Barca termina su
obra anotando: “pidiendo de nuestras faltas perdón, pues de pechos nobles es
tan propio el perdonarlas” (3313-15).
Sin embargo él no pide disculpas por su sexualidad.
2. Aquí
se adopta la distinción que varias feministas de la etapa adoptaron del
Psicólogo Robert Stoller (1968) donde el género más bien se basa en las ideas
socioculturales para distinguirlo así del sexo biológico.
3. Nos
referimos a honor pues Julio Mata en su artículo “El honor en Fuenteovejuna y la tragedia del
comendador” defiende muy bien el concepto del honor como tema principal de la
obra.
4.
Pascuala afirma: “Con la quistión podéis ir al sacristán, porque él o el
cura os darán bastante satisfacción.
Laurencia no quiere bien, yo tengo poca experiencia. ¿Cómo daremos sentencia? (435-444).
Obras citadas
Blanco Aguinaga, Carlos; et. al. Historia social de la literatura española
(en lengua castellana).
Vol 1y 2. Madrid: Ediciones
Akal, 2000.
Brownlee, Marina S. y Hans Ulrich
Gumbrecht, eds. Cultural Authority in
Golden Age
Caro, Ana.
Valor, Agravio y Mujer. Ed. Lola Luna. Madrid: Editorial Castalia, 1993.
Crow,
John A.
Gorfkle, Laura. “Re-stating femininity in Ana Caro’s Valor, Agravio y Mujer.” Bulletin of the
Comediantes. 48.1 (1996): 25-36.
Hale,
J.R. Rennaissance
Europe: Individual and Society 1480-1520. Berkeley: California U.P., 1977.
Maroto Camino, Mercedes.
“Ficción, Afición y Sedución: Ana Caro’s Valor,
Agravio y Mujer.” Bulletin of the
Comediante 48.1 (1996): 37-50.
Matas, Julio.
“El honor en Fuenteovejuna y
la tragedia del Comendador.” Lope de Vega
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